Juan llevaba años guardando aquel deseo como quien esconde una joya sucia bajo la lengua. No era solo el pensamiento abstracto de ver a Mónica con otro hombre: era la imagen concreta, casi cinematográfica, de su cuerpo —ese cuerpo que conocía de memoria— abriéndose para un desconocido mientras él observaba desde cerca, y luego, en el momento más alto, entrar también, completar el triángulo, sentir el calor de dos cuerpos a la vez sobre ella y dentro de ella. Tenía cuarenta y dos años. Mónica, treinta y nueve. Veinte años de matrimonio, dos hijos ya adolescentes, una casa ordenada en las afueras de Valencia y una vida sexual que, para él, se había vuelto predecible aunque placentera.
Mónica no era frígida. Disfrutaba del sexo.
Cuando se entregaba, se entregaba del todo: gemía bajo, apretaba las uñas en la
espalda de él, se corría con temblores largos que le subían desde las
pantorrillas. Y sus mamadas eran una especie de religión privada. Se
arrodillaba con aquella seriedad casi devota, tomaba la polla de Juan con las
dos manos, la miraba un segundo como si evaluara el trabajo, y luego la
engullía despacio, sin prisas, dejando que la saliva espesa le brillara en las
comisuras. Usaba la lengua con precisión quirúrgica, la punta rozando el
frenillo, el dorso aplastando la vena inferior, y cuando llegaba al fondo se
quedaba quieta, tragando alrededor de él, los ojos cerrados, respirando por la
nariz. Juan se corría siempre en menos de cinco minutos. Pero más allá de eso,
Mónica no quería nada. Ni juguetes, ni espejos, ni palabras sucias, ni posturas
raras. “Somos nosotros dos, Juan. No hace falta inventar nada.” Lo decía con
una sonrisa suave, y él no insistía.
Hasta que un martes de marzo, en un foro
anónimo de hotwives y swingers, Juan leyó sobre los símbolos. La piña
invertida. El infinito. Las tobilleras de plata. El código silencioso que
decía: “mi mujer está disponible si tú lo estás”. Sintió un cosquilleo frío en
la nuca. Esa misma noche, mientras Mónica dormía de lado, con el pijama de
algodón y el cabello recogido en una coleta floja, él se masturbó en el baño
pensando en ella con aquella tobillera y un hombre desconocido agarrándola por
la cintura desde atrás.
Tres semanas después le regaló la tobillera.
Era de plata fina, delicada, con una piña pequeña invertida y, al lado, el
símbolo del infinito. Se la puso él mismo, arrodillado en el salón, mientras
ella lo miraba con esa expresión entre sorprendida y enternecida que usaba
cuando él hacía algo inesperado.
—¿Y esto? —Un detalle. Para las vacaciones.
Queda bonita en tu tobillo. Se la colocó en el derecho, el metal frío contra la
piel todavía tibia del baño. Mónica movió el pie, escuchó el leve tintineo, y
sonrió.
El resort estaba en la costa norte de Ibiza,
lejos de las discotecas de San Antonio. No era un club abiertamente swinger,
pero todos sabían. Casas bajas de piedra blanca, terrazas privadas con toldos
de lino, una piscina infinita que se fundía con el mar, y un ambiente de adultos
que se miraban demasiado tiempo. Llegaron un jueves de julio. El aire olía a
sal, a jazmín y a protector solar caro. Mónica llevaba un vestido blanco de
tirantes finos y la tobillera brillando bajo el sol. Juan la observó mientras
registraban: la curva de sus caderas todavía firmes, los pechos generosos que
el vestido no disimulaba del todo, las piernas largas, el tobillo derecho ahora
marcado.
Los primeros dos días Juan se ausentó con
excusas. “Voy a nadar un rato”, “necesito leer en la terraza de abajo”, “voy a
buscar hielo”. Dejaba a Mónica sola en la piscina o en la zona de tumbonas.
Ella se ponía el bikini negro de dos piezas —el que él le había comprado
precisamente porque resaltaba el contraste con su piel clara— y se tumbaba a
leer. Desde la sombra de un olivo, o desde el bar de la piscina, Juan la
vigilaba.
El primer hombre que se acercó fue alto, unos
cuarenta y cinco, pelo canoso en las sienes, torso bronceado y una cicatriz
fina en el abdomen. Se sentó en la tumbona contigua sin pedir permiso. Habló de
libros. Mónica contestó educada, sorprendida. Él miró la tobillera. Lo hizo dos
veces. Luego le ofreció crema solar para la espalda. Ella dudó, miró alrededor
buscando a Juan, no lo vio, y aceptó. Las manos del hombre eran grandes.
Bajaron por la columna de Mónica con movimientos lentos, deteniéndose un
segundo más de la cuenta en la curva baja de la espalda, justo encima del
elástico del bikini. Juan sintió la erección crecer dentro del bañador mientras
observaba desde lejos. Mónica se tensó al principio, luego se relajó un poco.
Cuando el hombre terminó, le susurró algo al oído. Ella negó con la cabeza,
sonrojada, pero no se levantó.
Esa noche, en la habitación, Mónica estaba
callada. Se ducharon juntos. Juan la tomó desde atrás, de pie, bajo el agua
caliente. Ella se dejó, gemía como siempre, pero cuando él le metió dos dedos
en la boca ella los chupó con una intensidad distinta, casi ansiosa. Después,
mientras se secaba el pelo, dijo:
—Hoy un señor me ofreció crema. Y… me miró
raro. Como si… no sé. Juan se limitó a besarla en el hombro.
Al día siguiente hubo más. Un italiano de pelo
oscuro y pecho peludo se sentó a su lado en el bar de la piscina y le compró un
mojito. Le habló de vinos, de Roma, de lo bien que le sentaba el bikini. Mónica
se reía nerviosa, jugaba con la pajita, miraba la tobillera de vez en cuando
como si acabara de descubrirla. Cuando el italiano le tocó el brazo para
enfatizar una broma, ella no retiró la mano de inmediato. Juan, desde la otra
punta del bar, sintió el corazón golpearle las costillas.
Por la tarde, en la playa privada del resort,
pasó lo que Juan había estado esperando. Mónica se había quedado sola otra vez,
tumbada boca abajo, el sujetador del bikini desabrochado para no marcarse. Un
hombre distinto —más joven, quizá treinta y ocho, cuerpo de nadador, tatuaje
pequeño en el pecho— se acercó con dos copas de vino blanco. Se arrodilló a su
lado. Ella se incorporó un poco, sujetándose el bikini con una mano, y aceptó
la copa. Hablaron. Él le señaló la tobillera. Mónica miró el símbolo, luego al
hombre, luego hacia donde creía que estaba Juan. No lo vio. El hombre le dijo
algo bajo. Ella negó otra vez, pero más despacio. Él se inclinó y le besó el
hombro. Mónica se quedó quieta. El beso subió por el cuello. Ella cerró los
ojos un segundo.
Juan se acercó entonces, caminando despacio por
la arena caliente. Cuando llegó a tres metros, el hombre levantó la vista.
Mónica abrió los ojos y lo vio. El color le subió a la cara de golpe.
—Juan… Él se arrodilló al otro lado de ella. Le
acarició el cabello.
—Está bien —dijo en voz baja—. Está bien,
Monica.
El hombre esperó. Mónica miró a su marido,
confusa, el pecho subiendo y bajando rápido. Juan tomó la mano de ella y la
guió hasta la entrepierna del desconocido. La tela del bañador estaba tensa.
Mónica tembló. Sus dedos se cerraron por reflejo alrededor de la forma dura. El
hombre soltó un suspiro bajo.
Lo que siguió no fue precipitado. Fue lento,
casi ceremonial. El hombre la besó en la boca mientras Juan le bajaba el bikini
por las caderas. La arena se pegaba a la piel húmeda. Mónica gemía entre los
besos, sorprendida de su propia respuesta. Cuando el desconocido se colocó
entre sus piernas y empujó dentro de ella, Juan estaba detrás, sosteniéndole la
cabeza, susurrándole al oído:
—Míralo. Míralo cómo te folla.
Ella lo miró. Los ojos húmedos, la boca
entreabierta. El hombre la penetraba con movimientos profundos y seguros. Cada
embestida hacía que los pechos de Mónica se movieran, que la tobillera de plata
tintineara contra la arena. Juan se liberó el bañador y le ofreció la polla a
la boca de su mujer. Ella la tomó sin dudar, con aquella misma devoción de
siempre, pero ahora mientras otro hombre la llenaba. El contraste era brutal:
la familiaridad de la polla de Juan en su garganta y la novedad del cuerpo
extraño abriéndola.
Cuando el desconocido se corrió dentro de ella
—con un gruñido bajo, agarrándola de las caderas—, Juan se retiró de su boca,
se colocó detrás y entró en el mismo agujero todavía caliente y resbaladizo.
Mónica gritó. No de dolor. De sobrecarga. Dos hombres en el mismo día, el mismo
sitio. Juan la folló con fuerza, sintiendo el semen ajeno mezclarse con el
suyo, sintiendo las paredes de ella contraerse alrededor de él. El otro hombre
se quedó cerca, acariciándole los pechos, besándole el cuello, ofreciéndole de
nuevo la polla semiblanda para que la limpiara.
Mónica se corrió dos veces seguidas. La segunda
fue larga, casi silenciosa, solo un temblor profundo que le recorría las
piernas y le hacía apretar los ojos. Cuando terminó, se quedó entre los dos
cuerpos, sudada, con la arena pegada a la espalda y la tobillera de plata
brillando bajo el sol de la tarde.
Juan le besó la frente.
—Te quiero —le dijo.
Ella no contestó de inmediato. Solo respiraba,
con la mano todavía apoyada en el muslo del desconocido, como si no estuviera
segura de si debía soltarlo o no.
En la habitación el aire acondicionado zumbaba bajo y el olor a sal y sexo todavía flotaba entre las sábanas revueltas. Mónica entró primero, el bikini negro todavía húmedo pegado a la piel, la tobillera de plata tintineando con cada paso. Juan cerró la puerta detrás de ella. Ella se giró de golpe.
—¿Qué coño ha sido eso, Juan?
La voz le temblaba. No solo de rabia. Había
confusión, vergüenza y, debajo de todo, un resto de placer que no sabía cómo
mirar a la cara. Se cruzó de brazos, los pezones todavía duros contra la tela
mojada.
—No sé de qué hablas —empezó él, pero la
mentira le salió floja.
—La tobillera. La piña. El infinito. No soy
idiota. En el foro ese que miras por las noches… lo leí una vez cuando dejaste
el portátil abierto. Sabías exactamente lo que significaba. Me la pusiste tú.
Me dejaste sola a propósito. Y luego… —su voz se quebró un segundo— luego me
dejaste que me follara un desconocido mientras tú me metías la polla en la boca
como si fuera lo más normal del mundo.
Juan se pasó una mano por la cara. El sol de la
tarde entraba por la terraza y le iluminaba la expresión culpable.
—Al principio solo… solo quería ver cómo
reaccionabas. Pensé que no pasaría nada. Que te pondrías nerviosa y ya. Pero
cuando lo vi tocarte… cuando te vi abrirte… no pude parar. Llevo años
fantaseando con esto, Mónica. Contigo. Con otro hombre. Conmigo también.
Contigo en medio.
Ella lo miró como si acabara de confesar un
asesinato. Las lágrimas le subieron a los ojos, pero no cayeron. Solo asintió
una vez, muy despacio, y se fue al baño. Cerró la puerta con llave. Juan se
quedó sentado en el borde de la cama, la polla todavía medio dura dentro del
bañador, el sabor de ella y del otro hombre mezclado en la lengua.
Pasaron la noche en silencio. Ella dormía de
espaldas a él, el cuerpo rígido. Él no se atrevió a tocarla. Cada vez que
cerraba los ojos veía la escena de la playa: el desconocido abriéndola, el
semen ajeno saliendo cuando él entró detrás, el gemido largo de Mónica cuando
se corrió por segunda vez. La polla le dolía de ganas y de culpa.
Al amanecer ella se levantó sin mirarlo. Se
duchó mucho tiempo. Cuando salió, envuelta en la toalla, se sentó frente a él.
—Te perdono —dijo con voz baja—. Pero has
abierto una puerta que quizá no debías. Ahora yo también la he cruzado. Y no sé
si se puede cerrar.
Juan asintió, aliviado y asustado a la vez.
—Como castigo —continuó ella—, vas a ver
exactamente lo que provocaste. Sin tocar. Sin intervenir. Solo mirar.
No le dio tiempo a responder. Mónica se vistió
con un vestido corto blanco, sin ropa interior, y salió.
Mónica volvió cuarenta minutos después con Giuseppe. El italiano entró con la misma sonrisa tranquila del bar, pero esta vez sus ojos iban directamente a Juan. Ella no dijo casi nada. Solo señaló la silla de mimbre junto a la cama.
—Siéntate.
Juan obedeció. Llevaba solo los pantalones
cortos de dormir; la erección ya se le marcaba con claridad. Mónica sacó dos
corbatas y le ató las muñecas a los brazos de la silla, después los tobillos.
Cuando terminó, se quedó un segundo mirándolo, la respiración todavía agitada.
—Has jugado conmigo —dijo en voz baja—. Ahora
vas a mirar. Solo mirar.
Giuseppe se acercó a ella por detrás, le besó
el cuello y le subió el vestido. No llevaba nada debajo. El italiano la guió
hasta la cama, la colocó a cuatro patas de espaldas a Juan y sacó un pequeño
frasco de lubricante. Mónica tembló cuando sintió el frío entre las nalgas.
Giuseppe trabajó despacio: un dedo, después dos, abriéndola con paciencia
mientras le susurraba que respirara, que empujara hacia fuera. Juan veía cómo
el agujero que nunca había tocado se dilataba alrededor de aquellos dedos.
Cuando Giuseppe apoyó la cabeza gruesa de su
polla contra el esfínter, Mónica levantó la vista hacia su marido. Había miedo,
vergüenza y una excitación que no sabía cómo esconder. El italiano empujó.
Lento. Constante. El anillo de músculo resistió un segundo y después cedió.
Mónica soltó un gemido ahogado, los dedos clavados en las sábanas. Giuseppe se
detuvo cuando estuvo completamente dentro, acariciándole la espalda, dejándola
acostumbrarse al ardor y a la invasión.
Después empezó a moverse. Embistes profundos,
controlados. Cada vez que entraba hasta el fondo, el lubricante y el semen que
ya empezaba a salir hacían un sonido húmedo y obsceno. Mónica se corrió con un
temblor largo, el culo apretándose alrededor de la polla que la follaba. Giuseppe
la siguió poco después, empujando a fondo mientras se vaciaba dentro de ella.
Se retiró despacio. El agujero de Mónica quedó
semiabierto, goteando. Giuseppe se limpió, se subió los pantalones y, antes de
salir, miró a Juan por primera vez con algo parecido a respeto o a lástima.
—Cuídala —dijo simplemente, y cerró la puerta.
Mónica se quedó un rato boca abajo, respirando.
Después se levantó, todavía temblando, y desató a su marido. La polla de Juan
le latía tan fuerte que el pantalón estaba manchado. Ella le limpió la lágrima
que le había bajado por la mejilla con el dorso de la mano, pero su voz salió
ronca:
—Has abierto esta puerta tú. Ahora vas a
quedarte así… duro, frustrado, recordando cómo otro hombre me ha follado el
culo mientras tú solo podías mirar. Esta noche no te tocas. Mañana tampoco.
Quiero que lo sientas.
Se dio la vuelta y se metió en la ducha. Juan
se quedó sentado en la silla, aunque ya no estaba atado, con el sabor salado de
la lágrima en la comisura de los labios y la polla a punto de estallar.
Hablaron sentados en el borde de la cama, todavía desnudos, con el olor a sexo y a lubricante flotando entre ellos. Juan tenía la voz rota.
—Perdóname. De verdad. Jugué contigo. Te puse
la tobillera a sabiendas. Te dejé sola a propósito. Y ayer… ayer miré cómo otro
hombre te abría el culo mientras yo solo podía llorar y tener la polla a punto
de reventar. No debí hacerlo así. Nunca debí manipularte.
Mónica lo miró largo rato. Los ojos todavía
hinchados. Después le tomó la cara entre las manos y lo besó, despacio, con una
ternura que dolía.
—Te perdono —susurró—. Pero ya no somos los
mismos. La puerta está abierta. Y yo… yo también la he cruzado.
Se tumbaron. Esta vez no hubo prisas ni
castigos. Juan la besó desde la frente hasta el vientre, deteniéndose en cada
marca que Giuseppe había dejado la tarde anterior. Cuando entró en ella, lo
hizo con una lentitud casi reverente. Mónica lo rodeó con las piernas, lo
apretó contra su pecho y gimió en su oído mientras se movían juntos. El roce de
la piel madura, conocida, familiar, contrastaba con todo lo que había pasado.
Se corrieron abrazados, temblando, sin gritos, solo respiraciones entrecortadas
y el sonido húmedo de sus cuerpos.
Después se ducharon juntos, se vistieron y
bajaron a cenar.
El restaurante del resort era una terraza
abierta al mar, con velas bajas y el olor a jazmín y a sal. Pidieron vino
blanco y pescado a la brasa. Estaban terminando el postre cuando se acercó la
pareja.
Abel y Lucía. Él no llegaba a los veinticinco:
cuerpo delgado y musculado de quien pasa el día en el agua, piel tersa y
bronceada sin una sola arruga, pelo castaño claro y una sonrisa fácil. Ella,
todavía más joven en apariencia, pelo negro corto, ojos grandes y oscuros,
varios tatuajes que subían por los brazos y se perdían bajo el vestido de
tirantes. Las tetas pequeñas, firmes, un 85 que apenas se marcaba, y el brillo
metálico de los piercings en los pezones se adivinaba bajo la tela fina.
Llevaba otro en el ombligo y, como descubrirían después, uno más en el capuchón
del clítoris.
Se presentaron con naturalidad. Hablaron de
Ibiza, de viajes, de lo raro que era encontrar gente “abierta” sin que todo
fuera forzado. Las copas se sucedieron. Lucía miraba a Juan con un interés
abierto, casi hambriento. Abel no apartaba los ojos de Mónica. Cuando Lucía
propuso “seguir en nuestra villa, es más privada”, nadie dijo que no.
La villa estaba al fondo del resort, con
piscina propia y grandes ventanales abiertos a la noche. En cuanto cerraron la
puerta, Lucía se giró hacia Juan, le puso las manos en el pecho y lo besó con
una audacia que a él le quitó el aire. Su boca era joven, rápida, la lengua
juguetona. Mientras tanto Abel se acercó a Mónica por detrás, le apartó el pelo
y le besó el cuello. Ella se estremeció. La diferencia de edad se notaba en
todo: la piel de Abel era lisa, caliente, sin las marcas del tiempo; la de
Mónica, más suave por los años, con esa elasticidad madura que aún guardaba
firmeza.
Se desnudaron sin prisas, casi ceremoniosos.
Lucía se quitó el vestido y se quedó solo con los piercings brillando bajo la
luz cálida: dos aros plateados en los pezones duros, otro en el ombligo y,
cuando abrió las piernas, el pequeño piercing en el capuchón del clítoris que
captaba la luz cada vez que se movía. Tenía tatuajes en las costillas, en el
bajo vientre, en un muslo. Juan la miró fascinado. Ella se arrodilló frente a él,
le bajó los pantalones y se quedó un segundo contemplando su polla.
—Me encantan los hombres mayores —susurró, y se
la metió en la boca con una avidez casi voraz.
Mientras tanto Abel empujó suavemente a Mónica
hacia el sofá grande. Cuando se quitó los pantalones, la polla que apareció
hizo que ella abriera los ojos. Más de veinticinco centímetros, gruesa, venosa,
con la cabeza ya brillante. Mónica la rodeó con las dos manos y ni siquiera le
cabía entera. Abel sonrió, paciente, y la guió hasta que ella se tumbó y abrió
las piernas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola de una forma
que la hizo arquear la espalda y soltar un gemido largo. La diferencia era
brutal: la piel joven y tersa de Abel contra la madurez de Mónica, su peso
ligero, sus embistes profundos y constantes que la llenaban hasta el fondo.
En el otro lado del sofá Lucía ya estaba a
horcajadas sobre Juan. Se guió la polla con una mano y se la hundió de un solo
movimiento, gimiendo al sentirse llena. Las tetas pequeñas y duras rebotaban
apenas; los aros de los pezones tintineaban. Juan le agarró la cintura,
sintiendo la piel joven, sin una sola marca de edad, y empezó a empujar hacia
arriba. Lucía se inclinó y lo besó mientras se movía, dejando que él le chupara
los pezones perforados, tirando suavemente de los aros con los labios.
La noche se convirtió en un cruce constante de
cuerpos. Abel sacó la polla de Mónica, se la ofreció a la boca y ella la chupó
con devoción, saboreando su propio jugo mezclado con el sabor joven del chico.
Después la puso a cuatro patas y la penetró de nuevo, esta vez más fuerte,
mientras Juan, todavía dentro de Lucía, miraba cómo aquella polla enorme
entraba y salía del coño de su mujer.
Hacia la madrugada terminaron todos en la cama
grande. Lucía se colocó en el centro, a cuatro patas. Abel se puso delante de
ella y le metió la polla gruesa por la boca, empujando hasta casi la garganta.
Juan se colocó detrás, le separó las nalgas y le empujó la polla en el culo, ya
lubricado y abierto por las horas de juego. Lucía gimió alrededor de la polla
de Abel mientras los dos la follaban a la vez, uno por cada agujero. El
contraste era hipnótico: la piel madura de Juan contra la tersura joven de
Lucía, la polla enorme de Abel abriéndole la boca, los gemidos ahogados de
ella, los tatuajes brillando de sudor.
Después cambiaron. Juan se tumbó boca arriba.
Lucia se puso a horcajadas y se metió su miembro hasta dentro, Se inclino hacia
delante y Abel le metió la polla en el culo hasta el fondo. Los dos hombres la
penetraban al mismo tiempo, embistiendo en un ritmo sincopado que la hacía
temblar. Lucía, con la boca libre, giró la cabeza y pidió a Mónica que se
acercara. . La lengua joven, rápida, la lamió con hambre mientras los dos
hombres la follaban por ambos agujeros.
El sonido era obsceno: carne contra carne, gemidos, el chapoteo húmedo de dos pollas entrando y saliendo, el jadeo de Mónica mientras se frotaba contra la boca de Lucía. Abel se corrió primero, profundamente dentro del culo de la chica, con un gruñido joven y salvaje. Juan lo siguió segundos después, vaciándose en el coño apretado de Lucía. Ella se corrió con un grito ahogado contra el coño de Mónica, y esa vibración fue suficiente para que Mónica también se corriera, apretando los muslos alrededor de la cabeza joven.
Se quedaron enredados hasta que la luz del alba
empezó a filtrarse por los ventanales. Cuerpos sudados, piel madura pegada a
piel tersa, el olor a sexo espeso en el aire, mientras respiraban todos juntos,
exhaustos, en la cama grande de la villa.
Los últimos días en el resort transcurrieron en una especie de embriaguez lenta. Ya no hacía falta que Juan dejara sola a Mónica. Ella misma buscaba las miradas, se demoraba en la piscina con la tobillera de plata al aire, aceptaba copas y conversaciones que antes habría cortado de raíz. Abel y Lucía aparecieron un par de veces más; una tarde los cuatro terminaron otra vez en la villa, esta vez con menos urgencia y más curiosidad. Mónica aprendió a abrir las piernas para la polla enorme de Abel sin tensarse del todo; Juan descubrió el placer casi adictivo de sentir la boca joven de Lucía mientras miraba a su mujer ser penetrada. Pero también hubo noches solo de los dos, en su propia habitación, donde el sexo era más lento, más cargado de silencio y de reconocimiento mutuo.
El último día Juan se sentó en la terraza
mientras Mónica terminaba de hacer la maleta. La miró doblar el vestido blanco,
el bikini negro, la tobillera que ya no se quitaba ni para dormir. El sol de
Ibiza le daba de lleno en la espalda y en la curva todavía firme de sus
caderas. Cuando ella se acercó, él le rodeó la cintura desde la silla y apoyó
la frente contra su vientre.
—¿Arrepentida? —preguntó en voz baja.
Ella se quedó un rato en silencio,
acariciándole el pelo.
—No. Asustada, a ratos. Pero no arrepentida.
El vuelo de regreso fue silencioso. Mónica
dormitó apoyada en su hombro; Juan miró por la ventanilla cómo la isla se
alejaba y se convertía en una mancha brillante sobre el Mediterráneo. En el
aeropuerto de Valencia el aire olía a gasolina y a verano de ciudad.
Recuperaron el coche, cargaron las maletas y tomaron la autovía hacia casa. Los
hijos estaban todavía en el campamento; la casa los recibió vacía, con ese
silencio espeso de las viviendas que han estado días sin nadie.
Dejaron las maletas en el recibidor. Mónica se
quitó los zapatos y caminó descalza hasta la cocina. Juan la siguió. La
tobillera tintineó al pasar junto a la mesa. Se miraron. No hacía falta decir
mucho. Él se acercó, le alzó la falda y la levantó sobre la encimera. Esta vez
no hubo testigos, ni jóvenes, ni italianos. Solo ellos dos, el olor familiar de
su casa y el cuerpo de Mónica abriéndose para él con una facilidad nueva, como
si las semanas en Ibiza le hubieran enseñado a no cerrarse del todo. Se
corrieron abrazados, en silencio, y después se quedaron así, respirando el mismo
aire.
Las semanas siguientes fueron un ajuste lento.
Por fuera, la vida recuperó su forma habitual: trabajo, supermercado, mensajes
de los hijos, cenas delante de la tele. Por dentro, algo se había desplazado de
forma irreversible. Mónica ya no se tensaba cuando Juan le hablaba de
fantasías. A veces, mientras se duchaban, ella misma sacaba el tema con una
naturalidad que a él todavía le sorprendía. Otras noches se limitaban al sexo
de siempre —sus mamadas lentas y profundas, el ritmo conocido de sus cuerpos— y
eso también estaba bien. Pero la puerta que Juan había abierto ya no se cerraba
del todo.
Un sábado de septiembre, mientras los hijos
dormían arriba, Mónica se sentó a horcajadas sobre él en el sofá y le puso la
tobillera de plata en la mano.
—No la voy a llevar todos los días —dijo—. Pero
tampoco la voy a esconder en un cajón. Cuando la lleve, tú sabrás lo que
significa. Y yo también.
Juan la miró. Tenía cuarenta y dos años. Ella,
treinta y nueve. Veinte años de matrimonio, dos hijos, una casa ordenada y
ahora esta nueva capa de deseo que ya no podían fingir que no existía. Le puso
la tobillera otra vez en el tobillo derecho, el metal frío contra la piel, y la
besó.
No sabían todavía hasta dónde llegarían. Si
volverían a Ibiza el verano siguiente. Si buscarían otra pareja joven o a un
hombre solo. Si algún día Mónica pediría que la ataran y la dejaran a merced de
alguien mientras Juan solo miraba. Tampoco hacía falta saberlo todo de
antemano. Bastaba con reconocer que ya no eran exactamente los mismos que
habían llegado al resort con una maleta y una fantasía escondida.
Aquella noche, mientras ella dormía de lado con
la tobillera brillando débilmente bajo la luz de la luna que entraba por la
ventana, Juan se quedó despierto un rato más. Pensó en la playa, en Giuseppe,
en Abel y Lucía, en el sonido de la carne joven contra la madura, en la lágrima
que le había caído por la mejilla y en la polla que se le había puesto dura de
culpa y de placer al mismo tiempo. Después se pegó al cuerpo de su mujer, le rodeó
la cintura con un brazo y cerró los ojos.
La vida seguía. Solo que
ahora, debajo de la rutina, latía algo más oscuro, más vivo y más peligroso. Y
los dos, a su manera, habían decidido no apartar la mirada.








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