Tenía treinta y dos años, me llamo Víctor, y llevaba media vida siendo el mejor amigo de David. Nos conocemos desde los dieciocho, catorce años enteros compartiendo pupitre, fiestas y complicidad. Siempre fue un tipo de buen cuerpo y excelente estilo, aunque en la adolescencia jamás lo vi con otros ojos; para mí, él era simplemente mi pana, el hermano que escogí, y al que nunca le conocí novia formal, algo que en su momento sencillamente no me detuve a analizar. Hasta que, seis años atrás, me confesó entre copas y nervios que era gay. Mi reacción fue la más natural del mundo: cero prejuicios, un abrazo y la certeza de que nuestra amistad estaba blindada.
O al menos eso creía, hasta que el chat de WhatsApp comenzó a quemar entre los dos.
Llevábamos varias noches desvelados charlando de cualquier tontería, pero el tono inevitablemente empezó a subir de temperatura. Una madrugada, David soltó la bomba y me pidió sin rodeos una foto de mi miembro. Al principio me negué, la timidez y la costumbre pesaban más. Sin embargo, la insistencia constante me sembró la curiosidad: quería ver su reacción, saber qué pasaba por su cabeza al verme desnudo.
Pasaron un par de días de tensión acumulada en cada mensaje nocturno, con charlas cada vez más subidas de tono, hasta que caí en la tentación. Le envié la foto configurada para ser vista una sola vez. Su respuesta fue inmediata y directa: le pareció increíble, me confesó que le fascinaba desde hacía tiempo, me llamó muy lindo y se disculpó mil veces por miedo a cruzar la raya y perder mi amistad. En ese momento mi mente heterosexual se sacudió, tragué seco y pensé que jamás, bajo ninguna circunstancia, cruzaríamos esa frontera.
Pasaron las semanas hasta que llegó ese día maldito. Salí de trabajar rumbo a la universidad cargando con una de esas mañanas donde la calentura te recorre las venas y no hay forma de calmarla. En el camino recordé un video que había visto sobre las cabinas de glory holes; coqueteé con la idea de entrar a una para que me vaciaran de una vez por todas, pero el miedo al qué dirán me frenó en seco. “Ahí solo entran gays, si te ven van a decir que lo eres”, me repetí, descartando la locura.
Y fue justo ahí, con el deseo a flor de piel y la bragueta a punto de reventar, cuando resonaron en mi cabeza las palabras de David. ¿Quién quita un milagro? Pensé. Lo llamé de inmediato; él vive muy cerca de la universidad. Le inventé la excusa perfecta: le dije que necesitaba pasar a hablar un rato. Obviamente, omití mis verdaderas intenciones.
Al llegar a su apartamento, lo saludé y noté de inmediato el bulto prominente bajo su pantaloneta deportiva, aunque fingí demencia. Le pedí permiso para usar el baño, lavarme las manos y orinar mientras él preparaba un café en la cocina. Dejé la puerta del baño entreabierta, un juego sutil que no fue casualidad. Mientras me aliviaba, alcancé a capturar su reflejo en el espejo del pasillo: David estaba ahí parado, acariciándose el bulto por encima de la tela, devorando con una mirada de pura hambre y lujuria cada centímetro de mi verga.
Sin pensarlo dos veces, sintiendo que la sangre me latía en las sienes, me giré hacia la puerta y le solté sin filtro:¿Quieres mamar?
No lo dejó repetir dos veces. David se abalanzó sobre mí como un ternero buscando leche, con una desesperación hermosa y caliente. Se hincó de inmediato y me regaló la mejor mamada de mi vida entera. Sus movimientos eran una obra de arte: una mezcla perfecta de su boca experta y una lengua caliente que parecía saber exactamente dónde dolía el placer. Me recorría desde la base hasta la punta, saboreaba cada pliegue y me chupaba los huevos con un fervor que ninguna mujer en mis treinta y dos años de vida se había atrevido a tantear.
La sensación era tan intensa, tan eléctrica, que pronto sentí que el cuerpo me temblaba anunciando el final.
Quiero venirme —le advertí con la respiración rota.
Quiero toda tu leche en la boca —respondió él sin apartarse.
Fue inevitable. En el momento culminante, la fuerza del placer me dominó: le tomé la cabeza con ambas manos y metí mi verga hasta el fondo de su garganta. Él hizo una ligera arcada, pero aguantó como un campeón, tragándose absolutamente todo sin perder el ritmo, mamando con una devoción salvaje que ninguna relación convencional podría imitar jamás.
Mientras recuperaba el aliento, con las piernas flojas y la mente nublada, David me miró con una sonrisa cargada de travesura y me susurró al oído que estaba listo para más, que quería que le diera por el culo... pero esa, créanme, es otra historia que merece su propio capítulo.
Esta es la primera vez que me atrevo a escribir y compartir un relato de este tipo. Espero de verdad que les haya gustado tanto como a mí recordarlo; si fue así, déjenme sus comentarios y opiniones para seguir animándome a contar más historias y anécdotas por aquí.








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login EntrarQue ricura. Mera paja tiré