Mmm… ven, acércate. Soy Sarita, y esta historia no es un cuento bonito. Es cómo me convertí en lo que soy: una mujer de treinta años que se corre cuando la miran, que se abre de piernas en la calle si él lo ordena, y que se entrega por completo cuando siente ese primer empujón profundo en el culo.
Todo empezó hace seis años. Yo tenía veinticuatro. Trabajaba en una boutique de ropa cara en el centro, siempre con faldas cortas y tacones altos porque me gustaba sentir las miradas de los hombres mientras acomodaba las perchas. Un viernes por la tarde entró él. Alto, traje oscuro, mirada que no pedía permiso. No dijo nada al principio. Solo me observó mientras yo me agachaba a recoger una caja. La falda se subió. Él no apartó la vista.
Cuando me incorporé, me dijo:
—Tienes un culo que pide ser usado. ¿Lo sabes?
Me sonrojé. Me excité. Le contesté que sí, que lo sabía. Esa misma noche me llevó a su departamento. No hubo cenas ni flores. Me puso de rodillas en la entrada, me levantó la falda, me bajó el tanga y me abrió las nalgas con las dos manos. Escupió en mi culo y metió dos dedos de golpe. Yo gemí. Él solo dijo:
—Desde hoy eres mía. Vas a mostrarte cuando yo quiera. Vas a correrte cuando yo te lo permita. Y este agujero… este agujero va a ser mi favorito.
Esa noche me dio por el culo por primera vez. Lento al principio, para que sintiera cada centímetro. Luego más fuerte, agarrándome el pelo, obligándome a mirarme en el espejo mientras me abría. Me corrí sin tocarme la panocha. Solo con el culo lleno de él. Cuando terminó, me dejó el semen dentro y me puso de rodillas otra vez para que lo limpiara con la lengua.
Desde entonces no hubo vuelta atrás.
Al principio me costaba. Me daba vergüenza caminar por la calle con el vestido tan corto que se me veía el borde de las nalgas. Él me obligaba. Me llevaba de la mano, me hacía inclinarme a recoger algo del suelo, y yo sabía que los hombres que pasaban miraban. A veces me decía que me bajara el escote un poco más. Otras veces me hacía sentar en un banco público con las piernas abiertas “por accidente”. Yo temblaba de excitación. Él me miraba y sonreía, sabiendo exactamente lo que me hacía.
El anal se volvió nuestro ritual. Cada vez que yo me resistía un poco por juego, porque me gustaba que me obligara, él me sujetaba las muñecas, me empujaba contra la pared o contra el capó del auto, y me lo metía sin lubricante suficiente. Me dolía. Me gustaba. Me hacía gemir tan alto que a veces alguien podía oírnos. Y cuando ya estaba profundamente dentro, me susurraba al oído:
—Mira cómo te abre. Mira cómo te entregas. Eres una puta de exhibición y mi puta anal. Di que sí.
Y yo decía que sí. Siempre.
Hoy, a los treinta, sigo siendo suya. Camino por la calle con vestidos que se pegan a mis curvas, tacones altos que me hacen mover el culo de una forma imposible de ignorar, y esa bolsa que a veces él me hace abrir para que se vea lo que llevo dentro… o lo que no llevo. Él me mira desde lejos o desde cerca. Me toca cuando quiere. Me abre cuando quiere. Y yo… yo me mojo solo de saber que está mirándome.
Esa es nuestra historia. Cómo empezó. Cómo me enseñó a no tener vergüenza. Cómo me convirtió en esta mujer que se exhibe, que se entrega, que se vende, y que se corre más fuerte cuando siente que su amo la está usando exactamente como le gusta.
Ahora dime… ¿quieres que te cuente lo que pasó anoche? O prefieres que te diga cómo me gustaría que me usaran?








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