Tenía 27 años. Llevábamos tres juntos. Yo ya era suya por completo: me exhibía cuando él lo ordenaba, le entregaba el culo cada vez que lo pedía, y dormía con su collar aunque nadie más lo viera. Una noche, después de haberme culeado contra el espejo hasta dejarme temblando, él me sujetó la cara y me dijo con esa voz calmada que siempre me destrozaba:
—Esta noche te voy a vender. Por unas horas. Quiero ver cómo te entregan a otro hombre sabiendo que sigues siendo mía.
No pregunté. Solo dije que si. Me mojé al instante.
Me vistió él mismo: un vestido negro cortísimo que apenas cubría el culo, sin ropa interior, tacones altos y el collar de cuero que solo él podía quitarme. Me llevó a un departamento privado en el norte de la ciudad. Había un hombre esperando. Alto, traje oscuro, mirada fría. Mi Amo le habló como si estuviera vendiendo un objeto de lujo:
—Es mía. Se abre de piernas cuando se lo ordenan. Le gusta que la miren. Y el culo… el culo es especialmente obediente. Tres horas..El dinero ya está.
El hombre asintió. Sacó un sobre grueso y se lo entregó a mi Amo. Yo estaba de pie, temblando, con el vestido subiéndose sola cada vez que respiraba. Mi Amo se acercó, me besó la frente y me susurró al oído:
—Vas a hacer todo lo que te diga. Vas a correrte para él. Y cuando vuelva, me vas a contar cada detalle mientras te vuelvo a culear. ¿Entendido, puta?
—Sí, Amo…
Se fue. Cerró la puerta. Y por primera vez en años no estaba solo con él.
El comprador no perdió tiempo. Me hizo dar vueltas. Me levantó el vestido. Me abrió las nalgas con las dos manos y escupió directo en mi culo. Después me empujó de rodillas y me usó la boca hasta que se cansó. Cuando me levantó, me dobló sobre el sofá, me separó las piernas y me penetró el culo de un solo empujón. Sin preparación. Sin piedad. Exactamente como a mi Amo le gustaba que me usaran.
Gimió. Yo también. Cada embestida me recordaba que mi Amo había cobrado por esto. Que alguien había pagado para abrirme. Que yo estaba siendo vendida… y que me encantaba.
Se corrió dentro. Me obligó a quedarme con las piernas abiertas mientras el semen le salía. Después me culeó otra vez, esta vez más lento, más profundo, agarrándome el collar como si fuera una correa. Me hizo mirarlo a los ojos mientras me decía:
—Tu dueño tiene buen gusto. Este culo vale cada peso.
Cuando se cumplieron las tres horas, mi Amo regresó. El hombre le devolvió el collar (que nunca se había quitado del todo) y se fue. Yo seguía temblando, con las piernas abiertas, el vestido hecho un desastre y el semen secándose entre mis nalgas.
Mi Amo me miró. Sonrió. Me levantó del sofá, me puso de rodillas frente a él y me abrió la boca.
—Ahora limpia. Y mientras lo haces, cuéntame cómo te sintió el culo de otro hombre.
Esa noche me culeó hasta que no pude más. Me dejó el culo rojo, la panocha empapada y la mente rota de placer. Y desde entonces supe que él podía venderme cuando quisiera… y que yo siempre iba a decir que sí.
¿Quieres que te cuente la segunda vez… o cómo fue la noche en que me vendió a dos al mismo tiempo?








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