Íbamos borrachas.
Mi amiga y yo habíamos salido a beber con unos parceros y la noche se nos fue de las manos. Cuando quisimos volver al conjunto ya no teníamos ni para el pasaje. Paramos un taxi en una esquina mal iluminada y, medio riéndonos, medio desesperadas, se me ocurrió la solución más estúpida y más práctica:
—Si nos lleva, le chupo la verga.
El tipo se quedó callado un segundo. Después dijo que sí con la cabeza y desbloqueó las puertas. Subimos. Yo me senté adelante. Mi amiga se tiró atrás, tapándose la cara de la risa.
Cuando el hombre se giró un poco bajo la luz del semáforo, vi la cara. Era un viejito. De esos de bigote ralo, arrugas profundas y manos manchadas de edad. Debía pasar fácilmente de los sesenta. Me dio un poco de risa nerviosa, pero ya estaba encima. El alcohol me tenía brava, sin filtro, sin asco fácil.
—Allá adelante no más —le dije—. Rápido y nos deja en la puerta.
Se metió por una calle oscura y detuvo el carro. Se bajó el cierre con torpeza. La verga que sacó estaba sudada, medio blanda todavía, y tenía bastante pelo alrededor: canoso, enmarañado, de alguien que nunca se había pasado una máquina por ahí. El olor era fuerte, a hombre que lleva horas sentado y a ropa usada. Yo, en vez de pensarlo demasiado, me agaché y se la metí a la boca de una.
Fue una mamada rápida, sin técnica ni cariño. Solo saliva, movimiento y ganas de que se corriera pronto. Él jadeaba bajito, con esa respiración entrecortada de los viejos, y me sujetaba la cabeza con una mano temblorosa. En menos de cinco minutos se puso duro del todo y se vino. No avisó. Me llenó la boca y, cuando saqué la verga, todavía le quedaba bastante: me lo untó en la mejilla, en la comisura de los labios y un poco en la barbilla.
Me limpié apenas con los dedos y me reí.
—Listo. Ahora sí llévenos.
El viejo acomodó la verga como pudo y arrancó sin decir casi nada. Mi amiga, desde atrás, no paraba de reírse en silencio. Yo iba con el semen secándose en la cara, sintiendo cómo se me pegaba a la piel con el aire del ventilador del taxi.
Llegamos al conjunto. Bajamos. El celador de la entrada, ese que siempre está sentado con cara de aburrido, levantó la vista… y se le quedó mirando mi cara. Se le abrieron un poco los ojos. Yo le sonreí con el semen todavía brillante bajo la luz del bombillo y le dije un “buenas noches” perfectamente normal. Él no contestó. Solo nos siguió con la mirada mientras pasábamos.
Subimos las escaleras abrazadas, tropezando, riéndonos ya sin control. Entramos al apartamento, nos tiramos en la cama sin quitarnos casi la ropa y nos dimos de risas hasta que el alcohol nos apagó.
Esa noche me dormí con olor a verga vieja y sudada en la cara, con la certeza absurda de que había solucionado el problema del pasaje de la forma más ridícula y más efectiva posible.
Y al día siguiente, cuando me miré en el espejo, todavía tenía una mancha seca en la mejilla.
Me reí otra vez.








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