1 golpe x 1 verga= 4 vergas
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 4 min de lectura calendar_today Septiembre de 2026

1 golpe x 1 verga= 4 vergas

distintas. En Medellín, como venganza, me vestí de forma provocativa —minifalda ajustada, blusa escotada y tacones altos— y estuve con cuatro hombres. Cada uno de ellos tuvo relaciones sexuales conmigo.

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Contenido adulto. Este relato fue escrito por un miembro de la comunidad. Léelo solo si tienes 18+ y mente abierta.

Primer golpe. Primera venganza.

Fui a Perro Negro, en Provenza. La discoteca de reggaetón más famosa de Medellín, ese sótano oscuro donde el bajo te vibra en el pecho y el perreo no perdona. Llevaba una minifalda negra ajustada, blusa escotada que dejaba ver el escote y los pantis rojos que había elegido a propósito. Quería sentirme deseada. Quería olvidar los golpes.

Bailaba sola, dejando que el ritmo me moviera las caderas, cuando él apareció. Alto, atractivo, piel morena, mirada intensa. Empezó a bailar de frente, cerca, demasiado cerca. Después de medianoche yo ya estaba entonada, el alcohol caliente en la sangre. Él no se atrevía a tocarlo, pero yo sí sentía su bulto duro rozándome entre las piernas cada vez que el beat bajaba. Grande. Caliente. Presionando contra mi entrepierna a través de la ropa.

Me di la vuelta. Le di la espalda y me pegué completo, mi culo contra su cuerpo, y empecé a sobar fuerte, frotando mi trasero contra esa erección mientras lo miraba por encima del hombro. Me mordía los labios, me inclinaba, colocaba una mano atrás simulando que él me agarraba la cadera y me empujaba más contra él. El calor me subió de golpe. Me levanté un poco la falda, solo lo justo. Los pantis rojos asomaron, el borde del encaje rozando la parte alta de mis muslos. Cuando él los vio fue como un tiburón oliendo sangre.

No resistió más. Su mano se metió entre mi culo, apretándome la carne, y me bajó un poco más la falda mientras seguíamos bailando. Tentación, cuerpos pegados, besos húmedos en el cuello, en la boca, lengua caliente. Alrededor de las cuatro de la mañana yo ya estaba muy abierta, empapada, el alcohol y el deseo mezclados. Él me dijo al oído, voz ronca:

—Vámonos. Te hago mía.

Yo le respondí, mirándolo directo:

—Mía no creo… pero sí por un rato.

Nos fuimos en su camioneta Duster. No recuerdo bien el barrio, solo que era un edificio y subimos al piso ocho. En cuanto cerró la puerta de la habitación saqué toda la ira reprimida. Lo agarré por las caderas y tiré de su pantalón como si quisiera arrancárselo. Lo besé como la puta más vil que soy: boca abierta, lengua profunda, chupándole los labios, mordiendo. Me arrodillé frente a él. Saqué su verga con las dos manos. Estaba dura como piedra, gruesa, de un tono oscuro entre café y moreno. No me gustó que no estuviera afeitada, el vello áspero rozándome los dedos, pero estaba tan erecta, tan caliente, que no pensé dos veces.

La metí en mi boca de un solo movimiento. Sabía rico, salada, masculina. Me ahogué a propósito, dejando que la cabeza rozara mi garganta mientras él me tomaba el cabello con fuerza y me empujaba más abajo. Todavía había espacio, pero ya no cabía más. Babeaba, los labios estirados alrededor de su verga, saliva escurriéndome por la barbilla mientras él me follaba la boca con embestidas cortas y profundas. Al mismo tiempo metí una mano entre mis piernas, debajo de los pantis rojos ya empapados. Me toqué el clítoris hinchado, metí dos dedos dentro de mi coño mojado, casi llegando al fondo… hasta que me dio un calambre tan fuerte que tuve que pararme de golpe, temblando.

Nos fuimos al sofá. Me puse en cuatro para que me viera todo. Me quité la ropa interior, me bajé la falda y la tiré. Él me arrancó la blusa. Sacó un preservativo; yo se lo abrí con los dientes, se lo enrollé despacio mientras le lamía las bolas, chupándolas una por una, sintiendo el peso de ellas en mi lengua. Después me abrí de piernas, arqueé la espalda y él entró de un solo empujón. Grueso. Llenándome completo.

—No pares —le pedí, voz rota—. Directo. Duro.

Y me hizo caso. Me embistió sin piedad, el sonido de su pelvis chocando contra mi culo llenaba la habitación, húmedo, obsceno. Cada embestida me sacudía las tetas, me hacía gemir más alto. Me vine fuerte, el orgasmo recorriéndome las piernas, el coño apretándolo en convulsiones. Él me preguntó, jadeando:

—¿Puedo venirme adentro?

—Obvio que no.

Saqué su verga todavía latiente, le quité el condón y lo masturbé con las dos manos, rápido, apretado, mirándolo a los ojos. Se corrió en mi pecho: chorros calientes, espeso, salpicándome los senos, el escote, hasta el cuello. Él se inclinó, me besó el cuello, los senos, y con la lengua recogió los rastros de su propio semen, chupándolos de mi piel mientras yo todavía temblaba.

Después me paré, me bañé en silencio, le pedí que me llamara un taxi. Salí del edificio con las piernas temblorosas, el coño todavía sensible, el orgullo intacto… y la primera venganza ejecutada.

— xxxagiexxx

12 de septiembre de 2026

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