Cinco contra una. Resistí
Relato de comunidad Orgíasschedule 4 min de lectura calendar_today Septiembre de 2026

Cinco contra una. Resistí

Cuando terminaron, me quedé tirada en medio de la cama, con las piernas abiertas, el semen escurriéndome por el muslo y por la comisura de los labios, el pelo pegado a la cara y el cuerpo marcado de dedos y palmadas

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La idea empezó como una broma borracha en un chat de WhatsApp. Uno de los parceros escribió: “¿Y si alguna vez te la follamos entre todos?”. Yo contesté con un emoji de carita guiñando y un “depende de cuántos sean”. Tres días después estábamos en un apartamento prestado, en el quinto piso de un edificio viejo del centro. Éramos seis: yo y cinco tipos.

No eran modelos. Eran hombres de verdad. Uno alto y flaco, otro gordito de pecho velludo, dos de complexión media y el quinto, el más callado, de brazos gruesos y mirada pesada. Habían llevado cerveza, un par de botellas de aguardiente y preservativos de varios tamaños. Yo llegué con una falda corta negra, blusa sin sostén y el pelo suelto. No llevaba ropa interior. Quería que lo notaran desde el primer segundo.

Empezamos en la sala. Me sentaron en el sofá y se colocaron alrededor. El primero en acercarse fue el alto. Me besó con sabor a cerveza mientras otro me abría las piernas y me tocaba con dos dedos. En menos de cinco minutos ya tenía una verga en la boca y otra rozándome la mejilla. El sonido de cremalleras bajando llenó el ambiente. Me arrodillé en el piso y empecé a chuparlas por turnos. Una, después la otra, después la tercera. Algunas olían más fuerte, otras estaban más limpias. A todas les di lengua y garganta. Ellos se turnaban para agarrarme el pelo y empujar.

Cuando ya estaba suficientemente mojada me levantaron y me llevaron a la habitación. La cama era grande, de dos plazas, pero igual se sintió pequeña cuando los cinco se subieron. Me pusieron a cuatro patas en el centro. El gordito se metió debajo de mí y me hizo sentarme en su cara. Su lengua era ancha y torpe, pero insistente. Mientras tanto, el de los brazos gruesos se colocó detrás y me penetró de un solo empujón. Grité. Era grueso y entró hasta el fondo. Empezó a follarme con ritmo constante mientras yo seguía con la boca ocupada por el alto, que me sujetaba la cabeza con las dos manos.

Los otros dos no se quedaron mirando. Uno se arrodilló a mi lado y me puso la verga en la mano para que se la masturbara. El otro esperaba turno detrás, tocándose y escupiendo en su propia polla para cuando le tocara. El ambiente olía a sexo, a sudor y a alcohol. Cada vez que el de atrás se corría o se cansaba, otro tomaba su lugar. Me follaron en esa posición un buen rato. Después me giraron boca arriba. Me abrieron las piernas todo lo que pudieron y se turnaron para entrar. Uno me cogía mientras otro me metía los huevos en la boca. Yo solo abría, recibía y gemía.

En un momento me pidieron que me pusiera de lado. Uno se metió por delante y otro intentó el culo. No estaba lo suficientemente preparada. Dolió. Grité de verdad. El de atrás se detuvo, escupió más, usó lubricante que alguien había traído y volvió a empujar. Esta vez entró. La sensación de estar llena por los dos lados me dejó sin aire un segundo. Me follaron así, lento al principio y después más fuerte, mientras el tercero me obligaba a seguir chupando. Sentía las tres vergas al mismo tiempo: una en el coño, una en el culo y una en la garganta. El resto me tocaba las tetas, me apretaba los pezones, me daba nalgadas.

Perdí la cuenta de cuántas veces me cambiaron de posición. Me pusieron a cabalgar a uno mientras otro me follaba la boca. Me hicieron arrodillarme en el borde de la cama para que los cinco pudieran usar mi cara por turnos. Me escupieron, me abofetearon suave, me hablaron sucio. Uno se corrió en mi espalda. Otro en mis tetas. El tercero me llenó la boca y me obligó a tragar. El cuarto se vino dentro de mí y el quinto, el más callado, esperó hasta el final, me puso a cuatro patas otra vez y me cogió lento y profundo hasta corrérsele también adentro.

Cuando terminaron, me quedé tirada en medio de la cama, con las piernas abiertas, el semen escurriéndome por el muslo y por la comisura de los labios, el pelo pegado a la cara y el cuerpo marcado de dedos y palmadas. Ellos se sentaron alrededor, sudados, recuperando el aliento, pasando la botella de aguardiente. Nadie hablaba mucho. Solo se escuchaba la respiración pesada y el sonido lejano del tráfico.

Me limpié un poco con una toalla, me acomodé la falda y me senté contra la cabecera. Miré a los cinco. Algunos sonreían. Otros solo me observaban en silencio, como si todavía no creyeran del todo lo que acababan de hacer.

Yo sonreí también.

Había sido largo, sucio, intenso y exactamente tan excesivo como yo quería.  

Cinco vergas, una sola noche, y la certeza de que mi cuerpo había aguantado todo lo que le habían puesto encima.

La que no es puta…  

esa noche sí lo fue.  

Y lo disfrutó entero.

— lorenalorica

14 de septiembre de 2026

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