Lo veía casi todos los días en el edificio de al lado de la Universidad. Era un Cucho de unos cincuenta y tantos, panza suave, pecho velludo y siempre con la misma expresión de quien lleva años sin que nadie lo toque de verdad. Lo que más me prendía —y al mismo tiempo me daba un asco delicioso— era enterarme de que usaba calzoncillos blancos. Esos clásicos, de algodón grueso, que con el uso se le transparentaban un poco en la parte de adelante.
Un día lo intercepté en la escalera. Le dije que necesitaba ayuda con unas cajas. Me miró sorprendido, aceptó, y subimos a su apartamento. El olor me golpeó apenas cruzamos la puerta: humedad, ropa usada, comida recalentada y ese tufo denso de hombre que no se lava del todo bien entre las piernas. A mí se me mojó igual.
No hubo mucha conversación. Lo empujé hacia el sofá y me arrodillé. Le bajé el pantalón. Debajo estaban los calzoncillos blancos, manchados un poco en el elástico y con un bulto que ya empezaba a crecer. El olor se concentró de golpe. Fuerte. Agrio. A sudor viejo y a verga que lleva días sin airearse bien. Me bajé la tela y salió.
Era gruesa, morena, con el prepucio un poco largo. Cuando lo retraje, vi el smegma. Esa capa blanquecina, pastosa, acumulada alrededor del glande. El olor se volvió casi insoportable. Intenté lamerlo directamente y el sabor me revolvió el estómago: amargo, rancio, denso. No pude. Aparté la cara un segundo, respiré por la boca y volví.
Junté mucha saliva y empecé a lavárselo con la lengua y los labios. Escupía, frotaba, chupaba la porquería hasta que el glande quedó más limpio, brillante de babas mías en vez de la suya. Él gemía arriba, con las manos torpes en mi cabeza, sin entender del todo por qué me demoraba tanto ahí abajo. Cuando por fin me lo metí a la boca de verdad, todavía quedaba un dejo amargo, pero ya era manejable. Lo chupé profundo, dejando que el olor le subiera a la cara cada vez que bajaba hasta la base.
Me subí encima sin quitarme del todo la falda. Me la metí de un golpe. Estaba resbalosa de mi saliva y de lo mojada que yo ya estaba (el asco, extrañamente, me tenía empapada). Empecé a cabalgarlo fuerte. Cada vez que bajaba, el olor de su cuerpo se me subía a la nariz: axilas, ingle, el tufo de los calzoncillos todavía enredados en un tobillo. Me agarró las tetas con manos sudorosas y me apretó los pezones hasta dolerme.
En un momento me giré, le levanté las piernas y le hundí la cara en el culo. El olor ahí era todavía peor. Le pasé la lengua igual. Largo, lento, sin piedad. Él se retorcía y soltaba sonidos que no parecían de placer al principio… hasta que sí lo fueron. Lo dejé temblando y volví a montármelo al derecho.
Me corrí yo primero, apretándolo por dentro, con la cara torcida por la mezcla de asco y excitación. Él se vino poco después, profundo, con un gruñido largo, llenándome mientras yo seguía moviéndome para exprimirle hasta la última gota.
Cuando me bajé, el semen me escurrió por el muslo mezclado con el olor de él. Me limpié apenas con los calzoncillos blancos que todavía tenía en la mano y se los dejé en el pecho.
Salí de su apartamento con el sabor amargo todavía en la lengua y la certeza de haber follado una de las cosas más repulsivas y, al mismo tiempo, más calientes que había tocado en meses.
A veces el asco también se siente rico.
Sobre todo cuando uno decide no huir de él.








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