Hoy entré a la iglesia de ese pueblo cerca de Bogotá sin ninguna intención especial, solo a mirar, tal vez a escapar un rato del ruido de la ciudad. Llevaba toda la mañana con una inquietud rara, como si necesitara sentarme en algún lugar donde nadie esperara nada de mí. Me senté en un banco del fondo y dejé que el olor a incienso viejo y a madera encerada me envolviera. A los pocos minutos un cura se sentó a mi lado: un hombre de unos cincuenta y cinco años, bajo, de metro sesenta y cinco, de cuerpo gordito y densamente velludo, calvo, con gafas y una barba candado corta y bien recortada. Tenía las manos gruesas, de dedos cortos, y las cruzaba sobre el regazo con una calma que parecía ensayada de tantos años de banco de iglesia. Me preguntó por mis creencias. Le dije que era ateo, que no creía, pero que respetaba a quien sí. Conversamos un rato con esa calma suya de quien ha escuchado demasiadas confesiones, hasta que me invitó a la sacristía a tomar un tinto.
La sacristía olía exactamente como él, a incienso mezclado con jabón Rey. El piso rojo brillaba de tanto encerado. Había sillas de madera oscura, un escritorio pequeño con papeles ordenados, y decenas de imágenes alrededor: el Niño Dios, vírgenes de ojos bajos, Sagrados Corazones sangrantes, crucifijos de todos los tamaños. Las ventanas altas dejaban entrar una luz dorada de tarde. Me sirvió el tinto en una taza de peltre descascarada y nos sentamos uno frente al otro. Me ofreció confesarme y le dije que, siendo ateo, no tenía sentido, pero que podía contarle cosas que normalmente guardaba. Aceptó. Le hablé de mis deseos con hombres, de ser travesti de closet. Me miró con escepticismo y dijo suavemente que no me creía, que me veía demasiado varonil.
Saqué el teléfono y le mostré la foto. En ella aparecía yo de perfil, casi de espaldas, con una peluca cobriza larga cayendo sobre los hombros, el cuerpo curvado, las caderas marcadas, el culo redondo y firme ocupando casi todo el encuadre, con un conjunto de lencería roja: una tanga estrecha perdida entre las nalgas, un sostén de tirantes finos, medias rojas hasta el muslo. Sus ojos se quedaron fijos en la pantalla más tiempo del normal. Tragó saliva, se puso nervioso. Murmuró que era pecado, pero que era algo normal, que yo podía tener el perdón de Dios. Se levantó de golpe y su tono cambió por completo. Me confesó, con la voz más baja, que era algo que también le pasaba, que había deseado hombres desde joven, que le excitaban las chicas como yo.
Se quedó un momento en silencio, como decidiendo algo. Se acercó despacio y se quedó cerca de mi cara, casi rozándome, dándome tiempo de apartarme si quería. No lo hice. Nos besamos. Su boca sabía a tinto y a años de contención. El beso fue lento al principio, torpe, y luego se volvió urgente. Sus manos empezaron a recorrer mi cuerpo por encima de la ropa, apretando, palpando, y yo hice lo mismo. Sentí su verga ya dura, gruesa, empujando contra la tela negra del pantalón. Me arrodillé frente a él sobre el piso rojo, abrí el cierre, bajé el calzoncillo despacio.
La verga saltó hacia mi cara: gruesa, de unos veinte centímetros, la cabeza ancha como un hongo, curvada hacia la derecha, con una vena gruesa recorriéndola de base a punta. Los huevos colgaban grandes, peludos, apretados contra las piernas cortas. Olía a jabón Rey, a hombre maduro. La sostuve con las dos manos y sentí cómo latía. Saqué la lengua y la pasé despacio por toda la extensión, desde la base hasta la punta, rodeando la cabeza ancha, sintiendo cómo se estremecía con cada pasada. Metí la punta en la boca, chupando solo la cabeza al principio, girando la lengua alrededor, y él soltó un gemido ronco. Fui abriendo la boca de a poco, dejando que entrara más, sintiendo cómo se estiraban mis labios alrededor del grosor, hasta que la cabeza llenó mi garganta y tuve que contener las arcadas. Él gimió bajito, constante, con las manos apoyadas en mi cabeza, y empezó a decirme pecadora, putita, necia, mientras me desnudaba con manos temblorosas.
Yo seguía chupando, subiendo y bajando, salivando tanto que me escurría por la barbilla y le mojaba los huevos cuando bajaba hasta el fondo, dejando que la curva rozara mi lengua en cada movimiento. Me puso en cuatro sobre el piso rojo brillante. Se arrodilló detrás de mí, me abrió las nalgas con los pulgares y chupó mi culo con hambre, metiendo la lengua bien adentro, moviéndola en círculos, lamiendo desde el culo hasta los huevos y de vuelta, mojándome por completo. Metió un dedo despacio, sintiendo cómo cedía, después dos, moviéndolos en tijera, abriéndome, después tres, con la palma entera empujando, buscando ese punto que me hacía arquear la espalda. Me dijo con la voz ronca que confiara en él, que era sano, que hacía muchísimos años que no tenía sexo con nadie.
Me penetró despacio. Sentí la cabeza ancha forzando la entrada, un ardor fuerte que me hizo apretar los dientes, y luego cómo cedía centímetro a centímetro, lubricada solo con saliva. Sentí cómo me llenaba por completo, cómo la curva rozaba adentro en un ángulo que me hacía temblar las piernas. Empezó a moverse con embestidas lentas y profundas, sujetándome las caderas con esas manos gruesas. Sentí su panza blanda golpeando contra mis nalgas con cada empuje, el vello de su pecho pegándose a mi espalda con el sudor de los dos. Me daba nalgadas suaves al principio, después más firmes, el sonido seco resonando en la sacristía junto con el chapoteo húmedo de cada embestida. Me levantó, me puso de pie contra el escritorio pequeño, subí una pierna apoyando el pie en la silla, y él seguía embistiéndome desde atrás con fuerza, la verga entrando y saliendo mojada, brillante, gimiendo: "Dios me perdone... esto es pecado, pero no puedo parar."
Se corrió dentro de mí. Sentí cómo la verga se hinchaba un poco más justo antes, y luego los chorros calientes llenándome, uno tras otro, espesos, sin parar, mientras él seguía empujando despacio para meterlo todo. Cuando finalmente la sacó, el semen le goteaba de la punta, y a mí se me escurría por los muslos, caliente y espeso, dejando un rastro tibio hasta las rodillas. Me pidió perdón por haberse descontrolado. Lo besé, me arrodillé otra vez y le limpié la verga con la boca, saboreando la mezcla de su semen y mi saliva. Todavía tenía semen; en cuanto la chupé se puso dura otra vez. Lo mamé con ganas, rápido, sintiendo cómo se ponía cada vez más dura contra mi lengua, hasta que se corrió en mi boca con un gemido largo. Tragué lo que pude y el resto me manchó los labios y la barbilla.
Nos vestimos casi en silencio y salimos al pueblo. Caminamos juntos bajo el sol de la tarde. La gente lo saludaba con cariño y respeto: "buenas padre", "qué Dios lo bendiga padrecito", algunos se acercaban a besarle la mano. Yo caminaba a su lado, sabiendo que todavía tenía su semen dentro del culo y el sabor de su verga en la lengua.
Al final de la tarde me invitó a cenar a la casa cural. Comimos algo sencillo, casi en silencio, y en ese silencio había algo distinto a la calma del confesionario: me miraba con una atención que ya no escondía nada. Después subimos a su habitación, un cuarto pequeño con una cama angosta, un crucifijo sobre el cabecero. Esta vez fue más suave, más lento, más tierno. Nos besamos profundo, sin prisa. Me subí encima de él en su cama pequeña y lo cabalgué despacio, sintiendo cómo entraba centímetro a centímetro. Su verga entraba y salía con facilidad porque todavía estaba abierto y lleno de su propia leche, un sonido húmedo y mojado acompañando cada movimiento de mis caderas. Me agarró de las caderas y me miró a los ojos mientras me follaba desde abajo, empujando hacia arriba cada vez que yo bajaba, haciendo que la cabeza ancha llegara más profundo.
Después de un rato así, me pidió que me pusiera boca abajo. Me acomodé sobre la cama angosta, la mejilla contra la almohada, y él se puso encima, todo su peso apoyado en los brazos a los lados de mi cuerpo. Entró de nuevo despacio, y esta vez las embestidas fueron más largas, más pausadas, su cuerpo pegándose por completo al mío con cada movimiento, la panza y el pecho velludo aplastados contra mi espalda, empujando el aire de mis pulmones con cada embestida profunda. Sentí cómo su respiración se volvía más pesada y descontrolada cerca de mi oído, cómo el ritmo se aceleraba, hasta que empezó a temblar entero y se corrió así, encima de mí, hundido del todo, soltando un gemido largo y ronco contra mi nuca. Sentí gotas de su sudor cayendo sobre mi espalda, una tras otra, mientras se quedaba quieto un momento, todavía dentro, respirando fuerte.
Nos quedamos un momento así, sin movernos, antes de separarnos. Nos vestimos despacio y me llevó a casa en su carro viejo. Preguntó, con un tono más posesivo, exactamente dónde vivía. Cuando llegamos me miró un momento antes de que yo bajara y dijo que ya estaba pensando en mí.
Pasó como una hora antes de que sonara el teléfono. Ya había vuelto a su casa en el pueblo. Era él. Me mandó una foto: su verga gruesa y oscura, ya semi dura otra vez, la cabeza ancha asomando por el borde de la camiseta amarilla de la selección Colombia que usaba de pijama. Debajo, un solo mensaje: quiero verte pronto, vestida como en esa foto que me mostraste.
Todavía siento el peso de su semen dentro de mí. El olor a incienso y jabón Rey no se me va de la memoria. Y sé que no va a ser la última vez.







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