Usted, mi señor…
Usted me inquieta de una manera deliciosa.
Cada vez que su mirada se posa en mí, algo dentro de mi pecho se desordena. Me acelera la vida, el pulso, la respiración… y las ganas. Esas ganas oscuras y dulces que empiezan en la garganta y bajan, lentas, hasta el vientre.
Lo curioso es que ya no se trata solamente de desearlo a usted.
Tengo ganas de nosotros.
De descubrir mucho mas qué sucede cuando dos almas se reconocen en silencio y la piel, traicionera y sabia, confirma lo que la intuición ya sabía desde el primer instante.
Quiero esa conexión que nos envuelve sin tocarnos todavía.
Esa energía espesa, casi eléctrica, que se siente en el aire cuando estamos cerca. Quiero todo lo que todavía no hemos vivido: la primera vez que su mano se cerro en mi cintura con posesión suave, el momento en que su boca encontro el hueco de mi cuello y yo incline la cabeza para ofrecérselo entero. Quiero el temblor que me recorrerá cuando sus dedos bajen más despacio de lo necesario, explorando, aprendiendo, reclamando.
Tengo ganas de coincidir.
De sentirnos sin prisa y, al mismo tiempo, sin contención. De dejarnos sorprender por lo que podamos ser cuando la ropa desaparezca y solo queden la piel, el calor y la verdad de dos cuerpos que se buscan. Quiero oír su respiración volverse más profunda contra mi oído. Quiero sentir cómo mi nombre se le quiebra en la boca cuando ya no pueda contenerse.
Y, sobre todo, quiero disfrutarnos intensamente.
Sin relojes. Sin límites impuestos. Solo la libertad de entregarnos, de morder, de susurrar, de gemir, de perdernos el uno en el otro hasta que la vida misma nos revele hasta dónde puede llevarnos esta historia.
Porque yo ya lo sé, mi señor…
Esta historia apenas está empezando.
Y yo quiero que nos queme.
Atenea666








Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar