Le pagué por adelantado.
Dos millones en efectivo, doblados en un sobre. La regla era simple: yo salía en la moto por una carretera secundaria que atravesaba un trozo de bosque, él me daba exactamente siete minutos de ventaja y después salía a buscarme. Si me encontraba, podía hacerme lo que quisiéramos que pareciera una violación. Sin besos. Sin cariño. Sin parar a preguntar si estaba bien.
Él se lo tomó en serio.
Arranqué con el corazón golpeándome en la garganta. La moto vibraba debajo de mí y el viento frío me pegaba en la cara. Conté los minutos. Al sexto doblé por un camino de tierra, apagué el motor y corrí entre los árboles. Me escondí detrás de un tronco grueso, respirando agitada, escuchando. A los pocos minutos oí la otra moto. Después pasos pesados sobre hojas secas. No gritaba mi nombre. No avisaba. Solo buscaba.
Me encontró.
Me agarró del pelo con una mano y me tiró al suelo de un jalón. Caí de rodillas sobre la tierra húmeda. Antes de que pudiera decir nada me escupió en la cara, me giró a la fuerza y me bajó el pantalón de un tirón. No hubo preámbulos. Escupió en su verga, me abrió las piernas con las rodillas y empujó. Entró de golpe, seco, profundo. Grité. Él me tapó la boca con la mano y empezó a follarme contra el piso del bosque, con el olor a tierra, a hojas podridas y a su sudor encima.
No me besó ni una vez.
Solo me usó.
Me dio la vuelta, me puso de rodillas y me la metió en la boca todavía sucia de tierra y de mí. Me agarró la cabeza con las dos manos y me folló la garganta hasta que se me salieron las lágrimas. Después me tiró otra vez de espaldas, me abrió más las piernas y volvió a entrar. Cada embestida me movía sobre las hojas. Me escupía en la cara, me hablaba sucio en voz baja y me apretaba el cuello lo suficiente para que me costara respirar.
Me corrí igual.
Con la cara llena de babas de él, la espalda raspada por la tierra y el cuerpo temblando. Él se dio cuenta y empujó más fuerte, como si le molestara que yo estuviera sintiendo placer. Se corrió dentro del condón con un gruñido largo, todavía encima de mí, todavía sujetándome las muñecas contra el piso.
Cuando terminó, se quedó unos segundos respirando pesado. Después se levantó, se acomodó la verga y me miró desde arriba. Yo seguía tirada, con el pantalón en los tobillos y la tierra pegada a la piel.
—Se acabó el tiempo —dijo solamente.
Me ayudó a pararme, pero sin suavidad. Me limpié como pude con una hoja grande, me subí el pantalón y caminé de regreso a la moto en silencio. Él iba detrás. No hablamos en el regreso.
Me da un poco de penita, sí.
Porque se lo tomó tan en serio que en algunos momentos se sintió demasiado real. Pero eso era exactamente lo que yo había pagado.
Una violación de mentira que se sintió de verdad.
Sin besos.
Solo babas, tierra y verga.
Y yo, al final, llegué a casa con el cuerpo marcado y la certeza de haber conseguido exactamente lo que pedí.








Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar