Yo estaba en la sala viendo tele cuando ella se me paró enfrente, se soltó la toalla y se quedó completamente desnuda.
Esas tetas enormes cayeron pesadas, los pezones ya duros y rosados, y la pucha todavía con un poco de vello. Me miró con esa misma cara de la noche de la boda: boca entreabierta, lengua afuera, ojos picados de puta.
—Ven… —me dijo, y se acostó en el sofá abriendo las piernas bien anchas, mostrando la pucha rosada y ya húmeda.
Yo me quité la ropa de una y me le tiré encima. Le chupé las tetas primero, bien fuerte, apretándolas con las manos, mordiéndole los pezones mientras ella se agarraba de mi pelo y gemía. Después bajé, le abrí la pucha con los dedos y le metí la lengua hasta el fondo. Estaba empapada, el jugo le resbalaba por el culo. Le chupé el clítoris con fuerza, metiéndole dos dedos y moviéndolos rápido por dentro. Ella empezó a temblar y a empujar la cadera contra mi cara.
—Métamela… no me hagas esperar, hijueputa —me pidió, con la voz rota.
Me subí, le puse la verga gruesa en la entrada de la pucha y se la meti de un solo empujón hasta el fondo. Ella soltó un grito cochino y me clavó las uñas en la espalda. Empecé a darle duro, bien profundo, sacándola casi toda y volviéndosela a meter de golpe. Cada embestida le hacía rebotar esas tetas enormes y el sonido era un chap-chap húmedo y sucio de pucha bien follada.
—Así… más fuerte… úsame…
—Métela toda… reventame la pucha…
—Córrete adentro, quiero sentirla caliente llenándome…
Yo le agarré las piernas y se las abrí más, metiéndosela hasta tocarle el fondo. Ella se corrió primero, temblando, apretándome la verga por dentro con fuerza y gimiendo como una perra. Yo seguí unos segundos más, dándole más duro todavía, y me vine también, descargándole chorros de semen adentro mientras ella me miraba con la lengua afuera, exactamente como en esa foto.
Cuando terminamos, nos quedamos ahí, sudados, con mi verga todavía adentro y el semen espeso empezando a salirle de la pucha, resbalándole por el culo. Ella me acarició el pecho y me dijo bajito, todavía agitada:
—Me gusta cuando me usas así… sin pena… cuando me llenas y me dejas chorreando.
Esa tarde no salimos de la casa. Solo seguimos, una y otra vez, hasta que ya no podíamos más.






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