Mi nombre es Carlos, recuerdo que desde chiquillo mi gusto por el cuerpo femenino no tenía limitantes, fueran conocidas, vecinas o familiares, algunos muchos me entenderán. Pero algo que me marco desde la primera vez que lo experimente fue ese sabor tan enloquecedor, salado y dulce a la vez, amargo y delicioso, los jugos encantadores de una mujer.
La primera vez que lo probé fue una completa locura y mi edad lo era aún más, solo puedo decir que en ese momento usaba el uniforme verde militar y ella ese encantador jumper azul de la escuela, muchos en México sabrán de que nivel escolar estoy hablando.
Ella es Sara, mi prima, un año mayor que yo. En esos días ella ayudaba a mi mamá con algunas tareas del hogar, pero sobre todo a cuidar de mi pequeño hermano, según recuerdo de unos dos años. Todos los días llegaba de la escuela y se pasaba a nuestra casa a cuidar de él.
Siempre la veía como lo que era, mi prima y casi una hermana, desde toda la vida convivimos entre primos y teníamos esa confianza que solo se la das a alguien cercano.
Hasta que un día la comencé a ver de otra manera, su cuerpo ya estaba cambiando, sus caderas se ensanchaban y dos bultos comenzaban a crecer en su pecho, además de que las hormonas nos empezaban a hacer malas jugadas.
Un día la vi entrar en el cuarto de mis papás, a buscar unas cosas sobre el closet, la seguí y entre detrás de ella, tomo una silla para subir y buscar mejor, entonces la falda de su jumper se levantó un poco a la altura de mi cara y pude ver un par de hermosas piernas, blancas y torneadas que poco a poco, al estirarse para alcanzar lo que buscaba, me mostraron unas bragas hermosas, blancas y con un delicado encaje en la orilla de las piernas, encaje que delicadamente dejaba a la vista ese encantador pliegue que divide la nalga del muslo, aún lo recuerdo como si fuera hoy.
Ella no se dió cuenta, yo me moví enseguida por miedo a ser descubierto, pero sobretodo para alejarme y revisar una incomodidad que estaba creciendo en mi pantalón. Esa noche me costó dormir, solo recordaba la blancura de sus bragas y la hermosa piel de sus piernas, solo pude dormir después de calmar mi dureza pensando en ella.
Apartir de ese día ya no podía ver a Sara como mi prima, todo lo que ella hacía me perturbaba, cada momento que la tenía cerca me ponía duró y buscaba cualquier excusa para escapar al baño. Ella seguía siendo como siempre conmigo aunque al parecer ya sospechaba algo, mi forma de ser había cambiado mucho y eso, algunos años después me enteré, le gustaba.
Y entonces, un día, sin planearlo, sucedió, nos quedamos solos en casa, nuestras madres salieron juntas a comprar los alimentos y solo nos quedamos mi hermano, yo, y ella, con ese hermoso jumper azul...








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