Hacía quince días, un sábado, Me programaron una visita al centro de datos del cliente con la idea de resolver un problema rápido y salir antes de la una de la tarde. El plan era claro: terminar el trabajo, tomar un transporte de diez minutos y llegar a mi sauna gay favorito, donde podría buscar una buena cópula que me estaba haciendo falta. Llevaba puesto, debajo del pantalón de trabajo, una tanga roja diminuta, preparada para esa salida posterior. Lo que empezó como un trabajo rutinario se convirtió en algo completamente distinto.
Las veces anteriores que había visitado esa empresa, el dueño lo había recibido con corbata, traje, serio, profesional, eran visitas de entre semana. Pero ese sábado, las reglas cambiaban. El hombre abrió la puerta vestido con una sudadera gris de algodón, pantalón deportivo y zapatillas. Era un hombre de cuarenta y tantos, blanco, con una barba de un día que le sombreaba la mandíbula, cabello castaño oscuro peinado hacia atrás y ojos claros que brillaban con cierta picardía. El cuerpo era grueso, una panza suave que se notaba bajo la tela de la sudadera, y las mangas cortas dejaban ver brazos peludos y gruesos. Pero lo que note de inmediato fue el bulto: suelto, pero grande, marcando la tela del pantalón deportivo de una forma que era difícil ignorar.
Me cambie de ropa por la de trabajo y me metió al cuarto del centro de datos. Era un espacio pequeño pero funcional, con racks de servidores zumbando, cables organizados en canaletas y un aire acondicionado que, supuestamente, mantenía todo a temperatura adecuada. El problema era que la sala estaba caliente. Demasiado caliente para los equipos.
Revise y los problemas se multiplicaron. Tras problema, tras problema. Me encarame en una escalera para revisar las unidades del aire acondicionado que estaban en la parte superior, junto a los ductos. Mientras trabajaba, el dueño estaba abajo, hablando con la esposa de vez en cuando por el teléfono móvil, con esa voz tranquila de sábado, como si nada. Arturo sufría con las herramientas, las piezas no cooperaban, y la sala seguía caliente.
Me monto nuevamente en la escalera, estirandome para alcanzar una unidad que parecía mal ajustada. Y entonces sucedió: el pantalón de trabajo, que ya estaba flojo, se me bajó no mucho pero lo suficiente para dejar ver, el diminuto triangulo rojo que estaba entre mis nalgas. La tela escasa apenas cubría lo necesario, dejando las caderas y gran parte de las nalgas expuestas. Yo no podía taparme porque estaba encaramado, con las manos ocupadas sosteniendo piezas y herramientas, el cuerpo estirado entre los equipos y la estructura del aire acondicionado.
Desde esa posición, pude ver, de reojo, cómo el dueño se acomodaba el paquete. El movimiento fue sutil al principio, un ajuste rápido, de esos que los hombres hacen sin pensar. Pero se repitió. Una vez más. Y otra. Los ojos claros del hombre se habían fijado en la tanga roja, en la forma en que la tela se perdía entre mis nalgas, y se acomodaba detrás de mi, intentando ver más, pero incómodo, como el que quiere mirar pero siente que no debe. Sin embargo, los ojos le ganaban al pudor. El deseo lo comprometía. lo note: se la acomodaba más veces de lo normal, y la verga, bajo la tela suelta del pantalón deportivo, lo delataba. Estaba creciendo.
Finalmente, encontre el problema. La unidad estaba mal ajustada, un trabajo deficiente que nadie sabía quién había hecho. Desmonte las piezas con cuidado, ajuste lo que había que ajustar y volvi a ensamblar todo. El frío empezó a llegar al cuarto, los servidores respiraron aliviados. Pero otras partes se estaban calentando, y no precisamente los equipos.
Baje de la escalera y se acomodó la ropa, subiéndose el pantalón. El dueño se le acercó, los ojos claros algo evasivos, la mano frotándose la nuca. Le dijo: «Puedo ser imprudente… ¿siempre usa tangas así?» Lo mire de frente, sin titubear. dije sí, que otras veces usaba boxers o suspensorios, dependiendo de lo que tuviera planeado. El dueño preguntó si no eran incómodas. le respondi que no, y me baje el pantalón un poco más, lo suficiente para mostrarle la forma del tiro y el diseño de la tanga, cómo la tela roja se ajustaba, cómo le quedaban sueltas en ciertas partes pero marcaban todo lo que debían marcar. Le explico que la tela era cómoda, que se adaptaba al cuerpo.
El dueño se puso colorado. Un rubor que le subió desde el cuello hasta las mejillas, visible incluso bajo la barba de un día. Me dijo que no había visto a un hombre maduro con esas prendas. Lle pregunte si había visto por lo que parecía, y el hombre tartamudeó algo sobre un alumno de la universidad. Me reí y le dije que algún arroz en bajo, y el dueño se rio también, acomodándose el paquete de nuevo, esa vez sin disimulo.
Me quitó entonces la camiseta de trabajo, quedando solo con la tanga roja desde la cintura para abajo, y me dije mira, así se verian de cuerpo completo. El dueño me miró de arriba abajo, los ojos recorriendo el torso, las caderas, la tela roja. Me preguntó si me las había puesto para ir al trabajo, y yo respondi que no, que después de ahí pensaba en pasar a unas cabinas o a un sauna.
El dueño me preguntó que si iba a clavar. Yo le respondi que no, que lo que me gustaba era ser clavado por maduros. Entonces el hombre lo tomó del brazo, lo giró con firmeza, y le dio un beso. Un beso directo, con lengua, con la barba rozando con la mia, con las manos gruesas agarrándome por la cintura. Me dijo que él tenía con qué clavarme. Le pregunte que a quién le había visto las tangas, y el dueño confesó que un alumno de la universidad. Yo le dije «qué bien», y seguimos besando.
El dueño se quitó la camisa que llevaba bajo la sudadera, y Yo le bajó la sudadera. El hombre estaba en boxer licrados. Se los baje de un tirón y me encontré con una verga pequeña, modesta, que descansaba sobre unos huevos grandes y peludos. Se la empezó a mamar. Pense, y no lo niegó, que tanto se la acomodaba y ahora resultaba que era pequeña. Pero conforme se la mamaba, la fui sintiendo crecer. Primero un poco, luego más. La lengua trabajando el glande, los labios apretando el tronco, y la verga respondiendo, engrosándose, alargándose. Al cabo de unos minutos, no era nada pequeña. Apareció un vergón venoso, con venas marcadas que palpitaban con cada mamada, caliente y duro en mi boca.
Le pregunte, con la verga todavía en la boca, quién la mamaba más rico, si él o el alumno. El dueño no respondió, solo emitió un gemido gutural y agarró a Arturo por la cabeza, empujando la cadera hacia adelante. Arturo siguió mamando, lamiendo el tronco venoso, bajando hasta los huevos, chupándolos, sintiendo cómo se tensaban. Se la metió hasta el fondo, tragándose toda la verga que ahora era enorme, y la sacó despacio, dejando un hilo de saliva conectando sus labios con el glande.
La mamada continuó, intensa, húmeda, ruidosa. Yo trabajaba su verga con la boca y las manos, alternando entre lamidas largas por el tronco y succiones profundas en la cabeza. El dueño respiraba cada vez más fuerte, las manos apretando mis hombros, la panza temblando con cada jadeo. Hasta que no pudo más. Se corrió en mi boca con un gemido largo y ronco. Los huevos se movieron hacia arriba, como impulsando el semen, contrayéndose con cada espasmo. El semen era almendrado, espeso, delicioso. lo tragó todo, sin perder una gota, limpiando la verga venosa hasta el último resto
.
Descansamos un rato. El dueño se recostó contra el rack de servidores, sudado, la sudadera arrugada en el suelo, los boxers en los tobillos. yo relamo mis labos y luego los limpio con el dorso de la mano y me puso de pie. Siguiendo con las labores pendientes, ajustando los últimos detalles del aire acondicionado y revisando que todo estuviera en orden. Ya eran las 3 el dueño me preguntó a dónde iba a ir, y le dije a qué sauna.
Terminó su trabajo, recogí mi herramienta, se cambió de ropa, y sali.
Pero ese día no termino ahí sigo en un capitulo 2







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