De ver en X videos generados por IA a un sueño humedo
Relato de comunidad Gayschedule 7 min de lectura calendar_today Septiembre de 2026

De ver en X videos generados por IA a un sueño humedo

Cuando quieres que los personajes que se ven en videos sean reales y te dejas llevar por la imaginación. ¿Te ha pasado? Tras una tarde de algoritmos que le muestran lo que no sabía que buscaba, me hundo en un sueño donde mi c...

luisalejo

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Esto paso ayer Domingo, generalmente no escribo de algo tan cercano, pero como fue algo privado que no tiene intervención de un tercero pues decidi, tomar computador y escribirlo. Estaba aburrido tome es celular, su pantalla iluminaba y mi rostro empezo a fijarse en lo que el algoritmo me mostraba Había comenzado, como siempre, sin intención de quedarme tanto tiempo. Un video aquí, otro allá. Algoritmos que aprendían más rápido que mi propia voluntad. Me llego un video hecho en ia, fue de machos con culos enormes en trajes de látex —hombres orientales de caderas imposibles, otros más osos, cubiertos de vello oscuro que asomaba por los bordes de la goma brillante. Luego los sugar daddies generados por IA, con sus cuerpos y sus rostros perfectos demasiado perfectas. Deslizó por la plataforma como quien cae por una pendiente suave, sin freno, sin resistencia.

Entonces aparecieron. Hombres en lencería femenina. No travestis comunes —sino cuerpos musculosos, trabajados, con pectorales que se habían transformado en tetas redondas y firmes, pezones parados empujando la tela de brassieres color rosa pastel, lila, celeste. Tangas minúsculas que apenas contenían paquetes enormes, marcándose el contorno del bulto contra la tela translúcida. Caderas anchas, culos descomunales que rebotaban cuando caminaban. Y alrededor de ellos, siempre, otros hombres —más grandes, más peludos, con manos gruesas que manoseaban sin pudor aquellos cuerpos feminizados. Las sombras, los colores, lo real que se veían. Cada video era una composición de carne y tela y deseo fabricado por máquinas que habían aprendido exactamente lo que hacía que alguien comom yo se quedara mirando.

Bajó más. El algoritmo le dio lo que no sabía que buscaba.

Un hombre vestido así —brassier blanco, tanga de encaje, ligueros— arrodillado frente a criaturas que no eran del todo hombres. Monstruos. La cámara captaba cada corrida que recibía, y con cada carga, su vientre se hinchaba. Primero un leve abultamiento. Luego más. Después parecía embarazado de meses, la barriga redondeándose sobre la cintura de la tanga, la piel estirada y brillante. Otro monstruo tomaba su lugar. Otra corrida. Más hinchazón. La panza crecía y crecía hasta verse grotesca, hermosa, imposible.

En un momento tenia una erección impresionante Tuve que encerrarme en el baño. Me siento en la tapa del inodoro con el teléfono temblando entre las manos. Desapunto me jean y me saco la verga estaba dura como piedra, goteando. Empiezo a pajearme mirando esos videos —el hombre de lencería siendo preñado una y otra vez, su barriga expandiéndose con cada monstruo, los pezones hinchados empujando el brassier, el rostro de placer y agotamiento. No aguante mucho me corro rápido, espeso, en cuatro bombeos. Me limpió con papel. Me quedó ahí, respirando, con el teléfono todavía reproduciendo en silencio.

Ya de noche me dispuso a dormir, duermo sin ropa interios solo una pantaloneta suelta. Apagó todo. Cerró los ojos.

Y empece a soñar.

Estaba en un corredor. Las paredes eran de un material cálido, casi orgánico, color crema con vetas doradas. El piso era suave bajo mis pies descalzos. Miró hacia abajo y me vi vestido en lencería de mujer. Un brassier de encaje rosa que apenas cubría mis pechos —pechos musculados de hombre, pero que en el sueño ya estaban algo alterados estaban acompañados de senos, pequeños y firmes, los pezones asomando por la tela. Una tanga del mismo encaje que se le metía por el surco del culo. Ligueros con medias hasta el muslo. Todo me quedaba perfecto, como si hubiera sido hecho a su medida.

El corredor tenía muchas puertas. Cada una diferente. Algunas de madera oscura, otras de metal, otras cubiertas de talla. Caminó descalzo por el pasillo, sintiendo el encaje contra mi piel, la tela fria pero ventilada, la tanga subiéndome por las nalgas, el brassier rozándole los pezones. Cada paso era una pequeña descarga de excitación sexual.

Abrí la primera puerta.

Adentro había un hombre. Grande. Peludo. Como los de los videos de IA. Estaba sentado en el borde de una cama enorme, completamente desnudo. Su cuerpo era una masa de vello oscuro sobre músculos densos. Su verga descansaba sobre un muslo, gruesa y semi-erecta. Me miro con ojos pesados y levantó una mano, llamándome.

Camino hacia él. El hombre me tomó por la cintura y me acercó. Me besó. Lento. Profundo. Su lengua era grande y húmeda, invadiéndome la boca con una paciencia que no tenía prisa. Las manos del hombre subieron por su espalda y llegaron a mi pecho. Empezó a acariciarme sobre el encaje del brassier. Los dedos gruesos encontraron mis pezones y los apretaron suavemente.

Y entonces mi pecho empezó a crecer.

Primero fue un cosquilleo caliente. Luego una presión desde adentro. Los pectorales se abultaron bajo el encaje, redondeándose, llenándose. La tela del brassier se tensó. Mis tetas crecieron —pequeñas al principio, luego más, luego lo suficiente para llenar las copas, luego más, desbordándolas. Los pezones se hincharon, gruesos y oscuros, empujando el encaje hasta asomar por encima. El hombre los tomó con ambas manos y los apretó, y yo abri la boca sin sonido, el placer disparándose por mi cuerpo.

Las manos del hombre bajaron a mi culo. Lo palparon sobre la tanga. Y lo mismo ocurrió —una presión cálida, un crecimiento lento pero imparable. Mis nalgas se redondearon, se llenaron, se hicieron gruesas y suaves, la tanga hundiéndose entre ellas hasta ser apenas un hilo. El hombre me dio una nalgada y la carne rebotó, blanda y pesada.

Me empujó sobre la cama. Me corrio la tanga. Me abrió las piernas. Su verga estaba completamente dura ahora —gruesa, venosa, con la cabeza oscura y brillante. Me la restregó contra el agujero y luego empujó.

Entró de golpe. El dolor y el placer se mezclaron en un solo fogonazo. El hombre empezó a culearme con embestidas largas y profundas, agarrándome de las caderas nuevas, de las nalgas enormes que rebotaban con cada golpe. Mis tetas nuevas se sacudían contra el brassier desplazado. El hombre se inclinó y le mordió un pezón mientras follaba, y yo me agarró de las sábanas, arqueándose.

Cuando el hombre se corrió dentro de mi, senti el calor inundándome las entrañas. Algo se movió en el vientre. Una hinchazón suave, apenas perceptible. Me había preñado.

Sali del cuarto tambaleándome. El corredor me recibió de nuevo. Miró hacia abajo: mis tetas se asomaban del brassier desordenado, las acomode dentro de el, mi barriga tenía un leve abultamiento. Camino hasta la siguiente puerta y la abro.

Había como diez hombres. Todos musculosos, todos desnudos, todos con vergas erectas mirándome como si me esperaran. Uno me tomó por detrás. Otro me abrió las piernas. Empezaron a manosearme —manos por todas partes, en las tetas, en el culo, en los muslos, en los pezones. Me apretaban los senos hasta hacerlos rebosar entre los dedos. Me abrían las nalgas y me metían dedos en el culo, estirándolo, preparándolo.

Me acostaron. Uno me culio boca arriba mientras otros dos le chupaban las tetas. Me pusieron a cuatro patas y otro me tomó por detrás, embistiendo fuerte mientras un tercero me metía la verga en la boca. Me subieron sobre uno y otro me penetró por detrás, doble, estirándolo. Cada vez que uno se corría dentro, mi barriga crecía un poco más, al igual mis tetas y mi culo. Después del tercero ya parecía de tres meses. Después del quinto, de cinco. Después del décimo, mi vientre era redondo y tenso, estirándose sobre la cintura de la lencería.

Sali arrastrándome. MI barriga le impedía caminar derecho. Mis tetas colgaban pesadas. Mi culo rebotaba con cada paso. Abri la tercera puerta.

Monstruos. Minotauros con cabezas de toro y cuerpos enormes. Ogros de piel grisácea y músculos como rocas. Sus vergas eran desproporcionadas —largas como su brazo, gruesas como su puño. El primero me levantó como si no pesara nada, me abrió de patas y me ensartó. La verga le llegó hasta las costillas. Podía verla deformándole el estómago, solte mucha leche aprisionada en mi culo cuando el me ensarto, era como si hubiera cambiado liquido por algo solido dentro de mi, mi barriga sintio un alivio al peso que tenia, pero no duro mucho podia ver el contorno de la cabeza y su vergota empujando la piel desde adentro, moviéndose con cada embestida como un ser vivo bajo mi carne.

Eran rudos. Me abrieron de patas sin cuidado. Mis tetas rebotaban violentamente con cada golpe, casi golpeándole la cara. Mis nalgas eran golpeadas sin piedad en cada embestida, mi carne marcada con manos enormes. Otro monstruo tomó su lugar —más grande aún. La verga me deformó el estómago hasta el pecho. Se corría dentro y mi barriga se empezoa hinchar nuevamente más, más, hasta que parecía embarazado de trillizos.

Me corri. Sin tocarme. La verga del último monstruo empujando contra algo dentro de mi que detonó todo. Mi cuerpo se convulsionó, mi verga goteó entre mis tetas, mi barriga rebotó con la violencia del orgasmo.

Desperte empapado en sudor. La pantaloneta pegada al cuerpo. La verga dura entre las piernas. Me levante tambaleándose y fui al baño. Me lave la cara. Me mire en el espejo. Era él mismo —sin tetas, sin barriga, sin lencería. Pero algo ardía bajo la piel, algo que no se iba con el agua fría.

— luisalejo

28 de septiembre de 2026

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