Capítulo 2 La tanga roja y el ajuste de pantalon delator, el sauna
Relato de comunidad Gayschedule 6 min de lectura calendar_today Septiembre de 2026

Capítulo 2 La tanga roja y el ajuste de pantalon delator, el sauna

Llego al sauna, después de hacer el trabajo listo para un sábado de quincena: tanga roja, plug anal y KY. Pareja de esposos gay me acorralan en el cuarto oscuro, pero cuando el gerente aparece, lo presento como mi novio.

luisalejo

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Llegó al sauna poco después de las dos. El recepcionista que me conoce me saluda; pague la entrada, tomó la toalla y las chanquetas y la llave del casillero, y me dirijo a los vestidores. Me desvisti con rapidez, guardó la ropa de calle y quedó únicamente con la tanga roja —la misma que esa mañana había provocado al dueño del centro de datos—. Sacó el tubo de crema KY y me untó los dedos, me inclinó ligeramente y me lubricó con minuciosidad, dejando el gel dentro de mi con movimientos circulares que abrieron mi esfínter poco a poco. Después introduje el plug anal de costumbre y lo acomodo hasta que el cuello estrecho quede sellado entre mis nalgas. El acople lo dilataría y lo mantendría listo para lo que viniera.

Los sábados de quincena eran movidos. lo se. Sali del vestidor con la toalla colgada al hombro y paseó por los pasillos: primero el área de duchas, luego el laberinto de cabinas, después el turco —donde el vapor me golpeó como un muro húmedo ali duro unos 20 min , salgo u m doy un duchazo estaba muy caliente el turco ese día— y por último el cuarto oscuro. Entre sin la toalla, solo en tanga, y dejó que los ojos se ajustaran a la penumbra. Tardó unos minutos en distinguir las siluetas.

Dos tipos me le acercaron. Uno rondaba los treinta y siete —complexión media, vello en el pecho, barba de varios días— y el otro no pasaba de los veinticinco —delgado, lampiño, con una sonrisa que se le escapaba entre la sombra—. Eran esposos me dijeron en la conversación, ambos versátiles. Me hablaron en voz baja, cosas sueltas, cumplidos sobre mi cuerpo, y mientras hablaban me acorralaron en una esquina de la habitación. Las manos del mayor se subieron por mi costados; las del joven le bajaron por el abdomen hasta el elástico de mi tanga. Sinti las dos vergas erectas rozándome —una contra mi cadera, la otra contra mi muslo— y abri la boca cuando el mayor me besó. Lengua húmeda, ansiosa. El joven me mordió el cuello y bajó por mi pecho con besos cortos.

El mayor se colocó detrás de mi. Metió la mano entre mis nalgas, palpó el plug, tiró de él con un movimiento seco y me lo quitó. El hueco quedó abierto, resbalado de KY, y antes de que Yo pudiera decir nada, el hombre me enterró la verga de una sola embestida. Estaba muy dura —gruesa, caliente— y Yo solte un quejido que el joven ahogó besándome. El de veinticinco se arrodilló y me tomó la verga con la boca, mamándomela con tracción profunda mientras el otro me culiaba desde atrás con embestidas cortas y rápidas.

Cuando el mayor aceleró el ritmo, lo detuve con la mano en su cadera.

—Forro —dije.

El hombre lo miró un instante, sacó un condón de un bolso que había dejado en el piso, se lo puso y volvió a entrar en mi. Me llevaron hasta la cama del fondo. Me montaron y se rotaron: primero el mayor, luego el joven, después el mayor otra vez, turnándose con una sincronía que delataba práctica. Yo tenía las piernas abiertas y recibía a cada uno con gemidos que rebotaban en las paredes oscuras.

Entonces entró alguien más. lo reconoci de inmediato: el gerente de la empresa donde había estado por la mañana. El mismo hombre de la sudadera gris, la panza suave y los ojos claros, esta vez en toalla. Se quedó parado a un metro de la cama, observando. Notó cómo su mirada bajó hacia los condones, verificando que los dos tipos lo estuvieran usando. Sonrió.

—Les presento a mi novio —dije, sin aliento, entre embestida y embestida.

—Mucho gusto —respondió el mayor, sin dejar de clavarme.

—El gusto es mío —dijo el gerente, cruzándose de brazos.

No pararon. El joven se corrió primero, apretando los dientes, empujando fuerte; después el mayor, con un gruñido sordo que le vibró en el pecho. Ambos se quitaron los condones, los amarraron y salieron del cuarto oscuro sin más.

El gerente se acercó. Me dio un beso en la boca —largo, con lengua, sabiendo a menta— y dijo:

—Así que soy tu novio.

Nos reimos

Se puso detrás mio, metio sus dedos y singtio que yo estaba super lubricado, se untó la verga y me la enterró a pelo. Sin condón. Delicioso. Su barriga y sus pelotas golpeaban contra mis nalgas con cada embestida. Por la estimulación previa de los otros dos, el culo estaba súper sensible; las piernas me temblaban y el sonido seco de la panza contra mis nalgas llenaba el cuarto. El gerente aumentó el movimiento, me empujó la cadera hacia la suya, me llenó y me corri sin tocarme la verga, manchando la colchoneta.

Salimos del ambiente oscuro. Esperamos en la salita un rato, sentados en los banquillos, bebiendo agua. Después entramos al turco. El vapor estaba fuerte. Nos besaban con pasión, las manos del gerente en mi cintura, luego recoste mi cabeza en su pecho. Una mano ajena me acarició el muslo. Sentado al otro lado estaba el mayor de la pareja anterior —el esposo de treinta y siete—, que lo tocaba con disimulo. El gerente no se daba cuenta de que su perra era manoseada por otro.

Levante el cuerpo, apoyándome solo en una nalga, dejando al aire la otra y descubierto el culo. El tipo aprovechó para meterme los dedos —dos, luego tres— abriéndolo mientras yo me inclinaba y le mamaba la verga al gerente en cuatro patas. No se veía nada; todo era blanco denso. De repente el mayor se ubicó detrás y me la enterró —rápido, frenético, sin condón—. La puerta de vidrio se abrió y entró el esposo de él, el joven de veinticinco. El mayor se separó de un salto; el joven no vio nada.

El gerente me dijo que salieramos. En el corredor, le propuso entrar a uno de los cuartos privados. Cerramos la puerta. El gerente me besó apretándole las nalgas con fuerza. Pude apreciar su pecho sudado —los pelos aplastados hacia abajo por el agua, no encrespados sino aplanados—, su verga con un monte ligero bien arreglado pero no depilado, tiesa de nuevo. nos recostamos en la colchoneta fría y siguimos besándonos.

—Mejor que tu alumno? —pregunte

—Sí, definitivamente y por mucho —respondió el gerente.

Me puso en posición de pollo asado, me abrió bien las piernas y mo clavó. Me separaba los piernas con las manos y dijo:

—Te abres demasiado. Tienes buena flexibilidad, y cuando te abres aprietas el culo muy rico

.

Siguió dándome hasta que se vino dentro otra vez. Después se incorporó y dijo que no podía demorarse más, que se tenía que ir. Yo estaba cansado; me dolía la cadera. Sí puedo abrirme mucho, pero eso hace que la articulación me doliera, la cadera. El gerente se puso la toalla y salió.

Yo me quede ahí un rato, con los ojos cerrados. Senti que entraba alguien, dije que se te olvido. Abri los ojos: no era el gerente. Era el casado, el mayor, otra vez. La puerta ya estaba ajustada detrás de él. Su verga tiesa. Se abalanzó, me abrió las patas y me clavó.

—Tienes un culazo —me dijo—. Es delicioso batirme la leche de tu novio.

Le pidi que no se corriera dentro. El hombre sacó la verga y se corrió en mi barriga, con chorros cálidos que le llegaron hasta el pecho. Salió rápido. Quede solo nuevamente.

Sali al corredor y aún estaba el gerente, ya vistiéndose, recién duchado. le dije que si me esperaba, que ya no quería estar ahí. Me duchó rápido y salimos juntos.

Después de ese día, He estado con el gerente seis veces. De pronto y les cuento.

— luisalejo

23 de septiembre de 2026

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