Habíamos llegado a una edad en la que ya no sentíamos la necesidad de pedirle permiso a nadie para vivir nuestra vida.
Mis hijos ya eran independientes. Mi esposo y yo llevábamos muchos años juntos y, durante la última década, habíamos aprendido algo que para nosotros había terminado siendo fundamental: podíamos explorar nuestra intimidad sin que eso significara querernos menos.
Al contrario.
Cada nueva experiencia nos había obligado a hablar más, a escucharnos más y, sobre todo, a confiar.
Por eso aquel viaje a Colombia tenía algo diferente.
No queríamos unas vacaciones tranquilas.
Queríamos desordenarnos un poco.
Habíamos alquilado una finca en las afueras de Pereira, rodeada de montañas, cafetales y una vegetación tan abundante que desde algunos puntos de la propiedad era imposible ver otra casa.
La finca era grande, privada y, según el propietario, prácticamente aislada.
Para nosotros aquello era perfecto.
La primera noche, después de cenar y abrir una botella de vino, mi esposo levantó su copa.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de este lugar?
—¿Qué?
—Que aquí nadie nos conoce.
Sonreí.
—A estas alturas, aunque nos conocieran, tampoco me importaría demasiado.
Él soltó una carcajada.
—Eso quería escuchar.
Habíamos hablado durante semanas sobre ese viaje.
Y no habíamos viajado solos.
Tres parejas amigas, todas conocidas durante nuestras aventuras anteriores, habían aceptado pasar algunos días con nosotros.
Estaban Daniel y Laura, ambos de cuarenta y tantos; Andrés y Carolina, alrededor de los cuarenta; y Sebastián y Valeria, una pareja algo más joven, pero igualmente abierta y aventurera.
Todos conocían nuestras reglas.
Nada de presiones.
Nada de suposiciones.
Nada que alguien no quisiera.
Y, sobre todo, nada de secretos entre las parejas.
Aquella primera tarde llegaron casi al mismo tiempo.
La finca se llenó de abrazos, maletas, risas y música.
Después de instalarse, terminamos todos alrededor de la piscina.
El sol de Pereira todavía calentaba la piel y la conversación comenzó a relajarse poco a poco.
Laura fue la primera en decirlo.
—Bueno... ¿y cuál es el plan?
Mi esposo la miró.
—¿Plan?
—Sí. No hemos venido hasta Colombia para sentarnos a mirar televisión.
Todos reímos.
Yo levanté mi copa.
—El plan es simple: disfrutar.
Carolina sonrió.
—Eso suena peligrosamente abierto.
—Precisamente —respondí.
La tarde continuó entre tragos, música y conversaciones que cada vez tenían menos filtros.
En algún momento, alguien propuso meterse a la piscina.
Después de un rato, las conversaciones empezaron a dispersarse.
Algunos se quedaron dentro del agua.
Otros se acomodaron en los sofás exteriores.
Yo me alejé unos minutos hacia una zona de la finca desde donde podía contemplarse todo el valle.
Estaba sola cuando escuché pasos detrás de mí.
Era Valeria.
—¿Te estás escondiendo?
—No.
—Entonces estás pensando.
Sonreí.
—Un poco.
Ella se apoyó en la baranda.
Durante unos segundos contemplamos juntas el paisaje.
—Es extraño —dijo.
—¿Qué cosa?
—Estar aquí con ustedes.
—¿Por qué?
Valeria tardó unos segundos en responder.
—Porque hace unos años jamás habría imaginado que terminaríamos viviendo una amistad como esta.
La miré.
—Yo tampoco.
Nos quedamos en silencio.
No era un silencio incómodo.
Era uno de esos silencios en los que ambas sabíamos perfectamente que había algo más detrás de las palabras.
Entonces escuchamos la voz de mi esposo desde la piscina.
—¡Las dos! ¡Dejen de conspirar y vengan!
Nos miramos y empezamos a reír.
Aquella noche cenamos todos juntos.
La conversación fue subiendo de tono y, después de varias copas, Daniel propuso un juego.
Cada pareja debía contar cuál había sido la experiencia más inesperada que había vivido desde que nos conocíamos.
Las respuestas provocaron carcajadas, confesiones y algunas miradas bastante reveladoras.
Pero lo más interesante no fueron las historias.
Fueron las miradas que comenzaron a cruzarse entre nosotros.
Porque todos sabíamos por qué estábamos allí.
Y nadie parecía tener demasiadas ganas de fingir lo contrario.
Más tarde apagamos las luces principales y dejamos solamente la iluminación de la piscina.
La música sonaba suavemente.
Yo estaba sentada junto a mi esposo cuando Laura se acercó y se sentó a mi lado.
Daniel quedó frente a nosotros.
Carolina y Andrés estaban conversando cerca de la piscina, mientras Valeria y Sebastián observaban la escena desde el otro extremo.
Mi esposo tomó mi mano.
No dijo nada.
No hacía falta.
Aquel pequeño gesto era nuestra manera de preguntarnos mutuamente si todo estaba bien.
Yo apreté sus dedos.
Sí.
Estaba bien.
Poco después, la distancia entre todos comenzó a desaparecer.
Primero fueron conversaciones muy cercanas.
Después abrazos.
Después besos compartidos entre algunas de las parejas.
Nada apresurado.
Nada impuesto.
Simplemente una progresión natural de la confianza que habíamos construido durante meses.
La finca, la noche, la música y el hecho de estar lejos de nuestra vida cotidiana parecían haber eliminado todas las inhibiciones.
En un momento determinado terminé riendo mientras Daniel me tomaba de la mano y me hacía girar al ritmo de la música.
Cuando terminé frente a él, vi a mi esposo observándonos.
Sonreía.
No había celos en su expresión.
Había complicidad.
Y aquella mirada me hizo sentir algo que todavía hoy recuerdo perfectamente.
Libertad.
Más tarde terminamos todos alrededor de la piscina.
La ropa había dejado de ser importante.
La vergüenza también.
El agua de la piscina tenía la temperatura exacta de una piel después del vino: tibia, quieta, dispuesta. La luz de las antorchas parpadeaba sobre la superficie y las voces se habían ido bajando de tono hasta convertirse en un murmullo cómplice. Yo estaba sentada en el borde, con los pies dentro, y mi esposo me miró desde el otro lado como lo hizo la primera noche, cuando nos conocimos en aquel bar de Nápoles. No dijo nada. Solo sostuvo la mirada mientras Carolina se reía de algo que Daniel le susurraba, y entonces entendí que la noche iba a ser de esas que luego contamos con los ojos brillantes.
Fue Sebastián quien me tendió la mano. "El agua está mejor del lado de acá", dijo. Tenía razón. Bajó conmigo hasta el fondo de la piscina, donde el agua cubría los hombros, y me sostuvo por la cintura como si ese fuera el único punto de contacto entre dos cuerpos que ya se habían tocado antes. Valeria, su pareja, nadó hasta mi esposo y le pasó un brazo por el cuello. Lo vi reír, bajarla hasta su altura, besarle la comisura de los labios con una lentitud que a mí me encendió la piel desde adentro. Sebastián notó el cambio en mi respiración porque había aprendido a leerla en otras noches. "¿Te gusta mirar?" me preguntó con la boca pegada a mi oreja.
"Me gusta que él también me mire a mí."
Mi esposo y Valeria se habían salido de la piscina, dejando un rastro de gotas sobre las piedras del camino hacia la casa. Yo los seguí con la vista hasta que la oscuridad los tragó, y entonces Sebastián giró mi rostro hacia el suyo con un dedo bajo el mentón. El agua nos separaba lo justo para que el deseo fuera más claro que la piel. Besó el hueco de mi clavícula, luego el costado del cuello, y sus manos subieron desde mis caderas hasta el borde de la tela mojada. No hubo prisa. El calor del agua era el mismo que el de mi vientre cuando él desató el nudo de mi bikini y dejó que la tela flotara un segundo antes de hundirse. Daniel y Carolina estaban en la escalera, ella sentada sobre las piernas de él, mirándonos sin disimulo. Eran parte de esto, siempre fueron parte de esto. Sebastián me levantó con las manos bajo los muslos y yo envolví sus caderas con las piernas, dejando que el movimiento del agua fuera el que llevara el ritmo. Fue lento, larguísimo, con la boca de él entre mis senos y mis dedos enredados en su pelo. A lo lejos, la risa de Valeria llegaba desde la cabaña junto con la voz grave de mi esposo. Cerré los ojos y pensé en su mirada mientras Sebastián me sostenía contra el borde. No necesité verlos para saber.
* Más tarde, cuando la casa quedó en un silencio pesado de cuerpos satisfechos, Carolina me encontró en la cocina, buscando agua. Llevaba una camiseta de Andrés que le llegaba a medio muslo y el pelo todavía húmedo. "¿No duermes?", preguntó, pero se sentó en la encimera con las piernas cruzadas y no pareció interesada en la respuesta. Nos conocíamos lo suficiente como para no hacer preguntas que no queríamos responder. Yo me acerqué y puse una mano sobre su rodilla. Ella dejó de hablar. Su boca sabía a menta y a noche después de la fiesta. Carolina tiene una manera de besar que parece estar tomando una decisión en cada segundo, y esa noche decidió que quería aprenderme de memoria. Pasó las manos bajo mi camiseta y me levantó del suelo con un movimiento que no le hubiera dado el cuerpo a alguien que no trabaja su fuerza. Me llevó hasta la sala, hacia el ventanal que daba a la piscina, y el reflejo del agua bailaba sobre nuestras caras. Nadie nos miraba, y a la vez lo sabíamos: los hombres estarían en la habitación de arriba, o despiertos, o durmiendo la siesta del deseo. No importaba. Era nuestro turno. Carolina me tendió sobre la alfombra junto al ventanal. Su mano buscó la mía y la apretó un instante antes de que bajara, con la palma abierta, por mi vientre. Yo arqueé la espalda buscando más contacto, y ella se rio bajito, con un sonido que se parecía a un secreto. "Quietita", dijo. Y luego su boca descendió por mi pecho, por el esternón, trazando un camino húmedo que terminó en un punto donde ya no existía ningún camino, solo vértigo. Ella fue lenta, generosa, con los ojos levantados hacia mí cada tanto, como si quisiera confirmar que seguía con ella. Yo hundí mis dedos en su pelo y dejé que el placer subiera como agua dentro de un vaso. Cuando el orgasmo llegó, fue un temblor profundo, con el nombre de ella a medias entre los labios. Carolina subió a besarme la frente, la nariz, la boca, y me envolvió con sus brazos en la alfombra bajo la luz de la luna. Por encima de su hombro vi la silueta de Andrés en el marco de la escalera, mirándonos con una botella en la mano, y no supe cuánto tiempo llevaba ahí. No me importó. Le sonreí, y él levantó la botella a modo de brindis antes de desaparecer. *
La última noche, el jacuzzi al fondo de la casa fue el escenario que eligió mi esposo. Se metió primero, con el agua a los hombros, y me llamó con un gesto de cabeza. "Ven." Laura ya estaba dentro, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, el vapor enroscándose alrededor de sus pómulos. Daniel, su marido, se había quedado en la piscina grande con los otros, en una conversación que de vez en cuando salpicaba con risas. Yo dudé un segundo, no por pudor, sino por la forma en que mi esposo me miraba: igual que en la primera vez, cuando me propuso que probáramos algo nuevo y yo le dije que sí con el corazón golpeándome las costillas.
Me bajé al agua frente a él. Laura abrió los ojos y sonrió. "No muerdo", dijo, pero la manera en que lo dijo dejaba claro que mentía.
Fue mi esposo el que empezó. Me atrajo hacia él y me sentó en su regazo dentro del agua burbujeante, con la espalda contra su pecho. Sus manos se deslizaron desde mis caderas hacia arriba, lentas, de dueño que reconoce su territorio, mientras su boca buscaba mi oreja. "¿Sabes cuánto tiempo he querido esto?", murmuró. "Tú, yo, y ella."
Laura se acercó por el lateral, y su mano apareció sobre la mía, bajo la superficie. El agua lo hacía todo más suave, más incierto. Mi esposo me besaba el hombro mientras Laura me besaba la boca, con una dulzura que contrastaba con la mano que ya se deslizaba por mi muslo. Yo me encontré entre las dos, entre las manos de los dos, en un punto donde el deseo dejaba de tener una dirección. Fui yo quien buscó a Laura para besarla mientras mi esposo la tocaba a ella también; fui yo quien acarició su pecho bajo el agua, sintiendo el tatuaje de una llave sobre el corazón; fui yo la que la ayudó a sentarse sobre las piernas de mi esposo mientras yo me quedaba a un lado, mirándolos, aprendiendo la coreografía de sus cuerpos en el agua caliente. Después, mi esposo me levantó y me puso boca abajo contra el borde del jacuzzi, su cuerpo detrás del mío, su voz ronca diciendo que era mía, que siempre era mía, con Laura otra vez delante, ofreciéndome su boca para que me callara en ella mientras el vapor nos envolvía y afuera, muy lejos, se oían las voces de los otros que no necesitaban vernos para saber que la noche aún no había terminado.
Sobre la madera húmeda del borde, con los dedos de ella enredados en los míos, entendí que no se trataba de cuántas veces o con quién. Se trataba de que en esa cabaña junto a la piscina, todas las puertas quedaban abiertas, y el agua, tibia, lo recibía todo.
Por primera vez durante aquel viaje, todos nos sentimos completamente cómodos con nuestra propia desnudez y con la de los demás.
No había espectáculo.
No había necesidad de demostrar nada.
Solo adultos que habían decidido dejar atrás, durante unos días, todas las reglas sociales que normalmente llevaban sobre los hombros.
Mi esposo se acercó por detrás y me abrazó.
—¿Estás feliz?
Giré la cabeza.
—Muchísimo.
—¿Te arrepientes?
Sonreí.
—Todavía no hemos terminado la primera noche.
Él soltó una carcajada.
Y entonces comprendí que aquel viaje apenas estaba comenzando.
Los siguientes días serían todavía más intensos.
Porque en aquella finca no solamente íbamos a descubrir nuevas formas de intimidad.
Íbamos a descubrir nuevas versiones de nosotros mismos.
Y, por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los seis adultos que estábamos allí parecía tener prisa por volver a ser quienes éramos antes de llegar.








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