Hacía seis meses que me había mudado a aquel conjunto residencial al norte de la ciudad. Mi rutina era sencilla y casi siempre idéntica: poco después de las siete de la mañana salía con mi perro, recorría los senderos del conjunto y regresaba a casa antes de comenzar el día.
Fue durante aquellas caminatas cuando empecé a verla.
Siempre estaba en el mismo lugar, esperando la ruta escolar junto a sus dos hijos. Tendría unos treinta y cinco años. Al principio apenas reparábamos el uno en el otro.
—Buenos días.
—Buenos días.
Eso era todo.
Durante semanas, aquellas dos palabras fueron nuestra única conversación. Sus hijos observaban al perro con cierta cautela y ella mantenía una distancia prudente. Además, su español era limitado. Había nacido en Turquía y todavía conservaba un marcado acento que hacía que algunas palabras sonaran diferentes.
Pero había algo que sí entendíamos perfectamente.
Las miradas.
Con el paso de los meses comenzaron a durar un poco más de lo necesario. A veces yo levantaba la vista y ya estaba observándome. Otras veces era ella quien apartaba los ojos justo cuando nuestras miradas se encontraban.
Nunca dijimos nada.
Hasta aquella mañana en que uno de sus hijos preguntó si podía acariciar al perro.
—Claro —respondí.
Ella permitió que el niño se acercara y, mientras él acariciaba al animal, ella permaneció a mi lado. Hablamos unos minutos sobre el perro, el colegio y las mañanas. Nada extraordinario.
Sin embargo, aquella mañana sentí que algo había cambiado.
La forma en que me miraba era diferente.
Más directa.
Más consciente.
Pasaron varias semanas.
Después, durante algunos días, dejé de verla. No sabía por qué, pero me sorprendí buscándola cada mañana.
Cuando finalmente apareció otra vez junto a sus hijos, no pude evitar sonreír.
—Te extrañé. No te había vuelto a ver.
Ella pareció sorprenderse. Sonrió tímidamente y me explicó que había tenido algunos problemas familiares. Su esposo había tenido que viajar y ella estaba haciéndose cargo prácticamente de todo.
La conversación se prolongó más de lo habitual.
Antes de despedirnos me preguntó, con cierta dificultad para encontrar las palabras, si podía ayudarla con algunas cosas en su apartamento.
Acepté.
Aquella misma tarde subí.
Lo que ocurrió después no tuvo nada de casual.
Apenas cerró la puerta, nos quedamos frente a frente.
Ella dio el primer paso.
Me tomó de la camisa, me empujó contra la pared del recibidor y me besó como si llevara seis meses mascando esa idea entre los dientes.
—Te he estado mirando todos los días —dijo contra mi boca, con ese acento que hacía cada palabra más dura, más urgente—. Todos los días.
Ya no quedaba nada de la señora de la ruta escolar. Esta mujer me desabrochó el pantalón ahí mismo, de rodillas, y me lo metió en la boca sin un solo minuto de cortesía. Sin preguntar. Pecado excusas. Como si nos debiéramos esto desde hace meses y los dos lo supiéramos.
Yo le levante el vestido. No lleve ropa interior. Llevaba horas planeando esto, el muy poco culo que le había visto por la mañana era una promesa y ahora lo tenía entero en las manos, duro, caliente, mío.
La primera vez fue contra la encimera de la cocina. Le di la vuelta, le agarré las caderas con las dos manos y la penetré por detrás sin aviso. Ella soltó un grito largo, de sorpresa y de hambre a la vez, y se aferró al borde de la encimera mientras yo la cogía a sacudidas, cada embestida hasta el fondo, hasta que su culo chocaba contra mi vientre. El sonido era húmedo, sucio, perfecto.
Ella empujaba hacia atrás buscando más, mordiéndose el puño, y cuando ya no pudo más soltó una sarta de palabras en turco que no entendí pero que sonaban exactamente como lo que estábamos haciendo: violento, desesperado, necesario.
—Más —me dijo en español, con los ojos cerrados, la frente pegada al mármol—. Más fuerte. No tengas cuidado conmigo.
No lo tuve. La agarré del pelo, le tiré de la cabeza hacia atrás y se lo clavé más profundo, más rápido, hasta que ella empezó a temblar ya gemir cada vez que yo entraba. Su coño estaba chorreando, resbaloso, abierto para mí como si llevara años sin que nadie se lo tocara así. Y entonces entendí lo del esposo que viajaba.
—¿Tu marido te coge así? —le preguntó, con la boca pegada a su oreja.
—No —jadeó, negando con la cabeza, apretándose contra mí—. Tu marido... tu marido no...
La solté, la giré y la senté en la encimera. Se abrió de piernas sin que se lo pidiera, se metió dos dedos ella misma y me miró mientras lo hacía, esa mirada penetrante de todos los buenos días, pero ahora con las pupilas dilatadas y la boca abierta. Me agaché, le aparte los dedos y le comi el coño como si estuviera muriendo de sed. Ella se agarró de mi cabeza, me presionó contra ella, movió las caderas en círculos contra mi cara y se corrió en mi boca con un grito que se cortó a la mitad, mordiéndose el labio, temblando toda.
No le di tiempo a recuperarse. La bajé de la encimera, la puse de rodillas en el suelo de la cocina y la cogí por detrás otra vez, ahora despacio, centímetro a centímetro, hasta el fondo, y me quedé quieto dentro de ella para que sintiera cada pulgada.
— ¿Quieres que te la meta por el culo? —le preguntó.
—Sí —dijo sin dudar, la cara contra el piso, el culo levantado—. Hazlo. Hazme tuya por donde quieras.
Le escupí en el culo, le pasé el pulgar por el hueco y después la punta de la verga, mojada de su propio coño, y la fui metiendo despacio mientras ella jadeaba y se abría para mí. Cuando sentí que la tenía entera, apretada, caliente alrededor de la verga, empecé a moverme. Primero lento, sintiendo cada centímetro de su interior, y después más rápido, más duro, hasta que el sonido de mi vientre contra su culo llenó la cocina. Ella gritaba, decía mi nombre, decía palabras en turco, decía "sí, sí, así, no pares", y yo no paraba, la cogía como a una perra en celo, la sujetaba de las caderas para clavármela más adentro.
Se corrió otra vez, apretada alrededor de mi verga, con un espasmo que me recorrió entero. La saqué, la puse de espaldas en el suelo, le abrí las piernas y la volvió a penetrar de frente, mirándola a los ojos, esa mirada que ya no era de buenos días sino de pura necesidad. Ella me rodeó las caderas con las piernas, me clavó los talones en el culo y me apretó para que yo entrara más, siempre más.
—Acábate dentro de mí —me dijo, agarrándome la cara con las dos manos—. Quiero que te corras dentro de mí.
Y lo hice. Me corrí dentro de ella con un gruñido que salió de lo más profundo, mientras ella se aferraba a mí, mordiéndome el hombro, con las piernas temblando alrededor de mi cintura. Nos quedamos así un rato, sudados, pegados, el suelo frío de la cocina contra nuestras espaldas, ella con la mano en mi nuca, los dos sin poder respirar.
Después le pedí que me la chupara, para terminar de ensuciarla bien. Se arrodilló y me la metió en la boca hasta el fondo, mirándome desde abajo, con esa mirada que ahora entendía perfectamente, y me la acabó de vaciar en su boca sin soltar ni una gota.
—Los jueves —dijo después, cuando ya nos habíamos vestido a medias, ella con el vestido torcido, el pelo revuelto, la boca hinchada—. Dejo a los niños en la escuela a las siete y media. A las siete y cuarenta tienes que estar aquí.
Y así empezó todo.
Desde entonces, todas las mañanas, a las siete, nos encontramos en el parque como siempre. Yo con mi perro, ella con sus dos hijos esperando la ruta. Buenos días, buenos días, buenos días —con los niños delante, con los vecinos mirando desde los balcones, con la misma naturalidad de siempre—. Pero ahora sus ojos me dicen otra cosa cuando se cruzan con los míos. Ahora sé lo que significa esa mirada penetrante que al principio me parecía solo expresiva. Es una promesa. Es un "te espero".
Y los jueves, puntuales como una misa, a las siete y cuarenta, llego a su apartamento. Ella me recibe en la puerta con un beso que sabe a desayunar a medio hacer, porque apenas deja a los niños y corre a abrirme. A veces ni siquiera hemos llegado al dormitorio. La he cogido en el pasillo, contra la puerta, en el sofá, en la ducha, en la mesa del comedor. Cada jueves es igual de salvaje y cada jueves es distinto. Una semana el amarro con la bufanda de su hijo a la cabecera de la cama y el cojo hasta que llora. Otra semana ella me espera desnuda, con las piernas abiertas, y me dice "hoy quiero que me hagas de todo", y le hago de todo hasta que el sol ya está alto y tiene que volver a recoger a los niños.
Su esposo no la atiende. Eso lo tengo claro desde el primer día. Lo dice con los codos en la mesa, con la mirada perdida, con la voz baja, como si contar aquello fuera también parte de lo que hacemos en la cama. Que él trabaja hasta tarde, que viaja cada dos semanas, que cuando está en casa apenas la toca, que se duerme viendo la televisión. Que lleva años sin que nadie la mire así. Y yo la miro, y la toco, y el cojo como si fuera a perderse, porque cada jueves a las siete y cuarenta sé exactamente lo que ella necesita y ella sabe que voy a dárselo.
Los jueves son sagrados. Ya ni siquiera me lo dice. Yo sé que a las siete y cuarenta la puerta va a estar entreabierta, que ella va a estar esperándome descalza en el recibidor, con ese vestido fácil de levantar o sin nada debajo, y que vamos a cogernos hasta que los dos quedemos vacíos, sudados, satisfechos. Y después, el viernes por la mañana, volvemos a encontrarnos en el parque frente a todos, y ella me dice con la misma naturalidad de siempre:
—Buenos días.
Y yo le respondo:
—Buenos días.
Pero ahora aquellas palabras tenían otro significado.
Había una complicidad secreta detrás de cada sonrisa.
Aquellos encuentros se volvieron cada vez más apasionados. Había una intensidad que ninguno de los dos esperaba y una sensación de estar viviendo algo que había comenzado mucho antes de que cualquiera se atreviera a reconocerlo.
Después volvíamos a nuestra rutina.
Ella regresaba a esperar a sus hijos.
Yo salía nuevamente con mi perro.
Y al día siguiente, cuando nuestros caminos volvían a cruzarse, solamente bastaba una mirada.
—Buenos días.
—Buenos días.
Como si entre aquellas dos palabras no existiera un secreto enorme que ambos compartíamos.








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