Cuando estoy es de verdad
No regalo presencia. Nunca lo he hecho.
Si te doy mi tiempo, mi atención y mi cariño, es porque algo de ti me importo de verdad.
Esa noche lo supe desde el primer segundo en que cerraste la puerta y el silencio de la habitacion se volvió denso, casi tangible. Me miraste sin apuro, como si ya me estuvieras desnudando, y yo sentí ese calor lento subiendo desde el estómago hasta la garganta. No fingí. No sonreí de más. Simplemente dejé que me tomaras de la mano y me llevaras hasta la cama.
Me senté en el borde del colchón y empecé a desnudarme, mientras tu te quedaste de pie mirándome. Cuando que totalmente desnuda, no esperé a que dijeras nada. Mis pechos quedaron libres, los pezones ya duros por la anticipación. Te acerqué con un movimiento de cabeza y tu te arrodillaste entre mis piernas. Tus manos subieron por mis muslos, abriéndolos con suavidad, y yo me recosté un poco hacia atrás, apoyándome en los codos, ofreciéndote todo sin decir una palabra.
No sé jugar con sentimientos, fingir interés ni llenar vacíos con personas. Por eso cuando tu boca llego hasta mi cuello y después a mis pechos, no fue un juego. Fue una decisión. Chupaste un pezón con lentitud, tirando apenas con los dientes, mientras tu otra mano se deslizaba por dentro de mi y encontraste la humedad que ya me había empapado. Gemí bajo, sincero, y abrí más las piernas para que tus dedos pudieran rozarme mejor. Cuando metiste los dedos dentro de mí y empezaste a moverlos en círculos lentos, apreté las sábanas y te miré a los ojos.
—Cuando estoy, estoy de verdad —te susurré—, con intención, deseo y ganas de cuidar lo que nace.
Y nació ahí mismo.
Nació en el momento en que te quitaste la ropa y te subiste encima de mí, desnudo, duro, caliente. Te acomodé entre mis piernas y sentí la punta de tu verga rozándome. No entraste de inmediato. Te quedaste ahí un segundo, mirándome, esperando que yo te lo pidiera con la cadera. Y lo hice. Me levanté un poco y te fui tragando centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abrías, cómo me llenabas. Cuando llegaste al fondo, ambos soltamos el aire al mismo tiempo. Me quedé quieta un instante, solo sintiéndote latir dentro, tan profundo que me costaba respirar.
Empezaste a moverte despacio. Embestidas largas, profundas, que me obligaban a abrir más las piernas y a envolverte con los brazos. Cada vez que entrabas completo, mis pechos se aplastaban contra tu pecho y yo gemía contra tu cuello. Tus manos me sostenían la cadera, guiándome, cuidándome incluso mientras me penetrabas. Sentía cómo te contenías, cómo te negabas a ir más rápido aunque el cuerpo te lo pedía. Eso me calentó todavía más. Empecé a moverme yo también, buscando el ritmo, elevando la pelvis para recibirte más hondo.
Por eso duele tanto quien despierta algo bonito y después actúa como si no hubiera tocado nada.
Pero tu no. Tu seguías ahí, presente, mirándome a los ojos cada vez que podías. Me volteaste con cuidado, me pusiste de rodillas y entraste desde atrás con una embestida firme que me hizo soltar un gemido más alto. Una mano se enredó en mi pelo, tirando lo justo para que arquease la espalda; la otra me rodeó la cintura y bajó hasta rozar mi clítoris con el pulgar. Me penetraste más fuerte entonces, con un ritmo constante, profundo, que hacía que el sonido de nuestra piel chocando llenara la habitación. Yo empujaba hacia atrás, buscando más, recibiendo cada embestida con la boca abierta y los ojos semi cerrados.
Cuando sentí que estaba cerca, te lo dije con la voz rota:
—No pares… por favor…
No paraste. Aceleraste un poco, justo lo necesario, y me vine con un temblor largo que me recorrió desde la nuca hasta los pies. Me apreté alrededor de ti con fuerza, contrayéndome una y otra vez, mojándote todavía más. Tu gemiste mi nombre y seguiste moviéndote dentro de mí mientras yo me venía, prolongando el orgasmo hasta que me quedé temblando y sin aire.
Después me acostaste de lado, todavía dentro, y seguiste embistiéndome con lentitud, casi tierno, hasta que sentí cómo te tensabas. Te viniste profundo, llenándome con pulsos calientes mientras yo te abrazaba desde atrás y te susurraba al oído que te quedaras ahí, que no salieras todavía. Sentí cada gota, cada latido, y me apreté una última vez alrededor tuyo para sentirte completo.
Nos quedamos así un rato largo, unidos, sudados, respirando juntos. Tus labios besaban mi hombro una y otra vez. Mi mano acariciaba tu brazo. El silencio ya no pesaba; se había vuelto cómodo, íntimo.
Porque hay gente que da migajas sin culpa, y hay personas que cuando te dan cariño, te están dando una parte sagrada de su energia mas intima.
Esa noche te di esa parte. Te la di con el cuerpo, con la voz, con la forma en que me abrí para ti y me dejé cuidar mientras me poseias. No fue solo sexo. Fue presencia. Fue intención. Fue todo lo que sé dar cuando de verdad me importa alguien.
Y todavía, horas después, cuando ya dormía en mi cama yo seguía sintiendo el eco de ti entre las piernas… y sonreía en la oscuridad por haberme entregado como solo yo se hacerlo.
Por qué puedo ser muchas cosas a veces una mujer sumisa, a veces una mujer perversa, a veces una mujer lujuriosa..... a veces santa a veces diabla a veces golfa a veces dama.
puedo ser todo pero no para todos.
Atenea666






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