La administradora de Pance
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 6 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

La administradora de Pance

Me escribió un jueves por la tarde. El mensaje era directo: "Soy Rocío, tengo cincuenta años, soy administradora de empresas. Vivo en Pance. Mi esposo es un hombre ocupado, pero hace años que no me mira. Leí tus relatos y me...

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La administradora de Pance

Me escribió un jueves por la tarde. El mensaje era directo, sin rodeos, de esos que no dejan espacio para dudas: "Soy Rocío, tengo cuarenta años, soy administradora de empresas. Vivo en Pance. Mi esposo es un hombre ocupado, pero hace años que no me mira. Leí tus relatos y me dieron ganas de probar algo nuevo. ¿Estás disponible?".

Le respondí que sí. Le dije que me contara más. Me dijo que trabajaba en una multinacional, que dirigía un equipo de treinta personas, que firmaba presupuestos millonarios, que su esposo era un hombre de negocios que viajaba constantemente, que llegaba cansado, que dormía en habitaciones separadas desde hacía tres años. Me dijo que no había habido una pelea, ni un engaño, ni un motivo. Solo distancia. Solo rutina. Solo dos personas que se querían pero ya no se tocaban. Le pregunté si él sabía que estaba ahí. Me dijo que no. Que jamás lo sabría. Que esto era suyo, y de nadie más. Le pregunté qué la había llevado a escribirme. Me dijo que había leído unos relatos míos una noche, después de una discusión en la oficina, y que se había tocado pensando en lo que sería no tener que decidir nada. Que se había sentido culpable. Que se había sentido mejor que en meses.

Le propuse vernos el sábado siguiente a las cinco de la tarde, en su casa. Ella aceptó sin preguntar. Le dije que se pusiera algo cómodo, que no llevara nada puesto debajo de la ropa. Me respondió con un "te espero" seco y un emoji de fuego.

Llegué a las cinco en punto. El barrio era residencial, con casas grandes y jardines cuidados, de esos donde todo el mundo se conoce de vista pero nadie se saluda. La casa de Rocío tenía un jardín delantero con buganvilias y un portón de hierro forjado. Toqué el timbre. Esperé. La puerta se abrió después de unos segundos.

Rocío estaba de pie en el marco, con las manos detrás de la espalda. Era de estatura media, de metro sesenta y siete, con el pelo castaño oscuro recogido en un moño bajo que le dejaba ver la nuca. Tenía los ojos marrones, grandes, con una mirada de insatisfacción que se le notaba en la boca, en la forma en que se mordía el labio, en la manera en que se acomodaba el cabello para tener algo que hacer con las manos. Su piel era canela clara, suave, con unas pecas finas en los hombros que solo se veían de cerca. Vestía un vestido de seda verde esmeralda que le llegaba hasta la rodilla, con un escote en V que dejaba ver la parte alta de sus senos. El vestido se le ceñía a las caderas y le marcaba la cintura. Sus piernas eran largas, pero sin tonificar, de esas que se consiguen caminando mucho y no yendo al gimnasio. Olía a jazmín y a un perfume suave que se quedaba en el aire.

Me hizo pasar. La casa era amplia, con muebles clásicos, pisos de madera y un olor a limpio que contrastaba con la tensión que se respiraba. Me ofreció vino. Acepté. Nos sentamos en el sofá, uno frente al otro, con las copas en la mano. Me contó que su esposo era un hombre de negocios, que viajaba mucho, que llegaba tarde, que dormía en habitaciones separadas desde hacía tres años. Me dijo que no había habido una pelea, ni un engaño, ni un motivo. Solo distancia. Solo rutina. Solo dos personas que se querían pero ya no se tocaban.

Le pregunté si él sabía que estaba ahí. Me dijo que no. Que jamás lo sabría. Que esto era suyo, y de nadie más. Me dijo que estaba nerviosa. Que era la primera vez. La tomé de la mano. Le dije que no tenía que explicarme nada. Que si quería, podíamos hablar toda la tarde. Que si quería, podíamos parar. Rocío me miró y me dijo que no quería hablar. Que quería que la tomara.

La llevé al dormitorio. La habitación era grande, con una cama king size, cortinas cerradas y una luz tenue de lámpara. Le bajé el cierre del vestido y lo dejé caer. Debajo llevaba un conjunto de encaje negro que apenas contenía sus senos. Le quité el sostén y sus senos aparecieron, medianos, con pezones oscuros que se endurecieron apenas los toqué. Le bajé la ropa interior. Su sexo estaba depilado al ras, con los labios gruesos y un clítoris que asomaba. La recosté en la cama y me arrodillé frente a ella.

La lamí despacio, con la lengua plana, subiendo y bajando. Le besé los muslos, la parte interna de las piernas, el vientre. Rocío gemía con la boca abierta, con las manos agarradas a las sábanas, con las caderas levantándose para buscarme. Le separé los labios con la lengua y encontré su clítoris. Lo lamí en círculos, subiendo y bajando. Ella empezó a temblar. Me agarró del cabello y me empujó más adentro. La lamí hasta que se corrió por primera vez, con un grito largo que llenó toda la habitación. Le metí un dedo, luego dos, luego tres. Sus gemidos se hicieron más fuertes. Cuando le metí la mano completa, se corrió por segunda vez, con un grito que se convirtió en llanto.

Me incorporé. Me desvestí frente a ella, sin prisa, dejándola mirar. Rocío me miró de arriba abajo, con los ojos muy abiertos. Le pregunté si estaba segura. Me dijo que sí, que por favor no parara. Me puse un condón y la penetré de pie, contra el ventanal, con la ciudad a sus espaldas. La embestí fuerte, agarrándola de las caderas, tirándole del moño. Rocío gritaba, pedía más, se retorcía contra el vidrio. La bajé y la puse en cuatro sobre la cama. La tomé desde atrás, dándole nalgadas que resonaban en la habitación. Su trasero aguantaba cada golpe sin quejarse. Al contrario: pedía más. Le dije que se mirara en el espejo del armario. Lo hizo. Se vio a sí misma siendo tomada, con el pelo revuelto, con la boca abierta, con las nalgas rojas. Se corrió otra vez.

La volteé, boca arriba, con sus piernas sobre mis hombros. La penetré profundo, mirándola a los ojos. Rocío me miraba con una mezcla de asombro y placer. Se corrió una tercera vez, y una cuarta. La cuarta fue con un grito que se convirtió en llanto. Le sequé las lágrimas con el pulgar mientras seguía embistiéndola, más despacio, hasta que sentí que estaba a punto. Me quité el condón y me corrí sobre sus nalgas, sobre su espalda, sobre su piel canela. La leche cayó espesa, blanca, y ella se la untó con los dedos, se la pasó por los pezones, y luego se llevó los dedos a la boca.

Rocío se quedó quieta, respirando fuerte, con los ojos cerrados. Le pasé una toalla. Se limpió despacio. Luego me miró y me dijo: "Nunca había sentido esto. Nunca había dejado que alguien decidiera por mí. Nunca".

Nos vestimos en silencio. Antes de salir, me dio un beso en la mejilla y me dijo que iba a volver a su casa, a su esposo, a su trabajo, a sus decisiones. Pero que algo había cambiado. Que ya no iba a tener el control de todo. Que había aprendido a soltarlo. Me dejó un mensaje directo esa misma noche: "Gracias".

— Alejandro-12

12 de octubre de 2026

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