- La médica de Ciudad Jardín
Me escribió un martes por la noche. El mensaje era largo, de esos que se escriben con calma y con culpa. Decía que se llamaba Valentina, que tenía treinta y cuatro años, que era médica general en una clínica del sur, y que llevaba cinco años casada con un hombre que la admiraba pero ya no la deseaba. Decía que había leído mis relatos y que por primera vez en meses había sentido algo. Me preguntó si estaría dispuesto a verla. Le respondí que sí.
La cita fue un jueves por la mañana, en un apartamento que ella misma alquiló en Ciudad Jardín, en una torre con vista al club. Cuando llegué, Valentina estaba sentada en el sofá, con las manos entre las rodillas. Era menuda, de estatura baja, con el cabello castaño recogido en una cola que le dejaba ver el cuello. Tenía los ojos oscuros, grandes, con una mirada cansada pero no por el sueño, sino por otra cosa: por la insatisfacción, por los años de fingir, por las noches en que se quedaba despierta mirando el techo mientras su esposo dormía a su lado. Se le notaba en la boca, en la forma en que se mordía el labio, en la manera en que se acomodaba el cabello para tener algo que hacer con las manos. Su piel era canela clara, y su cuerpo era joven y firme, pero con esa tensión de quien no ha sido tocada como quiere en mucho tiempo: senos medianos, cintura estrecha, caderas suaves, piernas cortas pero bien torneadas. Vestía jeans ajustados y una blusa blanca de botones, como si acabara de salir de la clínica, y el conjunto le quedaba un poco suelto, como si hubiera perdido peso sin darse cuenta.
Me senté frente a ella. No dije nada. Esperé. Valentina me miró y se rió, nerviosa. Me dijo que no sabía por qué estaba ahí, que su esposo jamás lo entendería, que ella misma no se entendía. Le dije que no tenía que explicarme nada. Que si quería, podíamos hablar. Que si quería, podíamos parar. Que si quería, podíamos empezar. Ella se quedó callada un momento y luego dijo, casi en un susurro, que quería empezar.
Me acerqué despacio. No dije nada. Le puse una mano en la nuca y la otra en la cintura, y la besé sin pedir permiso, como si ya nos conociéramos de antes. Valentina se quedó quieta un segundo, con los ojos abiertos, como si estuviera calculando si aquello contaba como infidelidad o como terapia. Luego cerró los ojos, me agarró de la camisa con las dos manos y me devolvió el beso. Su boca era tibia, con sabor a café y a menta, y al principio besaba con cautela, como quien prueba un plato que no pidió. Pero a los pocos segundos se le soltó la lengua, se le soltó la respiración, y empezó a besarme como si llevara años sin hacerlo. Que, según me contó después, era exactamente el caso.
Le desabroché la blusa botón por botón, sin prisa, y ella se rió contra mi boca. Me dijo, entre besos, que hacía meses que no se reía en la cama. Le dije que todavía no estábamos en la cama. Me respondió que ya lo había notado, y que le gustaba que yo tampoco tuviera afán. Sus senos aparecieron, medianos, con pezones rosados que se endurecieron apenas los toqué. La recosté en el sofá y le bajé los jeans, junto con la ropa interior. Su sexo estaba depilado y limpio, y ya brillaba de humedad. La lamí despacio, con calma, sin prisa. Le besé los muslos, la parte interna de las piernas, el vientre. Valentina gemía bajito, con la mano en mi cabeza, y sus caderas se movían apenas, con una timidez que se le fue deshaciendo a medida que pasaban los minutos. En un momento me apartó la cabeza con la mano, me miró desde arriba y me dijo, con una sonrisa torcida: "¿Vos siempre tardás tanto, o me estás haciendo el favor?". Le respondí que siempre tardaba, y que si quería podía quejarse al final. Se rió, se recostó de nuevo, y ya no dijo nada más hasta que se corrió por primera vez.
Cuando la penetré, ella soltó un suspiro largo, como si llevara años esperando eso. La embestí con calma primero, sintiendo sus paredes apretarme, y luego más fuerte, agarrándola de las caderas. Sus piernas cortas se enroscaron en mi cintura, y yo la levanté, la puse contra la ventana, con la ciudad a sus espaldas. Valentina gritó. Un grito que no parecía de ella, un grito que le salió del pecho y le llenó la habitación. Siguió gritando mientras yo la embestía, y sus uñas se clavaron en mis hombros. La bajé, la puse en cuatro sobre la alfombra, y la tomé desde atrás, agarrándola de las caderas, tirándole de la cola. Ella gemía, gritaba, pedía más. La embestí sin pausa, sintiendo el sudor escurrir entre los dos.
La volteé otra vez, boca arriba, con sus piernas sobre mis hombros. La penetré profundo, mirándola a los ojos. Valentina me miraba con una mezcla de asombro y placer, y en su cara ya no había nada de la mujer insatisfecha que me abrió la puerta: había otra cosa, algo que se parecía al alivio. Se corrió una segunda vez, y una tercera. La tercera fue con un grito que se convirtió en llanto. Le sequé las lágrimas con el pulgar mientras seguía embistiéndola, más despacio, hasta que sentí que estaba a punto. Me quité el condón y me corrí sobre su vientre, sobre su piel canela, sobre su cuerpo joven. Valentina se quedó quieta, respirando fuerte, con los ojos cerrados. Le pasé una toalla. Se limpió despacio. Luego me miró y me dijo: "Nunca había sentido esto".
La siguiente es tu esposa Cornudo dejala en mis manos.








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