La ingeniera que volvió a pedirlo
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 5 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

La ingeniera que volvió a pedirlo

Pasaron dos semanas. No hubo mensajes, ni llamadas, ni señales. Yo seguí con mi vida, con mis cosas, con otras historias que no vienen al caso. Pero un jueves por la noche, mientras cenaba solo en mi apartamento, me llegó un...

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La ingeniera que volvió a pedirlo

Pasaron dos semanas. No hubo mensajes, ni llamadas, ni señales. Yo seguí con mi vida, con mis cosas, con otras historias que no vienen al caso. Pero un jueves por la noche, mientras cenaba solo en mi apartamento, me llegó un mensaje de Verónica. Corto, como la primera vez: "Quiero verte. Yo elijo el lugar esta vez".

Me mandó una dirección. No era un motel. Era una casa de campo, en las afueras de la ciudad, en una zona de colinas y árboles que no conocía. Me dijo que llegara el sábado a las cinco de la tarde, que la puerta estaría abierta, que no tocara el timbre. Que subiera directo a la habitación del segundo piso. Le pregunté si estaba segura. Me respondió con un "sí" seco y nada más.

Y allí estaba yo una vez más yendo a un lugar lejano desconocido con una desconocida pero valentía y sinismo hacen parte de mí.

Llegué a las cinco en punt luego de como 49 minutos en moto. La casa era de piedra y madera, con un jardín descuidado y un portón entreabierto. Entré sin problema. El interior olía a madera vieja húmeda. Las escaleras crujían bajo mis pies. La habitación del segundo piso tenía una cama grande, un ventanal que daba al bosque y una alfombra gruesa en el suelo. Verónica estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia afuera.

Llevaba un vestido de lino blanco, suelto, que le llegaba hasta la rodilla. El pelo rojo lo tenía suelto, como la primera vez, cayéndole sobre los hombros. Se giró cuando me sintió entrar. Tenía los ojos verdes más tranquilos que la vez anterior, pero con la misma chispa de algo que no sabía nombrar. Su piel blanca brillaba bajo la luz de la tarde, y las pecas finas de los hombros se le marcaban con el sol que entraba por la ventana.

Llegaste dijo.

Dijiste que no tocara el timbre,respondí.

Se rió. Se acercó a mí despacio, sin prisa, y me besó. Fue un beso distinto al de la primera vez. Menos urgente, más profundo. Me tomó de la mano y me llevó a la cama. Me dijo que me sentara. Me senté. Ella se quedó de pie frente a mí y se quitó el vestido por la cabeza. Debajo no llevaba nada. Sus senos grandes cayeron pesados, con los pezones ya duros, rosados, apuntándome. Sus caderas anchas, sus nalgas firmes, sus piernas fuertes de boxeadora. Todo estaba ahí, como la recordaba, pero esta vez no había nervios. Solo hambre.

Le dije que se acercara. Se acercó. Le dije que se arrodillara. Se arrodilló. Le dije que me desabrochara el pantalón. Lo hizo. Le dije que me lo sacara. Lo hizo. Le dije que me lo chupara. Y lo hizo, despacio, con la lengua, mirándome a los ojos, sin que yo tuviera que marcarle el ritmo. Esta vez ella sabía lo que hacía. Esta vez ella quería hacerlo. Me lo chupó largo, con la boca abierta, con la saliva escurriéndole por la barbilla. Me lamió los testículos, uno por uno, con la lengua plana. Volvió a subir, despacio, y me lo metió hasta el fondo. Le puse la mano en la cabeza y la dejé hacer.

La levanté del cabello y la llevé a la cama. La recosté boca arriba y me arrodillé entre sus piernas. La lamí despacio, sin prisa, saboreando cada gota. Verónica gemía con la boca abierta, con las manos agarradas a las sábanas, con las caderas levantándose para buscarme. Le besé los muslos, la parte interna de las piernas, el vientre. Le separé los labios con la lengua y encontré su clítoris. Lo lamí en círculos, subiendo y bajando, con la lengua plana. Ella empezó a temblar. Le metí un dedo, luego dos, luego tres. Sus gemidos se hicieron más fuertes. Cuando le metí la mano completa, se corrió con un grito largo que llenó toda la casa. Un grito que se mezcló con el ruido del bosque y se perdió en el aire.

Me incorporé. Me puse un condón y la penetré de una sola embestida. Verónica gritó. La embestí fuerte, agarrándola de las caderas, tirándole del pelo rojo. Ella gemía, gritaba, pedía más. La puse en cuatro sobre la cama y la tomé desde atrás, dándole nalgadas que resonaban en las paredes de madera. Su trasero de boxeadora aguantaba cada golpe sin quejarse. Al contrario: pedía más. Le dije que se mirara en el espejo del armario. Lo hizo. Se vio a sí misma siendo tomada, con el pelo revuelto, con la boca abierta, con las nalgas rojas. Se corrió otra vez.

La volteé, la puse de pie contra el ventanal, con las cortinas abiertas y el bosque de fondo. La penetré de pie, con sus piernas enroscadas en mi cintura, con sus senos grandes rebotando contra mi pecho. Verónica se vino dos veces más. La segunda fue con un grito que se convirtió en llanto. Le sequé las lágrimas con el pulgar mientras seguía embistiéndola, más despacio, hasta que sentí que estaba a punto.

Me quité el condón y me corrí sobre sus senos, sobre su piel blanca, sobre sus pezones rosados. La leche cayó espesa, blanca, y ella se la untó con los dedos, se la pasó por los pezones, y luego se llevó los dedos a la boca. Verónica se quedó quieta, respirando fuerte, con los ojos cerrados. Le pasé una toalla. Se limpió despacio. Luego me miró y me dijo: "Esta vez no quiero esperar dos semanas".

Nos quedamos en la cama un rato largo, sin hablar, sintiendo el sudor secarse y el corazón bajar de revoluciones, hasta quedarnos dormidos.

Tú esposa es la siguiente cornudo escribe déjala en mis manos.

— Alejandro-12

11 de octubre de 2026

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