La tercera visita al piso 20
Esta vez no me escribió. Me llamó ya tenía mi número personal. Eran las diez de la noche de un miércoles y su voz sonaba distinta, más ronca, más urgente. Me dijo que subiera. Que él estaba fuera, en un congreso, y que me necesitaba ya que estaba muy caliente. No pregunté nada. Tomé las llaves, salí y manejé hasta Pance.
Cuando llegué al piso veinte, la puerta estaba entreabierta. Entré. La sala estaba a media luz, con velas encendidas en la mesa del comedor y en las repisas. Olía a jazmín y a almizcle. Valeria apareció desde el pasillo con una bata de seda negra que se le abría con cada paso. Debajo no llevaba nada. Su cabello rubio estaba suelto, húmedo, como si acabara de salir de la ducha, y su piel brillaba con unas gotas de aceite que se había untado en los hombros.
Te estaba esperando, dijo, y su voz era un susurro ronco que me erizó la piel.
La tomé de la mano y la llevé al dormitorio. Esta vez no había cortinas abiertas ni luz tenue: todo estaba preparado para lo que venía. La cama tenía sábanas oscuras, y en la mesita de noche había una botella de aceite y una toalla. Me desvestí sin prisa, dejándola mirar. Valeria se quitó la bata y quedó desnuda frente a mí, con sus senos pesados, sus caderas anchas, sus piernas largas que ya me conocían.
Empecé por la espalda. La recosté boca abajo y vertí aceite tibio sobre sus hombros, sobre sus vértebras, sobre sus nalgas. Lo esparcí con las palmas, sintiendo su piel caliente, sus músculos tensos. Bajé por sus muslos, por sus pantorrillas, por la planta de sus pies. Valeria suspiraba, con los ojos cerrados, con la respiración profunda. Cuando llegué a la parte interna de sus muslos, abrió las piernas apenas, y yo aproveché para deslizar mis dedos por su sexo, ya húmedo, ya palpitante.
Gemía bajito, con la cara contra la almohada, y sus caderas se movían en círculos lentos. Le metí un dedo, luego dos, luego tres, y ella empezó a jadear. Su sudor se mezclaba con el aceite, y su piel brillaba bajo la luz de la lámpara. Cuando la volteé, sus pezones estaban duros como piedras y su sexo brillaba de humedad. La lamí sin prisa, con la lengua plana, subiendo y bajando, y ella gritó por primera vez.
Ese grito me encendió. La penetré de una sola embestida, con ella boca arriba, sus piernas en mis hombros.
La embestía fuerte, sintiendo su sudor escurrir entre nuestros cuerpos, oyendo sus gemidos mezclados con el sonido de la carne chocando. La habitación olía a sexo, a aceite, a jazmín. Valeria gritaba sin pudor, sin vergüenza, con la voz ronca y quebrada.
Dámelo, dámelo todo, repetía, y yo se lo daba, una y otra vez, cambiando el ritmo, cambiando la profundidad, hasta que ella se corrió con un alarido largo que retumbó en todo el piso veinte. Pero no me detuve. La puse en cuatro y seguí, agarrándola de las caderas, tirándole del cabello, dándole nalgadas que resonaban en las paredes. Ella gemía, gritaba, se retorcía. Su sudor goteaba sobre las sábanas oscuras. Su respiración era un jadeo continuo.
Se corrió dos veces más. La segunda fue tan fuerte que se le doblaron las piernas y tuvo que apoyarse en el respaldo de la cama. La tercera fue con un grito que se quebró a mitad de camino y se convirtió en un llanto de placer. Yo seguí, sintiendo cómo sus paredes me apretaban, cómo su cuerpo entero temblaba.
Cuando sentí que estaba a punto, me corrí sobre su sexo ya ambos teníamos exámenes ets negativos,
La leche cayó espesa y blanca, y ella se quedó quieta, respirando, con los ojos cerrados, con una sonrisa que no le había visto antes,era de esas sonrisas que dicen todo que hablan por alguien.
Se dio la vuelta, me miró, y me dijo con la voz ronca:Esto es lo que necesitaba.
Esto es lo que él no me da.
¡La próxima vez, quiero más!
Nos quedamos en la cama un rato largo, sin hablar, sintiendo el sudor secarse y el corazón bajar de revoluciones.
Luego me duché, me vestí, y me despedí con un beso en la frente para Valeria, pero para mí sorpresa se agarró de mi cuello y me beso apasionadamente con lengua.
Mientras manejaba de vuelta a casa, supe que esa mujer no me iba a soltar fácil.






Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar