La médico que descubrió el placer
Me escribió un domingo por la tarde.
El mensaje era largo, de esos que se escriben con calma y con culpa.
Decía que se llamaba Camila, que tenía veintiocho años, que era médica general en un hospital del sur de Cali, y que llevaba dos años casada con un hombre veinte años mayor que ella. Decía que lo quería, que lo respetaba, que admiraba su inteligencia, pero que en la cama se sentía sola. Decía que había leído unos relatos míos y que por primera vez en meses había sentido algo. Me preguntó si yo estaría dispuesto a verla. Le respondí que sí.
No volvimos a hablar hasta el jueves. Me escribió a las dos de la mañana, después de un turno de urgencias. Me dijo que había estado pensando en mi respuesta toda la semana, que se había tocado pensando en lo que podía pasar, que se sentía culpable y excitada a la vez. Me preguntó si me parecía mal. Le dije que no. Que la culpa era un invento de la gente que no se atreve (aprovechando mi sinismo) y así coloque la situación a mi favor. Que si quería, nos veíamos el viernes siguiente en la noche.
Me dijo que sí.
El martes me escribió a las siete de la mañana para confirmar. Me dijo que había alquilado un apartamento en la colina, en el oeste, con vista a la ciudad. Me mandó la dirección y me dijo que llegara a las diez. Que estaría esperándome. Que no sabía qué ponerse. Le dije que se pusiera lo que usaba para trabajar. Que quería verla tal como era.
Llegué a las diez en punto. El edificio era moderno, con ventanales grandes y un lobby de mármol. Subí en el ascensor hasta el piso doce. Toqué el timbre. La puerta se abrió después de unos segundos.
Camila estaba de pie en el marco, con las manos detrás de la espalda, mordiéndose el labio. Era menuda, de estatura baja, con el cabello castaño recogido en una cola que le dejaba ver el cuello. Tenía los ojos oscuros, grandes, con ojeras marcadas de los turnos de noche. Su piel era canela clara, y su cuerpo era joven y firme: senos pequeños, cintura estrecha, caderas suaves, piernas cortas pero bien torneadas. Vestía jeans ajustados y una blusa blanca de botones, como si acabara de salir del hospital.
Me hizo pasar. El apartamento estaba limpio, con muebles sencillos y una mesa con dos copas de agua. Olía a lavanda y a limpio. Camila me ofreció agua. Acepté. Nos sentamos en el sofá, uno al lado del otro, sin tocarnos. Ella me contó que su esposo se llamaba Álvaro, que era cirujano, que la había conocido cuando ella era residente, que se había enamorado de su inteligencia, que la había ayudado a terminar la carrera. Me dijo que le debía mucho. Que lo quería. Pero que en la cama él ya no podía. Que había intentado todo: pastillas, terapias, juguetes. Que nada funcionaba. Que ella había aprendido a fingir. Que estaba cansada de fingir.
Le pregunté si él sabía que ella estaba ahí. Me dijo que no. Que jamás lo sabría. Que esto era suyo. Que era la primera vez que hacía algo así. Que estaba temblando. La tomé de la mano. Le dije que no tenía que explicarme nada. Que si quería, podíamos hablar todo el día. Que si quería, podíamos parar. Que si quería, podíamos empezar. Camila se quedó callada un momento y luego me miró con los ojos húmedos y me dijo que quería empezar.
Me acerqué despacio. Le tomé la cara con las dos manos y la besé suavemente. Su boca era tibia, insegura. Me devolvió el beso con cautela, como si tuviera miedo de romper algo. Le desabroché la blusa botón por botón, sin prisa, y sus senos aparecieron, pequeños, con pezones rosados que se endurecieron apenas los toqué ella empezó a retorcerse entonces usando mi descaro y osadía se los mordí al principio decía que le dolia luego su cara decía otra cosa,La recosté en el sofá y le bajé los jeans, junto con la ropa interior. Su sexo estaba depilado y limpio, y ya brillaba de humedad.
La lamí despacio, con calma, sin prisa. Le besé los muslos, la parte interna de las piernas, el vientre. Camila gemía bajito, con la mano en mi cabeza, y sus caderas se movían apenas. Le separé los labios con la lengua y encontré su clítoris. Lo lamí en círculos, subiendo y bajando, con la lengua plana. Ella empezó a temblar. Sus gemidos se hicieron más fuertes. Me agarró del cabello y me empujó más adentro. La lamí hasta que se corrió por primera vez, con un grito corto que la sorprendió a ella misma.
Me incorporé. Me desvestí frente a ella, sin prisa, dejándola mirar. Camila me miró de arriba abajo, con los ojos muy abiertos. Le pregunté si estaba segura. Me dijo que sí, que por favor no parara. Me puse un condón y la penetré despacio, sintiendo sus paredes apretarme, sintiendo su calor. Ella soltó un suspiro largo, como si llevara años esperando eso. La embestí con calma primero, con ritmo suave, y luego más fuerte, agarrándola de las caderas. Sus piernas cortas se enroscaron en mi cintura, y yo la levanté, la puse contra la ventana, con la ciudad a sus espaldas.
Camila gritó. Un grito que no parecía de ella, un grito que le salió del pecho y le llenó la habitación. Siguió gritando mientras yo la embestía, y sus uñas se clavaron en mis hombros. La bajé de la ventana y la puse en cuatro sobre la alfombra. La tomé desde atrás, agarrándola de las caderas, tirándole de la cola de cabello. Ella gemía, gritaba, pedía más. La embestí sin pausa, sintiendo el sudor escurrir entre los dos, oyendo el sonido de la carne chocando, oliendo el sexo y el sudor y la lavanda.
La volteé otra vez, boca arriba, con sus piernas sobre mis hombros. La penetré profundo, mirándola a los ojos. Camila me miraba con una mezcla de asombro y placer, como si estuviera descubriendo algo que no sabía que existía. Se corrió una segunda vez, y una tercera. La tercera fue con un grito que se convirtió en llanto. Le sequé las lágrimas con el pulgar mientras seguía embistiéndola, más despacio, hasta que sentí que estaba a punto.
Me quité el condón y me corrí sobre su vientre, sobre su piel canela, sobre su cuerpo joven. Camila se quedó quieta, respirando fuerte, con los ojos cerrados, con las lágrimas secándose en las mejillas. Le pasé la toalla que había en la mesa. Se limpió despacio. Luego me miró y me dijo: "Nunca había sentido esto".
Nos vestimos en silencio. Le pregunté si su esposo lo sabría. Me dijo que no, que jamás lo sabría. Que esto era suyo, y de nadie más. Que iba a volver a su casa, a su marido, a su vida, pero que algo había cambiado. Que ya no iba a fingir más.
Antes de salir, me dio un beso en la mejilla y me dijo que no sabía si volvería a escribirme. Le respondí que no tenía que decidirlo ahora. Que lo pensara. Que si volvería ella a escribirme, me preguntó ¿Por qué tan seguro? Yo solo sonreí.
Salió primero. Yo me quedé un rato más en el apartamento, mirando la ciudad desde la ventana.
Esa mujer no sabía todavía lo que había empezado.
Pero yo sí.
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