La oficial que leyó mis relatos
Me escribió un martes por la noche. El mensaje llegó con una formalidad que no esperaba, de esas que se notan cuando alguien está acostumbrado a redactar informes: "Buenas noches. Soy Andrea, tengo cuarenta años, soy oficial de policía. Estoy de paso por Cali, vengo de Bogotá, pero soy de Manizales. Leí varios de tus relatos. Me llamó la atención tu forma de narrar la dominancia, y ese cinismo tuyo que no se disimula. Quiero proponerte algo. No es una fantasía de novela. Es algo concreto. Si te interesa, respóndeme y te cuento más".
Le respondí que me contara. Me dijo que estaba casada con otro oficial, un hombre veinte años mayor que ella, un coronel retirado que había sido su superior, que la había formado, que la respetaba, pero que hacía años que la veía como a una colega y no como a una mujer. Me dijo que lo quería, que le debía mucho, pero que estaba agotada de fingir. Que su vida era una rutina de órdenes, turnos, jerarquías, y que necesitaba, por una noche, no dar órdenes a nadie. Que había leído mis relatos y que se había reconocido en las mujeres que describía: mujeres acostumbradas a mandar que, en la intimidad, necesitaban soltar el control.
Me dijo que no quería romance, ni cenas, ni conversaciones largas. Que quería una habitación de hotel, una hora concreta, y que yo hiciera lo que sabía hacer. Le dije que sí. Le pregunté cuándo. Me respondió con una fecha y un lugar: un hotel del sur de Cali, cerca de la Avenida Cañasgordas, un sitio discreto, de esos con parqueadero privado y recepción que no hace preguntas.
Llegué quince minutos antes. Subí directo a la habitación que ella había reservado. La puerta estaba cerrada. Toqué. Se abrió.
Andrea era más imponente de lo que esperaba. Metro sesenta y cinco, con el pelo negro recogido en un moño bajo, sin maquillaje, con la piel trigueña y los ojos oscuros, profundos, de los que no se achican. Vestía de civil: jeans oscuros, una camiseta negra de manga larga ajustada y botas planas. Sus senos eran grandes, naturales, pesados, y se marcaban bajo la tela sin necesidad de sostén. Su cintura era estrecha y sus caderas anchas, con una cola redonda y firme que se notaba trabajada. Me dijo después que patinaba desde niña, que había competido, y que seguía patinando dos veces por semana para mantener la línea y liberar el estrés del trabajo. Se le notaba en las piernas: fuertes, torneadas, con esa curva de quien tiene músculo de verdad.
Me hizo pasar sin decir nada. Cerró la puerta con llave. La habitación era amplia, con cama king, cortinas cerradas y una luz tenue de lámpara. Sobre la mesa había dos botellas de agua y una toalla doblada. Se sentó en el borde de la cama y me miró.
Tus relatos me gustan, dijo, con una voz grave, de mando, que contrastaba con lo que estaba a punto de pedir. Pero vamos a hacer la siguiente faena. Aquí no mandás vos todo el tiempo. Aquí vamos a hacer lo que yo necesito. Y lo que yo necesito es no decidir nada.
Le dije que entendía. Le pregunté si había puesto límites claros. Me dijo que sí, que los había pensado, que me los diría cuando hiciera falta. Le dije que entonces empezara por quitarse la camiseta. Y lo hizo.
Se la quitó por la cabeza, despacio, sin dejar de mirarme. Sus senos cayeron pesados, grandes, naturales, con los pezones oscuros que se endurecieron apenas los miré. No llevaba sostén. La piel de sus hombros tenía marcas finas de las correas del uniforme, y unas pecas pequeñas que solo se veían de cerca. Le dije que se quitara las botas. Se agachó y las desató una por una, sin prisa, con la espalda arqueada. Cuando se enderezó, le dije que se quitara los jeans. Se los bajó con las dos manos, empujándolos por las caderas, y quedó en ropa interior negra, sencilla, de algodón. Le dije que se quedara así, de pie, con los brazos a los lados.
Caminé a su alrededor, despacio, mirándola. Le toqué los hombros, la espalda, la cintura. Le acaricié las nalgas por encima de la ropa interior. Estaban duras, trabajadas, de esas que se consiguen patinando y haciendo sentadillas. Le dije que se quitara lo que quedaba. Lo hizo. Su sexo estaba depilado al ras, con los labios gruesos y un clítoris que asomaba. Se quedó de pie, desnuda, con los brazos a los lados, esperando. No temblaba. No se cubría. Me miraba.
Le dije que se acercara. Caminó hasta mí. Le tomé la cara con una mano y le dije al oído que a partir de ese momento no iba a decidir nada. Que yo decidía por ella. Que si quería parar, dijera la palabra. Que si no decía nada, yo seguía. Andrea asintió con la cabeza. Le dije que no asintiera, que respondiera con la voz. Me dijo sí con un hilo de voz que no parecía de una oficial que dirigía hombres armados.
La tomé del cabello y la llevé hasta el borde de la cama. Me senté y le dije que se arrodillara frente a mí. Andrea se arrodilló. Le dije que me desabrochara el pantalón. Lo hizo con dedos firmes, sin temblor. Le dije que me lo sacara. Lo hizo. Le dije que me lo chupara. Y lo hizo, despacio primero, con la lengua, y luego con más ganas, con la boca abierta, mirándome a los ojos. Le puse la mano en la cabeza y le marqué el ritmo. Ella obedeció. No dijo nada. Solo chupó. Me lo chupó largo, con la saliva escurriéndole por la barbilla, con las manos apoyadas en mis muslos. Le dije que se detuviera. Se detuvo. Le dije que lamiera los testículos. Lo hizo, uno por uno, con la lengua plana. Le dije que volviera a chupar. Volvió, más profundo, hasta el fondo, aguantando las arcadas. Estuvimos así varios minutos, con ella de rodillas en el suelo de la habitación, con la boca llena, con los ojos húmedos. Cuando sentí que estaba listo, la levanté del cabello y la llevé a la cama.
La recosté boca arriba y me arrodillé entre sus piernas. La lamí despacio, sin prisa, saboreando cada gota. Le besé los muslos, la parte interna de las piernas, el vientre. Le separé los labios con la lengua y encontré su clítoris. Lo lamí en círculos, subiendo y bajando, con la lengua plana. Andrea gemía con la boca abierta, con las manos agarradas a las sábanas, con las caderas levantándose para buscarme. Le metí un dedo, luego dos, luego tres. Sus gemidos se hicieron más fuertes. Cuando le metí la mano completa, se corrió con un grito largo que llenó toda la habitación. Un grito que no parecía de ella, un grito que le salió del pecho y se quedó rebotando en las paredes.
Me incorporé. Me puse un condón y la penetré de una sola embestida. Andrea gritó. La embestí fuerte, agarrándola de las caderas, tirándole del pelo negro. Ella gemía, gritaba, pedía más. La puse en cuatro sobre la cama y la tomé desde atrás, dándole nalgadas que resonaban en la habitación. Su cola de patinadora aguantaba cada golpe sin quejarse. Al contrario: pedía más. Le dije que se mirara en el espejo del armario. Lo hizo. Se vio a sí misma siendo tomada, con el pelo revuelto, con la boca abierta, con las nalgas rojas. Se corrió otra vez.
La volteé, la puse de pie contra la ventana, con las cortinas cerradas y la luz tenue filtrándose por las rendijas. La penetré de pie, con sus piernas fuertes enroscadas en mi cintura, con sus senos grandes rebotando contra mi pecho. Andrea se vino dos veces más. La segunda fue con un grito que se convirtió en llanto. Le sequé las lágrimas con el pulgar mientras seguía embistiéndola, más despacio, hasta que sentí que estaba a punto.
Me quité el condón y me corrí sobre sus senos, sobre su piel trigueña, sobre sus pezones oscuros. La leche cayó espesa, blanca, y ella se la untó con los dedos, se la pasó por los pezones, y luego se llevó los dedos a la boca. Andrea se quedó quieta, respirando fuerte, con los ojos cerrados. Le pasé una toalla. Se limpió despacio. Luego me miró y me dijo: Nunca había dejado que alguien decidiera por mí. Nunca. Le dije acostúmbrate porque no será la primera vez a mi de ahora en adelante me haces caso y Andrea aceptó con emoción.
Nos vestimos en silencio. Antes de salir, me dio un beso en la mejilla y me dijo que iba a volver a su casa, a su esposo, a su trabajo, a sus órdenes. Pero que algo había cambiado. Que ya no iba a tener el control de todo. Que había aprendido a soltarlo.
Me dejó un mensaje directo esa misma noche: Gracias. La próxima vez, quiero más.








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