Me escribió un lunes por la mañana. El mensaje era formal, casi protocolario: "Soy Clara, tengo cuarenta y dos años, soy notaria. Vivo en San Fernando. Mi esposo es un hombre correcto, pero hace años que no me toca. Leí tus relatos y me dieron ganas de probar algo distinto. ¿Te animás a verme?".
Le respondí que sí. Quedamos el miércoles siguiente a las seis de la tarde, en su notaría, después del cierre. El sitio era antiguo, con pisos de baldosa, un mostrador de madera oscura y estanterías llenas de protocolos. Clara me abrió la puerta con un traje sastre gris y tacones bajos. Era alta, de metro setenta y dos, con el pelo negro recogido en un moño tirante. Tenía los ojos oscuros, con una mirada de evaluación, como si estuviera revisando un documento. Su piel era blanca, y su cuerpo era de mujer de oficina pero cuidada: senos medianos, cintura estrecha, caderas redondas, piernas largas. Olía a papel viejo y a un perfume caro.
Me hizo pasar y cerró la puerta con llave. Me dijo que su esposo estaba de viaje, que no volvería hasta el viernes, que teníamos la notaría para nosotros. La tomé de la cintura y la besé contra el mostrador. Le quité el saco y la blusa, y sus senos aparecieron, medianos, con pezones oscuros que se endurecieron apenas los toqué. Le bajé la falda y las medias, y la recosté sobre el mostrador de madera. Su sexo estaba depilado al ras, con los labios gruesos y un clítoris que asomaba. La lamí despacio, con la lengua plana, subiendo y bajando. Clara gemía con la boca abierta, con las manos agarradas al borde del mostrador. Cuando le metí tres dedos, se corrió con un grito corto que rebotó en las paredes de la notaría.
Me incorporé, me desvestí y me puse un condón. La penetré de pie, contra el mostrador, con sus piernas largas enroscadas en mi cintura. La embestí fuerte, agarrándola de las caderas, tirándole del moño. Clara gritaba, pedía más, se retorcía sobre los papeles. La puse en cuatro sobre el escritorio y la tomé desde atrás, dándole nalgadas que resonaban en el silencio del lugar. Se corrió dos veces más antes de que yo terminara. Me quité el condón y me corrí sobre sus nalgas, sobre su espalda, sobre su piel blanca. Clara se quedó quieta, respirando fuerte. Le pasé una toalla de papel. Se limpió despacio. Luego me miró y me dijo: "Nunca había hecho esto en mi propia notaría"
Si tu esposa es abogada y cree que tiene el control dejala conmigo sabrá lo que es ser dominada y serás un cornudo feliz de ver como un macho la doblega.








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