Soy el recipiente de la Noche Bblanca
Relato de comunidad Gayschedule 7 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

Soy el recipiente de la Noche Bblanca

En un bar de Chapinero, llego vestido en látex y cuero para la Noche Bblanca. Un amigo me revela que el evento es bareback: y que Yo sere el recipiente. Lo llevan a una hamaca sexual y más de diez hombres me usan sin pausa,...

luisalejo

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El club en Chapinero, frente a un banco por la 64 con 13. No dire el nombre, pero empieza por D... Lo conozco bien Ya he ido varias veces y el ambiente siempre es genial: música a volumen exacto, luz baja, olor a cerveza y sudor limpio, hombres que se miran de reojo antes de atreverse a cruzar una palabra. Una tarde, un amigo me mandó el mensaje —"Vení, hay un evento. Noche Bblanca. ven en látex y cuero"—, algo se le movió en el estómago. No nervios. Algo más parecido a hambre, hambre sexual.

Llegé a las seis de la tarde con una mochila negra al hombro. En el vestier me desvistió sin prisa. queria estrenar un suspensorio de látex negro que había comprado por internet: tiras ajustadas que le ceñían los muslos gruesos, un hueco adelante que dejaba la verga y los huevos completamente expuestos, y otro hueco atrás que dejaba el culo abierto, disponible. Sobre el pecho, un arnés de cuero con hebillas metálicas que le cruzaba mis pectorales, la verdad me veia rico comestible. 180 est y 100 kilos de peso, con musculatura densa de quien levanta pesado desde hace años, el efecto era contundente. Mi culo, grande, redondo, muy culón —yo lo sabía—, se marcaba aún más por las tiras del suspensorio que lo enmarcaban como un regalo a medio abrir.

En el vestier había otros tipos cambiándose. Hombres maduros, entre 35 a 50 o 55 años, con cuerpos que iban de atléticos a gruesos, todos con esa soltura de quien lleva años yendo a estos lugares. Me miraron. No disimularon. Saque la crema KY de la mochila, me la eche en los dedos, y se la unté en el culo despacio, hundiendo los dedos entre las nalgas, abriéndome con la yema para que la crema brillara bajo la luz. Los ojos de los otros se quedaron ahí, fijos en sus dedos entrando y saliendo. Eso me excitaba. Me hundía más lento, más profundo, giraba la mano, se abría con dos dedos para que vieran el agujero rosado y reluciente. Un tipo de barba canosa se pasó la lengua por el labio inferior. Otro ajustó su verga por encima del pantalón sin decir nada.

Salió al sitio con un plug metido en el culo. Recorrí el bar despacio. La música era electrónica, oscura, con un bajo que le vibraba en el pecho. Había unas veinte personas. Algunos en grupos hablando bajo, otros solos en la barra con la copa en la mano, todos vestidos con cuero, látex, arneses, jockstraps. El ambiente olía a desinfectante, a sudor tibio, a expectativa. Vi a mi amigo cerca de una columna con seis o siete personas más. Me saludaron. Me presentó con nombres que no retuve. Se miraban con confianza, se reían, se tocaban el hombro. Me quedé parado ahí, con el plug apretándole el agujero, el látex crujiendo levemente cuando me movía.

Mi amigo se me acercó.

—¿Así que te atreviste? —me dijo, mirándome de arriba abajo con una sonrisa.

—Sí, se ve todo bien —respondí—. Pero ¿de qué es el evento? Nadie está de blanco.

Mi amigo soltó una risa corta.

—No es fiesta blanca. Es Bblanca, con doble B. Bareback. El blanco lo pone la leche de todos los machos. En este evento, la leche es la invitada especial y tú eres el recipiente que la recibe.

Me quedé callado un segundo. La información se me acomodó en la cabeza como una pieza que encaja de golpe.

—¿Y eso? —dijo.

—Sí. Creo que lo que hiciste en el locker calentó a mis amigos. Te van a reventar el culo y te van a mandar a casa todo relleno.

No supe exactamente cuándo pasó. Un momento estaba parado junto a la columna hablando con mi amigo, y al siguiente estaba rodeado. Varios hombres se me acercaron por los lados, por detrás. Manos en mis hombros, en mi espalda, en la cintura. Uno se paró detrás de mi, me agarró las caderas con ambas manos, me arrancó el plug de un tirón seco —sinti el vacío, el agujero abierto babeando crema— y lo reemplazó con su verga gruesa. Ni una mamadita, nada. Directo, entendi que asi iba a ser la noche. La punta gorda me abrió el esfínter y me la metió toda de una estocada. El aire se me fue del pecho. La verga era ancha, caliente, y me llenó el culo hasta los huevos.

—Eso, te entró toda —me dijo el tipo al oído, con la voz ronca y el aliento a cerveza.

El placer le subió desde el agujero hasta la base de la verga, que ne quedó dura y goteando por el hueco del suspensorio. No dije nada. No podía. Solo abri las piernas y arquee la espalda. me sentí mareado, entendí tarde que no solo la verga me metió sino también algo de coca o algo similar, con su movimiento la estaba asimilando por el culo, el ritmo cardíaco acelerado, el ano lo sentí relajado pero la euforia la alta emoción el exceso de energía sabia que no eran normales la vista, el oído el tacto eran super agudos y el deseo sexual estaba en un nivel que era una perra deseosa de todo no podía controlar mi deseo sexual de forma normal ni voluntaria, era un sumisión química, tenia anulada mi capacidad de decisión, me sentía cociente pero no tenia auto control Pero todos queríamos lo deseábamos, lo los deseaba. Así siguió el uno minutos, luego la saco y otro ocupo su lugar yo apoyado contra un banco. y asi fueron varios minutos y varios machos.

Me llevaron a la hamaca sexual, me subieron en ella me abrieron las piernas, las fijaron entre las cadenas, una perra abierta y sometida. Era una estructura de cuero y cadenas colgada de una estructura metálica, ajustable, con agujeros para las piernas y las manos. No puse resistencia. Me acostaron boca arriba, le levantaron las piernas y las aseguraron en las correas. El culo me quedó abierto, elevado, dilatado a la altura de la cintura de cualquiera que se parara frente a mi. La crema brillaba seguramente en mi agujero abierto, rojizo, reluciente.

El primero se acomodó entre mis piernas y la metió despacio, hasta el fondo, dando un buen ritmo. Después otro. Y otro. Uno detrás de otro, sin pausa, algunos cambiando de posición, algunos viniéndose adentro y otros sacándose para acabar en mi pecho, en mi cara, en mi boca. Me agarraban de las patas para que pudieran dar embestidas y ritmos salvajes que terminaban en corridas dentro de mi. Eran más de diez. Algunos repitieron. Vergas de todos los tamaños: algunas largas y delgadas que le tocaban el fondo del intestino, otras cortas y gruesas como puños que abrían mi esfínter hasta el límite. Cada vez que uno se venía adentro y sacaba la verga, otro tomaba su lugar inmediatamente. La leche le escurría por mi agujero, le bajaba por las nalgas, se acumulaba en la hamaca debajo de mi.

—Cómetela toda —me decía uno mientras le empujaba la verga en la boca.

—Eres toda una perra —me decía otro mientras le daba duro a mi culo y sonaba el golpeteo de su cadera entre mis nalgas, las bolas golpeándome el culo con cada embestida.

—Te la aguantas toda.

Esas palabras me excitaban terriblemente. Respondía entre gemidos, con la voz quebrada y el aliento corto:

—Dame duro, papi. Pártame. Dame toda esa leche. ¡Preñame! Eso, así, ¡preñame! Ahora quiero otro que me bata la leche.

Y los gemidos indecibles de placer y desenfreno salían solos, sin filtro:

—Ay, ay, así, así, ufff qué rico, dame más papi, duro, ah, ah...

La hamaca crujía. El sonido de cuerpos chocando, de piel mojada contra piel mojada, de leche y crema mezclándose, llenaba el rincón del club. Otros hombres se acercaron a mirar. Algunos se la estaban jalando mientras esperaban su turno. Mi amigo estaba ahí, observando, con una sonrisa, participando de vez en cuando.

Cuando terminó, cuando el último se corrió y me dejó el agujero babeando leche, quedé tirado en la hamaca. Sudado. Cubierto de leche: en el pecho, en la cara, en los muslos, en el agujero abierto que seguía goteando o ya secandose en piel dejando menos pegados a la piel. La verga le colgaba semi dura sobre el látex manchado. Respiraba entrecortado, con el pecho subiendo y bajando.

Mi amigo se acercó.

—Sabía que no venías a portarte bien —le dijo—. Sudaste, cogiste y terminaste cubierto de leche. Lo viviste delicioso. Cuerpos calientes y mucha leche. Acabaste con todos. Sabías exactamente qué querías.

No respondí. Solo me pase la mano por el pecho, esparciendo la leche tibia sobre la piel, y cerrando los ojos, con un dolor impresionante en las caderas que estar abierto todo el tiempo, me duche me cambie y sali casi sin fuerzas.

— luisalejo

13 de octubre de 2026

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