Ahí estaba, totalmente extasiado, como un ternero chupando leche de una verga de negra totalmente espectacular. Me sorprendió la textura, la suavidad de su cabeza, lo fácil que era metérmela, chuparla, hacer que me bofeteara con su erección. Me sentía muy puto por querer tanto esa verga, pero estaba extasiado. Totalmente duro, ardiendo por probar ese culo.
Nos fuimos besándonos hasta el baño. Ella sacó otra toalla y, para mi sorpresa, tenía tina. La puso a llenar y le echó jabón de espumas.
—Uuuauu, qué linda se ve usted en esa espuma blanca. Qué contraste tan bonito.
Y la besaba imaginándome todo. Ella me decía, con esa voz ronca que me derretía:
—Te va a gustar.
Mientras esperábamos, ella seguía jugando con mi pene, y se acurrucó para mamarlo. Yo la cogí de la cola de caballo y hacía que se metiera todo en esa boca. Esos labios me estaban volviendo loco. Me miraba mientras chupeteaba con tanto amor, con tantas ganas, con tanta pasión mi excitación. Apretaba mis nalgas con sus manos y se metía mi pene hasta el fondo. Le costaba respirar, y eso me calentaba aún más. Se masturbaba mientras me devoraba.
Luego entramos en la tina de agua fría, esperando que ese frío calmara mi calor. Pero no quería eso. No. Quería más de sus labios perfectos. La besaba sintiendo nuestros sabores mezclados en cada beso, el sudor, la saliva, la lujuria.
Ella se puso sobre mí, con ganas de cabalgarme. Al ser yo tan alto, quedaba un poco incómodo, pero no importaba. Nada importaba. Ella cogió un lubricante y se lo untó con agua y bálsamo en su culo. La vi cómo se abría, cómo ella misma se metía dos, tres dedos, y me dijo:
—Me encanta que seas tan peludo, tan hombre. Me encanta cómo se te pone de duro.
Su sexo seguía medio dormido, pero creo que sus ganas las sentía en su culito. Volvió a mamarme como desesperada, como alistando mi pene para su verdadero calor. Qué delicia. Estábamos los dos entregados a esto maravilloso.
De pronto, se empaló en mi verga. Entró facilísimo, como si fuera un guante hecho a mi medida. Ella no se detuvo. Se lo metió lo más profundo que pudo y empezó un sube y baja que me voló la cabeza. Yo acostado en la tina, el agua le llegaba hasta la penetración y salpicaba con fuerza cada vez que se hundía en mí. No entendía lo que sucedía: era como si el agua estuviera dentro de ella, y mi pene sintiera una presión hacia abajo en la cabeza que me lo ponía más duro, más vivo, más desesperado.
Se penetraba cada vez con más fuerza. Su verga se empezó a poner dura de nuevo contra mi vientre. Ella volvía a subirse, a bajarse como desesperada, gritando:
—¡Qué rico, cachaco! ¡Qué verga tan rica tienes! ¡Quiero que me preñes!
Me besaba, me metía su lengua en las orejas, me lamía el cuello desesperada. Yo estaba sudando en una tina de agua fría. Esta hembrita me estaba sacando todo.
—Amo tu sudor —me dijo.
Yo sentía cómo su verga ya pegaba contra la mía. La masturbé.
—Quiero preñarte —le dije—. Quiero que seas mi hembra.
Ella saltaba y saltaba. Me tenía totalmente extasiado. Estaba tan duro que creía que iba a explotar. Sentía sus piernas, sus caderas, todo. Levanté mi pelvis, colocando mis pies sobre la tina, y la levanté con mi pelvis para acercar su verga a mi boca. Gracias a la curvatura de la tina, pude mamarla un poquito, lengüetear su verga con mi boca. Ella entendió, se sacó un poco mi verga de su culo y me penetró la boca.
Uauuuu, lo logré. Y disfrutaba metérmela y mamarla. La chupaba, ella gritaba desesperada, y en una de esas se sentó con fuerza otra vez sobre mi verga.
—Adoro tu verga —le dije—. Me encanta que sea así.
Ella me volvió a besar, pero ya estaba a punto de venirme.
—Estoy que me vengo —le dije.
Ella se salió y se puso de espaldas. Se metió mi verga, yo viéndole sus caderas perfectas. Se me pasaron las ganas de venirme. Eso creí.
Pero se empezó a menear como desesperada, y mi verga salía y entraba de ella. Se movía delicioso. Esa imagen de su cuerpo de negra perfecto me tenía loco. Le cogí el cabello ya mojado, se lo jalé. Ella se arqueaba, y yo más duro se lo metía. Sentía su verga golpeando mis huevos en cada embestida. Uff, me tiene loco. Todo lo que siento dentro de ella. Quiero sentir más su pene contra mis huevas, pegando. Entonces más duro le doy. Ella se menea más y más, mueve esas caderas tan sensuales, tan rápido, tan duro, que ya creo que no voy a poder aguantar.
Le meto mi verga y ahora, con mi mano, trato de meterle un dedo junto con mi verga dentro. Luego dos dedos. Esta negra está muy caliente.
Cuando, ring, mi celular empezó a sonar.
Pero no quiero parar. Estoy que me vengo y quiero dárselo todo.
Ella grita:
—¡No te salgas! ¡Te mato si te sales! —y se ríe, y grita.
—Debe ser el del carro —le digo.
Ella para un poco pero sigue moviéndose con sensualidad. Me voltea a mirar y me dice:
—¿En serio te quieres ir?
—No. Es para decirle que me voy a quedar acá toda la semana. ¿Será que me dejas?
Se voltea y me da un beso:
—Claro, amor. Soy tuya hasta que te vayas. ¿Quieres en serio?
—Sí. Este es el sueño más maravilloso que me ha pasado.
Me besa y se penetra otra vez, cabalgándome, dándome unos besos tan deliciosos. No sé por qué, pero me siento muy llevado por esta negra. Empieza a cabalgarme otra vez, pero más despacio. De forma más sensual, más romántica. Dándome besos, moviendo sus caderas. Le cojo las caderas, las nalgas, se las aprieto. Su sexo duro contra mí. Me encanta cómo se aprieta a mí, cómo nuestros cuerpos se vuelven uno.
Luego me dice:
—Quiero que me comas en cuatro.
Se voltea y se pone contra el borde de la tina. Esa piel mojada se ve espectacular. Le echo bálsamo por todo ese cuerpo, se siente divino. Yo parado sobre la tina, ella mostrándome su deliciosa cola, toda abierta por mí. Le beso el culo, se lo lengueteo. Ella se masturba mientras la lengueteo. Luego le cojo su sexo, lo echo hacia atrás y se lo mamo. Se lo lamo desde su cabecita hasta su ano. Es el sexo más rico que me he comido en mi vida. Me encanta su sabor, su textura. Es muy difícil explicar lo bien que se siente en la boca.
Después de tenerla así un rato, le lengüeteo otra vez el culo y me unto mucho bálsamo en mi miembro. Ella se arquea y recibe todo mi miembro hasta el fondo. Me tumbo un poco sobre ella para buscar su lengua y besarla mientras la penetro toda. Quiero que sienta la fuerza de mi miembro erecto por ella. La suelto, le cojo el cabello y empiezo a darle con la fuerza que puedo.
Ella grita:
—¡Qué sabroso, cachaco, eres!
La verdad, me está encantando que me diga cachaco.
—Cada vez que digas cachaco, más duro te voy a dar, mi diosa negra —le digo.
Empieza ella:
—Cachaco, cachaco, cachaco…
Y yo, con más ímpetu, con más rabia, le daba. Así duramos un buen rato, hasta que me dijo:
—Me vengo.
Entonces la cogí más duro de la cola de caballo, le pegué unas nalgadas y le dije:
—Espérame.
Y empecé a darle aún más duro. Duro, duro, duro. Hasta que le dije:
—Me vengo, negra.
Ella se masturbaba mientras trataba de cogerse de la tina. Y yo le daba, hasta que sentí el espasmo mágico de su amor. Me vine dentro de ella. La traje hacia mí mientras me venía. La abrazaba, le cogí su miembro mientras ella también se venía. Gritábamos los dos como dos amantes eternos. Sentí su venida en mis manos mientras le mamaba la lengua y nos besábamos.
Luego, todos sus jugos se los embarraba por todo su cuerpo, por su cuello, y luego le lamía el cuello. Hice que me chupara sus jugos de mi mano. Ella chupaba extasiada. Así quedamos los dos, y caímos ya muertos entre la tina. Fue una venida con todo. Quería que le llegara mi semen hasta su alma.
A pesar de estar en la tina, estábamos sudando. En un momento pensé en el señor del carro. La verdad, me dio pena, pero ya ni modo. Ya eran como las siete de la tarde, ya estaba oscuro.
Nos limpiamos entre besos, nos consentíamos. Yo le acariciaba su piel suave, satinada, negra. La verdad, qué negra más rica. Nos besábamos con mucha entrega. Nos fuimos a la cama desnudos, con el ventilador, y abrazados pusimos una película.
Ella en mis brazos era una mezcla linda. Ella con su negritud, su pierna perfecta sobre mis piernas blancas. Sus sábanas blancas la hacían ver como mágica. No podíamos dejar de besarnos.
Ella se levanta y dice:
—Huy, qué hambre. Voy a preparar algo.
Se levanta desnuda, perfecta. Yo la sigo a la cocina para no dejarla sola. Me dice:
—Te voy a dar algo especial.
Y me prepara unos huevos de pescado. La verdad, nunca los había comido. Muy ricos. Con unas cervezas, quedé más que satisfecho. Nos fuimos a la cama de nuevo, nos abrazamos, nos besamos y nos quedamos dormidos.
Serían como las once de la noche cuando me volteé y ella me cogió en cucharita, consintiéndome la cabeza. Se pegaba mucho a mí, me empezó a besar el cuello, lo cual hizo que me pusiera como un mástil de nuevo. Volteaba la cara y nos besábamos, cuando empecé a sentir su excitación en mi cola, y ella a masturbarme. La apretaba contra mí y me movía para sentir su humedad en mis nalgas. Ella acomodó su sexo a pegar en la parte de atrás de mis huevas.
Qué sensación tan rica. Me movía mientras me besaba. Me gustaba generarle tanto gusto. Me decía:
—Eres muy lindo y rico. Me gustas mucho, cachaco.
—Tú eres un sueño hecho realidad, mi negra.
Nos besábamos. Ella cogió de la mesa de noche un lubricante y empezó a embadurnármelo por todo mi pene, mi cola, su sexo. Entonces cogí su sexo, jugando con mis huevas, y lo fui metiendo en mi ano. Como saben, soy más bien activo, pero me moría de ganas de sentirla.
Ella me fue metiendo poco a poco. Pero antes, me metió dos deditos, mientras me chupaba la lengüita. Hasta que pudo meterlo. La verdad, no fue tan placentero al principio. Me subió la pierna y me lo pudo meter mejor. Era muy grande. Me dolió, pero dije: lo voy a resistir. Cuando ella lo dejó adentro, sin bombearme, y entró esa vaina completa adentro, sentí cómo tocó mi punto P facilísimo. Y ahora sí, me tenía.
Ella empezó a penetrarme, pero sin bombearlo. Ella sabía cómo hacerlo con su sexo tan grande. Solo se movía por dentro, y sentía cómo tocaba todo mi punto P. Le empecé a decir:
—Huy, qué rico, negra. Así lo siento todo.
Después de un rato, era yo quien movía mi cola, queriendo recibirlo y sentirlo todo. Sentía cómo se conectaba su sexo con la cabeza de mi pene. En cada movimiento, sentía cómo mi cabeza quería venirse. Empecé a gemir como toda una puta. Ella me besaba, y yo no podía dejar de gemir. Mis palpitaciones empezaron a crecer. Mi corazón iba a mil. Sentía que mi pene se quería venir sin tocarlo. Salía precum, mucho precum de mi pene. Y me movía más y más. Quería perderme en este movimiento. Quería que me hiciera venir en mi culo. Quería que se viniera en mí y me hiciera venir con su leche.
Me movía y me movía como puta en celo. Y empezó una embestida loca. Me daba duro.
—No, espera —dije.
La puse boca arriba y me senté encima de ella. Ya entraba súper fácil. Le restregaba mi excitación por su abdomen y movía su sexo en mi interior. Qué rico se siente semejante miembro en mí. Me movía y me movía, la besaba.
—Me encanta. Nunca me había comido un pene tan grande y que me gustara tanto.
Sus besos me transportaban, pero no aguantaba más. Quería que me hiciera venir. Entonces me salí y me puse en cuatro. Ella se puso detrás de mí, pero antes le vi ese miembro grande y se lo mamé. Ella me dijo:
—Dale pasito, que ya me tienes con ganas de venirme.
—No —le dije—. Quiero que te vengas dentro de mí y me hagas venir.
Entonces ella me besó y se puso detrás de mí. Puse una almohada en mi pelvis, y ella me empezó a penetrar tan fácil. Parecía que estaba muy húmedo. Me lo metió todo, hasta el fondo, con fuerza.
—Huy, qué rico. Lo sentí como jugó con mi punto P de nuevo. Eso, ahí, dale.
Entonces ella empezó un bombeo que nadie en la vida me ha dado. Duro, firme, grande. Duro y duro. Le gritaba:
—¡Hazme venir, perra!
Ella me cogió de los hombros y más duro me lo metía. Hasta que le dije:
—¡Hueputa, me vengo!
Entonces ella empezó más rápido, más duro. Y, jueputa, sentí su venida y me vine también. Dios, qué rico. Me vine sobre la almohada. Ella cae sobre mi espalda, besándome el cuello. Siento su miembro temblando, dejándome toda su leche de negra en mi interior. Apretaba mis nalgas para que no se saliera. Me encantó. Es la primera vez que disfruto un pene dentro de mí tanto. Qué día. Qué noche.
Dios, es el viaje más rico que he tenido en la vida. Quería acostarme a descansar, pues fue una venida única, pero antes quería ir al baño. Era mucha leche. Ella trataba de limpiarlo de mi culo con su mano, pero no alcanzaba, y me dice:
—No, déjatelo ahí un rato. Quiero verte así, mojado por mí. Que eres mío.
Me quedé de medio lado, dejando lo que más pudiera su leche dentro de mí. Ella me besaba. Luego fue a chuparme el culo y a tomarse su leche. Qué rico, cómo su lengua calmaba mi culo. En mis adentros pensaba: así será siempre, qué rico. Ojalá pudiera vivir esto siempre.
Ahí me quedé dormido con sus besos, abrazados. Al final no fui al baño. Al otro día nos dimos cuenta de que las sábanas estaban llenas de nuestro amor.
Ahí me quedé la semana que faltaba, y nos amamos mucho todas las noches.
Ella vino a Bogotá. Vivimos unos ratos deliciosos. Desafortunadamente, ella luego se fue, y el tiempo se metió en nuestra relación. Como dicen: amor de lejos, felices los seis. Pero a esta hembrita la recuerdo siempre. Fue la que más me ha gustado en la vida. Quedé amando mamar verga negra. La verdad, me encanta. Pero no he encontrado más trans negras femeninas como ella.
Si eres una trans negra, contáctame. Seremos amantes de verdad.








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