Proyecto La Guajira - Mi primera Negra
Relato de comunidad Transexualesschedule 11 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

Proyecto La Guajira - Mi primera Negra

De viaje por la costa, debía quedarme dos semanas en La Guajira. La verdad, no tenía nada más en la cabeza que el trabajo, así que me fui con una mochila, porque era lo único que pagaba el empleo. Tenía que trabajar con escue...

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Contenido adulto. Este relato fue escrito por un miembro de la comunidad. Léelo solo si tienes 18+ y mente abierta.

Entré a la habitación, pero no me cogía sueño, así que me puse a revisar redes sociales. Seguía a muchas chicas trans en mi Facebook, pero buscaba si había alguna por La Guajira. Vi una que era guajira pero vivía en Santa Marta, así que no me servía. Revisé sus amistades y nada. Tenía amigos y amigas por toda la zona, pero no vi trans en el área, solo en Santa Marta. Ya me estaba dando sueño cuando llegué al perfil de una mujer negra que me pareció bonita. No dejaba ver mucho, pero vi que era profesora en una escuela, y eso me llamó la atención. Revisé cuál era el colegio y hasta ahí llegó mi búsqueda antes de que me venciera el sueño.

Al otro día, empecé la ruta hacia Maicao. Me tocó una escuelita bonita, bastante arregladita, me pareció linda a pesar de ser pública. Cuando llegué, para mi sorpresa, era la profe que había visto el día anterior. Su nombre era Dayana. Unos labios rojos espectaculares, un vestidito corto amarillo con flores. Me pareció muy linda cómo se veía su piel negra con ese color. Su cabello recogido en una cola de caballo, y sus piernas… UAU, qué piernas. Unas piernas supermusculosas, un espectáculo. Y un culo que se le notaba con el vestidito, superparadito, seguro también duro.

Con mi olfato para las trans, me llegó a la cabeza: ¿será? Pero es profesora… ¿será que así de abiertos están acá en La Guajira?

Ella me saludó muy linda, muy tranquila. Su voz era medio ronca, y cómo trataba a los niños era naturalmente femenino. No con plumas, sino muy recatada y femenina. Eso me hacía dudar. Por ser de raza negra, sus labios gruesos, su cuerpo no tan pequeño pero con un trasero fuerte… No se le veía una espalda grande ni manos grandes. Estaba desconcertado. Eso sí, no tenía muchos senos. La analizaba mientras caminábamos hacia la oficina.

Luego me presentó a la directora. No había oficinas separadas, todas compartían la misma sala con escritorios. La señora directora, muy querida, también de raza negra pero ya mayor, le dio las gracias a Dayana y me ofreció algo de tomar. Con ese calor, pedí agua. La señora le pidió a Dayana que trajera unos vasos.

Dayana se levantó, y me quedé mirándola mientras venía. Cómo se levantaba, esas piernas negras y maravillosas desfilando delante de mí. Me quedé embobado, realmente mirando esas piernas, su color. Ese color se me quedó pegado en la mente. Parecía que se hubiera echado bronceador o crema, se veían deliciosas para tocar.

La señora Delia, así se llamaba la directora, tosió para buscar mi atención. Me disculpé, y no tuve más remedio que decirle:

—Es que Dayana tiene unas piernas preciosas, se nota que hace mucho ejercicio.

La señora Delia se rio con picardía:

—Sí, ella por genética es así —y volvió a reírse.

Volvió Dayana con el agua y me quedé mirándola. Debo haber tenido una cara de pendejo demasiado obvia, porque ella se dio cuenta de que estaba totalmente transportado a todo lo que hacía y cómo lo hacía. Se movía de manera tranquila, pausada. La verdad, se me hacía sexy. Yo creo que es porque quería saber si mi sensor trans se había atrofiado o qué.

Ella me vio y se sonrió. La vi sonrojarse, pero tenía una sonrisa demasiado pícara también. Me dijo:

—Hola, mira, tu agua.

Yo estaba apendejado, no me había dado cuenta de que no había dónde colocar el agua, así que tenía que tomarla. Le dije:

—Sí, perdona, preciosa. Gracias, nunca me vi tan bien atendido —y le piqué el ojo.

Ella se sonrió:

—Ay, señor, ¿sí será?

Y volvió a su puesto.

Me quedé hablando con la señora Delia, volví al trabajo en mi mente. Le comenté lo que tenía que hacer: debía hablar con algunos niños desde octavo hasta undécimo, si tenían. Ella me explicó que ahí salían temprano, que como ya eran las once y los niños salían a las doce por el calor, no podían quedarse a estudiar más. Solo podía ver un curso, y si quería, podía volver al otro día más temprano para entrevistar a los otros dos.

—Yo encantado, me gustó mucho este colegio —respondí, y reímos con picardía. Creo que ella sabía lo que pasaba, porque volteó a mirar a Dayana.

En eso, le preguntó a Dayana si podía llevarme al curso y pedirle permiso al profe que estaba con ellos. Le di las gracias a la señora Delia y le dije que al otro día llegaría como a las nueve, si le parecía bien. Siempre el colegio quedaba lejos y no sabía llegar bien. Doña Delia accedió y se despidió de una vez, porque ya se iba.

Me fui con Dayana. En el camino, le dije:

—Perdóneme por estar tan disperso, pero le tengo que ser sincero, espero no se moleste.

—No, usted tranquilo, tenga la confianza. Acá en La Guajira somos muy sinceros y frontales —me dijo con una sonrisa.

—Sus piernas están maravillosas, se nota que hace mucho ejercicio. Tiene un cuerpo muy bonito.

Ella se rio y me miró:

—Ay, don Javier, es mejor que se concentre en lo suyo. Acá es, ya llegamos. ¿Cuánto se demorará?

—Depende de los muchachos, pero yo creo que si salen a las doce, máximo hasta esa hora.

—Está bien. Le aviso al profe que se vaya y yo me quedo con usted.

—Uff, claro, qué bien. Sí, mejor —respondí, y sonreí. Ella también se sonrió, creo porque se me notaban los nervios.

Entró al aula y saludó a los muchachos. Todos la saludaban como si fuera una estrella, se notaba que la adoraban. Ella les dijo:

—Hola, muchachos.

Habló de la actividad, le pidió excusas al profe, y el profe dio su visto bueno. Dayana me presentó y presentó la actividad. Luego cogió un pupitre y se sentó al lado del escritorio, pero cruzó las piernas. Sí, yo seguía viéndola mientras me presentaba con los muchachos. Solo después reaccioné y pude continuar con la actividad.

Hice la actividad: preguntas, ejercicios de escritura. Cuando terminé, ya eran las doce y cuarto y los muchachos tenían ganas de salir. Me despedí, y Dayana se levantó y les dijo:

—Ya pueden irse, muchachos, con cuidado.

Salieron todos como bólidos. Algunas niñas vinieron a despedirse de Dayana, muy amables con ella, y luego se despidieron de mí. Era el último grupo en salir. Me quedé con Dayana mientras organizaba los pupitres.

—Muchas gracias, mujer, por su colaboración.

—Bueno, ¿y ahora qué va a hacer? —me preguntó.

—Pues no sé. La verdad, este colegio queda lejos y no sé para dónde ir. Buscaré un restaurante. Le dije al del carro que me recogiera a las tres, pero almorzaré y lo llamaré a ver dónde anda.

Ella se rio:

—¿Por acá restaurantes? Ja, no señor, por acá no hay.

Me quedé mudo, desconcertado.

—Pues si gusta, yo vivo más o menos cerca. Si quiere, vamos a mi casa, almuerza y espera su transporte allá.

—¿Huy, en serio? Me da pena. Y en su casa, ¿no se pondrán bravos conmigo su novio o esposo?

—Ja, ja. ¿Qué dice? Si vivo solita. Sola me hará bien la compañía.

—Sí, pero déjeme pagar por el almuerzo.

—Qué dice, usted tranquilo. Más bien vamos a buscar una gorra, porque eso de que es cerquita es solo un decir, y con este sol usted se me va a rostizar —se rio—. No queremos que termine de mi color.

—Uff, si es de su color, divino, de diosa. Luego en Bogotá seré sumamente deseado —bromeé.

Llegamos a la oficina y ella se puso a buscar la gorra en los cajones. La veía inclinarse, cómo se le marcaba la cola cuando se apoyaba en el escritorio. La seguía viendo descaradamente, y ella siempre volteaba a mirar con una sonrisa. Me estaba encantando esta negra pícara, y esos labios rojos me estaban poniendo muy caliente. Quería un beso de esos labios, eso era seguro.

Luego buscó en un cajón que quedaba más cerca del piso y se acurrucó. El vestido se le subió y me mostró todo ese pernil.

—Ufff —salió sin querer de mi boca.

Ella se recompuso y dijo:

—Ay, qué pena —y se rio.

—No, usted perdone. Es que la verdad uno no ve diosas negras en Bogotá.

—Ay, señor Javier, cómo dice esas cosas. Ya quisiera yo ser una diosa —dijo, y siguió—: Acá está, por fin la encontré.

Fue hacia mí y me la dio. En ese punto, yo ya había tomado una decisión: iba a lo que fuera, pero no me iba de ahí sin un beso, si quiera. En el momento en que me la dio, rozó mi mano, y bajé la voz:

—Si usted no es una diosa, entonces es la versión femenina más divina de la zona.

—Ay, don Javier, qué cosas dice. Más bien vámonos, que el camino es largo a pie.

Tomamos camino. Ella iba delante, y cuando empecé a sentir ese calor, Dios, arranqué a sudar. Ella también, pero menos. Se me empezó a pegar la camisa, y como llevaba la laptop en una maletica con las notas, peor. La espalda totalmente mojada. Ella iba fresca con su vestidito, caminando a buen paso.

—Con razón usted tiene ese cuerpazo, con este ejercicio diario.

Ella se rio:

—Sí, la verdad me gusta llegar a la casa totalmente cansada y meterme un baño de agua fría. Es delicioso. Pero usted está que suda, y está rojo.

—Claro, no estoy acostumbrado a estos trotes de diosa.

—Ja, ja, ¿yo diosa? Vamos, que ya estamos cerca. Se toma una limonadita antes de que se deshidrate.

Llegamos a una finquita chiquita, una casa cuquita, blanca con azul, muy bonita, como caribeña. Abrió la puerta, encendió los ventiladores y me hizo sentar en una mecedora de fibras.

—Uff, qué calor —dije.

—Ya le traigo una limonadita.

Fue a la cocina y me trajo una limonada con hielito. Cuando venía, antes de darme la limonada, me dijo:

—Levántese y quítese esa camisa, para que se le seque.

Hice caso. Cuando me quité la camisa, ella me vio y dijo:

—Mmm, vea un osito.

—¿Le gusta?

—Uff, sí. Siempre me han gustado los hombres velludos.

Esa fue la entrada que estaba esperando. La cogí de la mano y la traje hacia mí. Ella no podía moverse muy fuerte porque todavía tenía la limonada en la mano, y la besé sin importarme nada. Ella recibió el beso y empezamos a besarnos como locos, sudorosos pero deseosos de toda una mañana de deseos.

Ella dejó la limonada sobre la mesa de la sala y empezó a acariciarme la cabeza. Yo la apretaba contra mí. Uff, esos labios, suaves, su aliento súper rico, su lengua. Dios, me estaba gustando esta negra. Luego pasé a sus orejas y le dije pasito:

—Eres mi diosa negra.

Ella se apartó y me dijo:

—Espere, Javier. Es que tengo que decirle algo.

Yo la traje de nuevo hacia mí y le dije:

—Lo que sea me va a encantar.

Y la besé de nuevo. Mi pene ya estaba durísimo, y ella lo sentía, lo apretaba con sus manos sobre mi jean. Entre besos, me contestó:

—¿Seguro que te va a gustar?

—Sí, me va a encantar.

La idea de que estuviéramos así, todos sudorosos y sudando más, me estaba enloqueciendo. Le metí las manos, le apreté las nalgas y le dije:

—Uff, esas nalgas son un sueño.

Y la besé por el cuello. Ella me abrió el pantalón y me sacó el miembro. Yo me quité rápidamente el pantalón.

—Qué rico, cómo estás de duro —dijo ella.

Yo la besé de nuevo, me tenía loco. Le subí el vestido para quitárselo por arriba mientras la besaba. Me di cuenta de que no tenía senos, solo un brasier con relleno. Se lo quité rápidamente para besarle las tetillas. No quería que se cortara, que supiera que no importaba.

Ella se dio cuenta de que no me importaba, y empezó a dejarse llevar más, a besarme con más ganas.

—¿Vez que sí eres una diosa? Lo sabía. La diosa negra del sexo.

Entonces me besó con más ganas, me abrazaba, me llenaba la boca con su lengua. Bajé a besarle otra vez las tetillas, la barriga, que no tenía, hasta llegar a sus panties. Dios, ¿qué era eso? Unos panties rojos que no podían guardar el paquete. Le quité los panties y, Dios, ¿qué es eso? Un descomunal miembro de unos veintidós centímetros y unos cinco de ancho.

—Guau —dije—. Mi amor, eres una diosa.

Y empecé a mamárselo. Qué delicia. Nunca había comido miembro negro. Qué delicia de sensación, suavecita esa cabeza. Lógicamente no me lo metía todo, no tengo tanta experiencia, pero sí me encantó mamar verga negra. Se lo lamía y lamía, y empecé una mamada que ni en mis mejores sueños soñé dar. Ella gemía y consentía mi cabeza. Le metí un dedo en ese culo, y yo no paraba de mamar. Nunca me vi tan gustoso mamando, pero la verdad me encantó.

En eso, la volteé y le empecé a lamer la cola, a meterle la lengua en ese culo. Se lo dejé bien ensalivado. Ella dijo:

—Qué delicia, qué regalo me trae la vida.

—Y tú a mí, diosa.

Volví a voltearla y volví a mamar. En eso, ella me dijo:

—Me vas a hacer venir. Hace mucho no lo hago.

Eso fue mágico para mí. Entonces con más ganas me lo metía y metía. Le dije:

—Vente, quiero probarte.

Entonces, uffff, se vino en mi boca. Me llenó de leche de negra. Qué delicia de sabor. No sabía a lo mismo de las otras trans, era dulce, totalmente viscosa, totalmente rica. Me cayó en la boca, en mis cachetes, en mi pecho. Y ella se retorcía con gritos. Y yo seguía mamando. La verdad, me encantó la textura, me tomé toda su leche. Ella se cayó sobre un sofá y yo seguía mamando. Qué puto estoy, nunca me sentía así. Hasta que se puso más flácida. Flácida, estaba más rica de sentir. Flácida tenía el tamaño de mi pene, dieciocho o veinte centímetros. Qué barbaridad.

Ella dijo:

—Ternerito, ven y me das un beso.

Me subí, nos besábamos. Ella seguía masturbándome, y me dijo:

—Qué rico estás, eres un sueño hecho realidad.

—Tú más, negra. Qué delicia, qué banquete me diste.

Entonces me dijo:

—Vamos a bañarnos.

—Listo —respondí.

Y será la razón de un segundo relato.

— sofu8

9 de octubre de 2026

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