Ciudad Pacífica es una urbanización cerrada del sur, de casas modernas y jardines zen. Allí vive Patricia, una mujer que a sus cuarenta y nueve años es pura elegancia. Me contactó su esposo, Francisco, un arquitecto de cincuenta y ocho años: "Mi esposa es una mujer que necesita ser deseada. Yo la amo, pero ella necesita más. Necesita sentirse joven. ¿Vos podés?".
Patricia me recibió en la puerta de su casa con un vestido de seda color esmeralda que se ceñía a sus curvas y dejaba ver unas piernas largas y torneadas. Cuarenta y nueve años, cabello rojo cobrizo cayendo en ondas hasta los hombros, ojos verdes como esmeraldas, piel blanca salpicada de pecas. Su cuerpo era de gimnasio y de buena vida: senos grandes y naturales que aún se sostenían firmes, con pezones rosados y grandes; cintura que había resistido el paso del tiempo gracias al pilates; caderas anchas y redondas; muslos gruesos con celulitis que le daban un aire salvaje; piernas largas y torneadas. Olía a jazmín y a vino blanco.
—Francisco —dijo sin mirarlo—. Prepará la terraza. Va a ser una noche larga.
Francisco obedeció. Patricia me tomó de la mano y me llevó al dormitorio principal, una habitación enorme con ventanales que daban al jardín. Sin preámbulos, se quitó el vestido. Debajo llevaba un conjunto de encaje color champán que apenas contenía sus pechos. Le quité el sostén y sus senos aparecieron, pesados, hermosos. Los lamí, los mordí suavemente, sentí sus pezones endurecerse.
La recosté en la cama y le quité la lencería. Su sexo era maduro, depilado al ras, con los labios vaginales gruesos y un clítoris que asomaba. Lo lamí sin prisa, saboreando cada gota. Patricia gemía con un vozarrón ronco, sus dedos enredados en mi cabello, sus caderas levantándose.
—Francisco —gritó ella—. ¡Ya podés salir!
Francisco salió de la terraza y se quedó en el marco de la puerta, mirando cómo su esposa se retorcía de placer bajo mi lengua. La penetré con ritmo, sintiendo sus paredes apretarme, sus gemidos llenando la casa. Patricia se corrió con un grito que retumbó en toda Ciudad Pacífica. Después, Francisco se acercó y le dio un beso en la frente. "Gracias", me dijo. "No sabés lo que acabás de devolverme".
¿Quieres vivirlo? Escríbeme. Sin drogas, sin dinero. Solo placer.








Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar