Hay mujeres que se cansan de lo conocido. Y hay hombres que deciden darles lo desconocido. Felipe me escribió un sábado por la mañana: "Mi esposa Carolina tiene cuarenta años y quiere probar con alguien más joven. Yo la amo, pero ya no tengo veinte. ¿Te animás?".
Carolina era una mujer que había decidido no envejecer. Cuarenta años, cabello rubio teñido, ojos azules, piel bronceada por el sol del gimnasio. Su cuerpo era de gimnasio: senos operados perfectamente simétricos, cintura pequeña, glúteos duros, piernas largas. Cuando abrió la puerta de su apartamento en El Ingenio, llevaba un vestido de verano que dejaba poco a la imaginación.
—Felipe —dijo—. Andá al balcón. Y no vuelvas hasta que te llame.
Felipe obedeció. Carolina me tomó de la mano y me llevó al dormitorio. Sin preámbulos, se quitó el vestido. Debajo llevaba un conjunto de encaje rojo que contrastaba con su piel. Su cuerpo era una obra de arte, y su sexo, depilado al ras, ya brillaba de humedad.
La besé con hambre, mis manos recorriendo sus curvas, apretando sus pechos operados, pellizcando sus pezones. La recosté en la cama y la lamí sin prisa, saboreando su sexo, sus labios vaginales, su clítoris. Carolina gemía, sus dedos enredados en mi cabello, sus caderas levantándose.
—Felipe —gritó ella—. ¡Esto es lo que necesitaba! ¡Un hombre joven!
La penetré con fuerza, sintiendo sus paredes apretarme, sus uñas clavarse en mi espalda. La embestí con ritmo, sintiendo sus glúteos duros chocar contra mí. Felipe, desde el balcón, nos miraba a través del ventanal, la mano en la boca.
Carolina se corrió tres veces esa noche. La primera con un grito, la segunda con un llanto, la tercera con un silencio sagrado. Cuando terminamos, Felipe entró con una botella de champagne. "Gracias", dijo. "No sabés lo que acabás de hacer por nosotros".
¿Quieres vivirlo? Escríbeme. Sin drogas, sin dinero. Solo placer.








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