Ciudad Jardín es un barrio de torres elegantes y calles arboladas. Allí vive Margarita, una mujer que a sus cincuenta años sigue deteniendo el tráfico. Me contactó su esposo, Hernán, un empresario de la construcción de sesenta y dos años: "Mi esposa es una diosa. Tiene cincuenta años pero parece de cuarenta. Quiero que la tomes mientras yo miro. Ella ya sabe. Te espera".
Cuando llegué al penthouse, Margarita me abrió la puerta. Era más hermosa de lo que imaginaba. Cincuenta años, cabello castaño oscuro con mechas doradas cayendo en ondas hasta los hombros, ojos verdes como esmeraldas, piel blanca con pecas finas en los brazos. Su cuerpo era una obra de arte: senos grandes y naturales que aún se sostenían firmes, con pezones rosados y grandes; cintura que había resistido el paso del tiempo gracias al pilates; caderas anchas y redondas; piernas largas y torneadas que terminaban en unos pies cuidados con esmero. Llevaba un vestido de seda color champán que se ceñía a cada curva y dejaba ver un escote generoso.
—Hernán —dijo sin mirarlo—. Serví champagne. Y luego sentate en ese rincón.
Hernán obedeció. Margarita me tomó de la mano y me llevó al dormitorio principal, una habitación enorme con ventanales que daban al valle. Sin preámbulos, se bajó el cierre del vestido y lo dejó caer. Debajo llevaba un conjunto de encaje color marfil que apenas contenía sus pechos. Le quité el sostén y sus senos aparecieron, pesados, hermosos, con venas azules apenas visibles. Los lamí, los mordí suavemente, sentí sus pezones endurecerse bajo mi lengua.
La recosté en la cama y le quité la lencería. Su sexo era maduro, depilado al ras, con los labios vaginales gruesos y un clítoris que asomaba. Lo lamí sin prisa, saboreando cada gota, sintiendo sus caderas levantarse para buscarme. Margarita gemía con un vozarrón ronco, sus dedos enredados en mi cabello.
—Hernán —gritó ella—. ¡Mirá cómo me lame! ¡Mirá cómo me hace sentir!
Hernán miraba desde el rincón, la copa de champagne temblando en su mano. La penetré con ritmo, sintiendo sus paredes apretarme, sus piernas enroscarse en mi cintura. Margarita se corrió dos veces antes de que yo terminara. Después, Hernán se acercó y le dio un beso en la frente. "Gracias", me dijo. "No sabés lo que acabás de devolverme".
¿Quieres vivirlo? Escríbeme. Sin drogas, sin dinero. Solo placer.








Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar