Alguien me había escrito por interno pidiendo exactamente eso: tío y sobrino juntos. Busqué el chat entre los cientos que tengo y no lo encontré. Así que publiqué un anuncio corto y directo. “Busco tío y sobrino reales. Sin dramas. Todo discreto”.
En menos de un día me escribieron varios. Dos me llamaron la atención de inmediato. No eran el típico perfil. Más morenos de lo que uno esperaría, de esos rasgos semi indígenas: pómulos marcados, piel oscura, manos grandes y una forma de hablar calmada, casi respetuosa. Quedamos en un motel sencillo cerca de la 80.
Cuando abrieron la puerta supe que eran ellos. El tío, unos cincuenta y tantos, cuerpo todavía firme. El sobrino, más joven, más delgado, pero con la misma mirada oscura. Entraron sin decir mucho. Se notaba que ya habían hablado entre ellos de lo que querían hacer.
Empezamos despacio. Me desvistieron entre los dos. El tío me chupó las tetas con calma mientras el sobrino me abría las piernas y me comía el coño. Después cambiaron. Me pusieron a cuatro patas. El sobrino se metió primero en mi boca y el tío empezó a prepararme el culo con dedos y saliva. Cuando ya estaba lista, el tío se acostó boca arriba y me hizo montarlo. Entré despacio. Él era grueso. Apenas me acomodé, el sobrino se colocó detrás y empezó a empujar.
Hubo doble penetración.
Los dos dentro al mismo tiempo. El tío en el coño y el sobrino en el culo. La sensación de estar completamente llena me sacó un gemido largo. Empezaron a moverse, coordinándose a su manera. El sobrino iba más rápido, más nervioso. El tío más profundo y constante. Me sujetaban entre los dos, uno de las caderas y el otro de las tetas.
Hasta que el sobrino se tensó de golpe y se salió rápido.
—Mierda… —murmuró, rojo hasta las orejas.
Se había venido y, de la emoción o de los nervios, le había dado un poco de diarrea. Se notó. Se quedó paralizado de la pena. El tío soltó una risa baja, sin burla, más bien de “ya pasó”. Yo también me reí un poco, sin crueldad.
—No pasa nada. Vamos a bañarnos y seguimos.
Los tres entramos a la ducha. El agua caliente bajó la tensión. Nos enjabonamos, nos reímos un poco más y el sobrino, todavía avergonzado, se dejó tocar otra vez. Cuando salimos, la cosa ya había cambiado de tono: más relajada, más sucia.
Segunda ronda.
Esta vez me pusieron otra vez a cuatro patas. Primero el tío me folló el culo con calma, profundo, hasta que me tuvo bien abierta. Después se retiró y entró el sobrino. Cuando el joven ya estaba dentro, el tío se colocó también y volvieron a metérselo los dos, pero ahora los dos en el culo. Doble en el mismo agujero. Me tuve que morder el labio. Dolía y a la vez me tenía temblando. Ellos se movían lento al principio y después con más ganas, empujando a turnos, llenándome por completo.
Se corrieron dentro casi al mismo tiempo.
Primero el sobrino, con un gemido ahogado contra mi espalda. Después el tío, más grave, agarrándome fuerte de las caderas y descargándose profundo. Sentí cómo me llenaban, caliente, espeso, mezclándose dentro de mí.
Nos quedamos un rato así, respirando. Después se salieron despacio. Me di la vuelta y los miré. Los dos tenían esa expresión de “sí, valió la pena”.
Se vistieron sin prisa. Cada uno se fue en su carro. Antes de salir, el tío me dio un apretón en el hombro y el sobrino, todavía un poco rojo, me dijo gracias en voz baja.
Yo me quedé un momento más en el motel, me duché otra vez con calma, me vestí y me fui a casa. Llegué, me metí a la ducha una última vez, me tiré en la cama y dormí un rato profundo.
Había sido un buen polvo.
Sucio, un poco torpe en un momento, intenso en el resto.
Tío y sobrino. Los dos dentro. Los dos corriéndose en el mismo sitio.
Exactamente lo que había buscado.







Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar