Era un jueves en la noche. Había quedado de cenar con mi hermana en el Gastro Bar Duquesa, en Pance, pero a última hora me canceló. Me quedé solo en una mesa, con una cerveza y el menú abierto. El lugar estaba lleno. Ruido de cubiertos, conversaciones y olor a comida bien preparada.
En eso se acercó una pareja. El mesero les dijo que no había mesas libres. Ella me miró un segundo y preguntó si podían compartir. Asentí.
Se sentaron. Ella se presentó como Lucía, 47 años, arquitecta. Rubia, delgada por el yoga. Llevaba un vestido escotado negro que le hacía ver sus enormes senos operados con total claridad. El escote profundo dejaba a la vista la curva pesada de cada uno. Él se presentó como Eduardo, abogado penalista. Delgado, de esos que se notan de tanto hacer ciclismo.
Pedimos. Yo pedí el Arroz Pulled Pork: arroz salteado al títote, lleno de sabor y textura. Lucía pidió la Pasta Bolognese: boloñesa artesanal de la casa en pasta larga. Eduardo el Pollo a las Finas Hierbas, bañado en chimichurri. Mientras comíamos, la conversación fluyó con naturalidad. Cali, el tráfico de Pance, el trabajo, la comida. Cada vez que Lucía se inclinaba un poco hacia la mesa, el escote se profundizaba y esos senos enormes se movían apenas.
A mitad de la cena, Lucía me miró con una sonrisa ligera y dijo:
Me pareces un muchacho simpático. ¿Sabes del mundo swinger y de intercambios?
Me reí. Asentí.
Claro que sé.
La conversación cambió de tono, pero sin forzar nada. Hablaron de su matrimonio, de los años juntos, de cómo las cosas se habían vuelto monótonas. Eduardo hablaba poco. Lucía era más directa. Al final de la cena me dijeron que vivían en el sector de Pance, en el Condominio Campestre Alto Pance. Y que esa misma noche querían llevar las cosas más lejos.
Aunque tenía que trabajar al día siguiente, no pude decir que no. Someter a una arquitecta casi de cincuenta años, conservadora, y a su cornudo, no era algo que se presentara todos los días.
Salimos juntos. Yo iba en mi moto. Ellos en un Porsche Cayenne. Los seguí desde el parqueadero del gastrobar hasta el condominio. Fue arriesgado. Eran desconocidos. ¡Pero peligro es mi segundo nombre! Me adentré de todos modos.
Llegamos a su casa. Lucía abrió la puerta. El vestido escotado todavía le marcaba los senos. Eduardo estaba detrás, serio.
Entré. Cerré la puerta. Miré primero a Eduardo.
Desde que crucé esta puerta mando yo. Tú no la tocas. No te vienes. No hablas a menos que yo te lo pida. Te sientas donde yo te diga y solo miras. ¿Quedó claro?
Quedó claro.
La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz de una lámpara. El silencio era espeso. Eduardo quedó desnudo de la cintura para abajo, con las manos apoyadas contra la pared fría, temblando. Lucía observaba. Tenía los brazos cruzados, pero sus dedos jugaban nerviosamente con la tela del vestido.
Dime la verdad. Le ordené a Eduardo, con voz ronca. ¿Por qué estás contra la pared?
Porque… porque no puedo satisfacerla. Tartamudeó él.
Más fuerte. Que ella te escuche.
¡Porque no puedo satisfacerla! Gimió el hombre, escondiendo la cara entre sus brazos.
Y por eso necesitas un alfa que haga el trabajo por ti. Que te quite el peso de encima. ¿No es así, inútil?
Sí, señor.
Levanté el látigo de cuero. No era un juguete. Era grueso, pesado. Lo deslicé suavemente por la espalda de Eduardo, haciendo que se estremeciera. Luego me giré hacia Lucía. Le tomé la mano temblorosa y la guié hasta la espalda de su marido, obligándola a palpar la piel erizada.
Siente cómo tiembla. Le susurré al oído. Siente el miedo de tu esposo. Él sabe lo que viene.
Ella jadeó, pero no retiró la mano. Sus ojos empezaron a nublarse de morbo.
¡CRAC!
El primer latigazo cayó seco sobre la piel pálida del cornudo. Él soltó un alarido ahogado, arqueando la espalda. Una línea roja apareció de inmediato.
¡No te dije que gritaras! Pide perdón por tu debilidad.
¡Perdón, señor! ¡Perdón!
¡CRAC! ¡CRAC! Dos latigazos más. La piel empezaba a inflamarse. Eduardo estaba llorando, con la frente pegada a la pared, pero su cuerpo lo traicionaba.
Me acerqué a Lucía. Le tomé el rostro con una mano, obligándola a mirarme.
Míralo. Mira al hombre que te ha tenido en la monotonía durante años. Arrodillado, llorando y con el culo rojo. ¿Crees que él podría hacerte sentir lo que yo te voy a hacer sentir esta noche?
Ella negó lentamente con la cabeza.
No… Susurró.
La tomé por la cintura y la atraje hacia mí, besándola con dureza justo cuando el látigo volvió a caer sobre su marido. ¡CRAC!
El gemido de dolor de él se mezcló con el gemido de placer de ella en mi boca.
Por favor… Suplicó Eduardo.
Claro que puedes. Eres un cornudo. Ahora vas a arrodillarte en el suelo, vas a mirar cómo le quito el vestido a tu mujer, y vas a dar las gracias por cada latigazo que te di.
Eduardo cayó de rodillas. Sus nalgas estaban de un rojo escarlata, marcadas, hinchadas. Mientras tanto, tomé a Lucía y le quité el vestido escotado con calma. Los senos enormes quedaron libres, pesados, con areolas oscuras. La puse de rodillas frente a mí. Me abrí el pantalón y saqué la verga.
Chúpamela.
Lucía se lanzó como perra en calor. Me chupó la verga con mucha fuerza, profundo, con la boca abierta y la lengua trabajando. Babeaba. Se escuchaba el sonido húmedo y obsceno. Después bajó y me chupó los testículos, uno por uno, con la lengua plana, sin dejar de mirarme. Volvió a la verga y la tomó hasta el fondo otra vez, ahogándose un poco, pero sin parar. Eduardo miraba desde el suelo, atónito, con las marcas del látigo todavía ardiéndole.
Cuando ya estaba completamente duro y brillante de saliva, la levanté y la recosté en el sillón. Me puse el condón despacio, frente a los dos. Me arrodillé entre sus piernas y la toqué primero con los dedos, sintiendo cómo estaba ya empapada. Después la penetré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo se abría. Lucía soltó un gemido largo y bajo.
Empecé a moverme con ritmo lento y profundo. Cada embestida la hacía arquear la espalda. Los senos se movían con cada empujón. Ella gemía como perra en calor, agarrándose a mis hombros, abriendo más las piernas, pidiendo sin palabras que no parara. El sonido de nuestra piel era húmedo y constante. Eduardo, adolorido y atónito, solo podía ver desde el suelo. No hablaba. No se movía. Solo miraba cómo su esposa era cogida con calma y control mientras él se quedaba con las marcas del látigo ardiéndole en la piel.
Aceleré poco a poco. Lucía gemía más fuerte, con la voz rota, casi llorando de placer. La cogí sin prisa, profundo, hasta que se contrajo alrededor de mí y se vino temblando. Seguí un rato más y me vine dentro del condón, profundo, sujetándola contra mí.
Cuando terminamos, Lucía estaba jadeando, con el cuerpo marcado por mis manos y el cabello desordenado. Eduardo seguía en el suelo, con el culo rojo e hinchado. El látigo descansaba en la mesa. Pero las marcas en su piel y en su alma tardarían mucho más en sanar.
Si quieres ser cornudo y estás en Cali.
Ya sabes dónde buscarme.
Tu esposa es mía.








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