El bautizo de la carne
Los latidos me golpeaban entre las piernas y en la boca del estómago desde el momento en que crucé la puerta. Habíamos hablado de las cuerdas, las pinzas, las velas y de cada regla, pero la anticipación de entregarle mi cuerpo por completo hacía que me fuera imposible respirar con calma. Había un detalle obsceno y fascinante que me obsesionaba: esos dos piercings metálicos cruzados en la cabeza de su pene, una marca dura y fría que estaba deseando sentir dentro de mí.
Cuando llegó y entramos a la habitación, el aire se volvió pesado.
—Desnúdate —ordenó con una autoridad que me hizo temblar de excitación.
Me quité la ropa despacio, sintiendo sus ojos fijos en cada centímetro de mi piel desnuda. Me llevó al baño y abrió la ducha. Me indicó que me metiera y comenzó a lavarme con una lentitud perversa. Pasó el estropajo áspero por mis senos, tallando mis pezones hasta que se pusieron duros y sensibles, bajó por mi vientre, restregó con fuerza mis muslos y se detuvo deliberadamente entre mis piernas abiertas, lavando mi vulva empapada. Después me enjabonó el cabello, me lo desenredó y me peinó con una mezcla de crueldad y ternura que me desarmaba por completo.
De regreso en la habitación, sacó las cuerdas. Me ató las manos con firmeza a la espalda, inmovilizándome, y con una voz ronca que me recorrió la espina dorsal, ordenó:
—Ponte de rodillas.
Obedecí de inmediato. Frente a mí, liberó su miembro erecto, grueso y palpitante. Pude ver el destello de los piercings metálicos cruzados en el glande antes de que me lo empujara directamente a la boca. Su mano áspera se aferró con fuerza a mi cabello, sujetando mi cabeza para marcar el ritmo. Me follaba la boca sin compasión, obligándome a tragarme su verga hasta la garganta, sintiendo cómo se ensanchaba mi boca y cómo la saliva escurría por mi barbilla mientras él cabalgaba mi rostro con embates profundos y posesivos.
—Ponte de pie —ordenó de nuevo.
Me desató las manos, pero solo para envolver mi torso en un juego de cuerdas más complejo. Sus dedos expertos cruzaron el cáñamo con fuerza alrededor de mis costillas, levantando y apretando mis senos, y tejiendo un arnés de nudos ajustados que se clavaba en mi carne. Me dejó un body de cuerdas ceñido que me permitía moverme, pero que dejaba mi vagina completamente expuesta, con los labios húmedos y abiertos al aire, y mis pezones erectos y prisioneros del arnés.
A partir de ahí, el dormitorio se convirtió en un delirio de fricción y fluidos. Me tiró contra la cama y me abrió las piernas. Su lengua caliente y experta se hundió en mi clítoris y dentro de mi cuca, sorbiendo mis jugos mientras yo me arqueaba, gimiendo contra las cuerdas. Luego, se alzó y me penetró con su verga dura, cogiéndome de todas las formas posibles; sentía sus embestidas profundas rasgándome por la cuca, haciéndome ver estrellas, y cuando cambió de ángulo para metérmela por el culo, el dolor exquisito y ardiente se mezcló con un placer tan intenso que me hizo gritar.
Para coronar mi total sumisión, se puso de pie frente a mí, sacó su miembro chorreando semen y me orinó encima. Dejó que el líquido tibio cayera sobre mis pechos, empapara mi vientre y recorriera toda mi piel, cubriéndome por completo en un acto de degradación y posesión absoluta donde mi cuerpo ya no me pertenecía, sino que era, de la forma más visceral, exclusivamente suyo.








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