Ahí estaba dana, con d minúscula para remarcar su lugar: mi sumiso, mi cómplice, mi sirvientica y mi putica. No tenía la menor idea de lo que estaba por suceder, ni de que yo esperaba la llegada de un amigo.
Para preparar la escena, la sometí con ataduras firmes. Aseguré sus muñecas y tobillos utilizando nudos tácticos que tensaban sus articulaciones, sujetándola a la estructura del marco de la puerta del baño. El amarre estaba diseñado con precisión para dejar su cuerpo en una suspensión parcial, obligándola a sostener su propio peso en puntas de pie para no cortar la circulación. Para privarla por completo del control, le ajusté una venda negra tupida sobre los ojos y un bozal de cuero que ahogaba cualquier intento de protesta, dejándola sumida en el silencio y la oscuridad.
Un poco más tarde sonó la puerta. Era mi amigo —un hombre de presencia dominante, firme y para nada sumiso—, quien entró con la compostura de quien sabe perfectamente a qué viene. Nos acomodamos en la estancia y comenzamos a besarnos y acariciarnos en un silencio absoluto, manteniendo cada movimiento bajo control para que dana no pudiera descifrar la situación mediante el oído.
A pesar de la restricción sensorial y el bozal, la tensión en la habitación era evidente. Empecé a notar cómo la respiración de dana se aceleraba y cómo, ante la sospecha del contacto y los leves jadeos entre mi amigo y yo, su cuerpo respondía de forma inevitable con una erección rígida y marcada.
Me levanté de la cama, me acerqué a la puerta y liberé los amarres del marco con parsimonia. Le retiré la venda de un tirón y le ordené ponerse de pie en la esquina de la habitación. Permanecía completamente desnuda, con el cuerpo marcado por las cuerdas y la erección expuesta, obligada a presenciar desde el rincón cómo mi amigo y yo nos entregábamos al placer. Sabía perfectamente la humillación que sentía al verse reducida a un mero espectador, y cómo esa misma degradación alimentaba su excitación.
Al notar la firmeza de su erección mientras nos miraba, me acerqué lentamente, le asenté una cachetada firme en el rostro para marcar la disciplina y el sometimiento, y volví sin decir una palabra al regazo de mi amigo para continuar haciéndole el amor en su presencia








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