Yo no elijo hombres como quien elige un vino en una fiesta.
No me dejo seducir por la etiqueta más cara, ni por el que todos alaban, ni por el que llega primero con la sonrisa fácil y las promesas dulces. He aprendido, a fuerza de catas fallidas, que lo que brilla en la superficie casi nunca sobrevive al primer sorbo.
Aquella noche, en la penumbra de la sala, observaba la fila de copas sobre la mesa de mármol. Blanco, rosado, tinto… cada uno con su promesa. Pero mi mirada se detuvo en el que aún no había sido abierto. El que esperaba.
—¿No vas a probar ninguno? —preguntó él, el de la sonrisa fácil, el que ya se había servido dos veces.
Giré la copa entre los dedos, sin llevarla a los labios.
—Primero observo —respondí con calma—. Cómo se abre. Cómo evoluciona. Si tiene estructura… o solo perfume.
Él rió, incómodo.
—Los hombres no somos vinos, cariño.
Sonreí apenas, esa sonrisa que no regalo a cualquiera.
—Exactamente. Por eso no elijo al primero que se ofrece.
El verdadero placer no está en el que llega listo para ser bebido.
Está en el que sabe abrirse con el tiempo.
En el que gana complejidad.
En el que, cuando por fin se entrega… lo hace con carácter.
Y entonces lo vi a él.
No al de la sonrisa fácil.
Al otro.
El que había estado en silencio, observándome también.
El que no necesitaba llenar el aire de palabras.
El que, cuando por fin levantó su copa y me miró a los ojos, lo hizo con la misma lentitud con la que un gran vino revela su verdad.
No me apresuré.
No me entregué.
Solo incliné ligeramente la cabeza, como quien reconoce algo raro y valioso.
Porque yo, mujer con carácter, no elijo a cualquier hombre.
Elijo al que, como el mejor vino,
no se destapa para agradar…
sino para ser recordado.
Atenea666








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