La fiesta de prom bullía a mi alrededor como un remolino de elegancia efímera, el aire perfumado con el dulzor de flores frescas en los centros de mesa —jazmines y rosas rojas— mezclado con el aroma sutil de colonias caras y el leve sudor de cuerpos jóvenes vestidos para impresionar. Estaba de pie junto a la mesa de bebidas, usando un vestido que, aunque elegante, no estaba diseñado para robar miradas—un diseño negro ceñido de seda satinada que cae en ondas suaves hasta los tobillos, con un escote sutil que resalta el arco tímido de mis pechos y el contorno de las caderas— se adherida a mi piel, el roce fresco de la tela contrastando con el calor de la sala iluminada por candelabros dorados y luces LED que parpadeaban al ritmo de la música. Sentía el peso de un collar de perlas falsas, regalo de mi madre, rozándome la clavícula, y el aroma a vainilla del perfume se entremezclaba con el de los cócteles frutales que había probado, nublando ligeramente mi mente.
Ahí estaba John, recostado contra una columna adornada con globos plateados, su traje negro ajustado —chaqueta entallada que resaltaba sus hombros anchos y pantalones que delineaban sus piernas musculosas— con esa aura de chico malo que siempre había dominado los pasillos de la escuela, el que fumaba a escondidas en el patio y coqueteaba con las chicas populares. Sus ojos, oscuros y magnéticos, me encontraron entre la multitud de parejas bailando. Mientras se acercaba, yo recordaba los años en el colegio, donde él era el rey del bullying, pero siempre fui ignorada, hasta para reírse de mí. Yo era la chica tímida que se escondía en los libros y las notas perfectas, insegura de su propia belleza, creyendo que nunca podría competir con las reinas del salón, por lo que los hombres con quienes me relacionaba eran del mismo tipo, había tenido novios fugaces, besos robados que no dejan huella, una inexperiencia que me hacía anhelar llegar pronto a la universidad para relacionarme con chicos de verdad, algo que me hiciera sentir viva. Pensé que sería la siguiente fuente de burla de John y me arrepentí de no haber esperado a mi amiga para ir por un coctel.
—Oye, Tati—su voz cortó el bullicio como un susurro ronco, llevando el aroma de su loción aftershave, una mezcla de tabaco y cítricos que me envolvió cuando se acercó—. Te ves impresionante esta noche—. Quede en suspenso, esperando la parte del insulto.
—Gracias, John. Tú también. —Mis ojos me traicionaron, deteniéndose en el botón abierto de su camisa, revelando un atisbo de pecho esculpido que invitaba al tacto.
—Sí, bueno, el traje no es lo mío, pero por una noche como esta... —dijo con esa sonrisa retorcida, un destello de dientes blancos que acelera el pulso—. ¿Y dónde está tu acompañante? Pensé que vendrías con alguien. — Sentí el rubor subir a mis mejillas al notar que el posible insulto se quedaba en cumplido, cálido como el trago de ron que había bebido.
—Oh, no tengo uno fijo. Vienen y van, ya sabes. Nadie importante. — Reí nerviosamente, ajustando el tirante del vestido, la seda suave entre mis dedos, mientras el aroma a canela de los postres cercanos me llamaba. Era verdad, mis romances en el colegio habían sido efímeros, besos en casas de amigos y noviazgos que se desvanecían en pocos días.
—Perdedora para ellos —bromeó John, pero había un filo en su voz, y sentí cómo sus palabras despiertaban ecos en mi, inseguridades que había enterrado: la timidez que me hizo dudar de mi atractivo, la creencia de que un chico como él estaría fuera de mi alcance. El cóctel en mi estómago ardió, nublando mi mente, haciendo que el mundo se inclinara ligeramente. ¿Que había querido decir?
De pronto, un tropiezo en la pista: un chico delgado cae a nuestros pies, su corbata desatada volando como una bandera, revelando un poco de piel bajo la camisa. John sonrió, palmeando su espalda:
—Tranquilo, hombre. Es el prom. Las cosas se sueltan—.
Sus ojos volvieron a mi, brillando como estrellas oscuras. —Ves? Todos se están soltando. Te estás perdiendo la vida, Tatiana. Necesitas divertirte un poco—.
Crucé los brazos, sentí cómo mis senos se presionaron contra la seda fina, un roce que envía ondas de sensibilidad a tu piel, pero que poco después noté que también llamó la atención de John. —No me estoy perdiendo de nada. Solo... no soy así. —Pero en mi interior, la inseguridad gritaba: ¿por qué no? ¿Por qué no soltarme esta noche?, Igual era la ultima noche.
John se acercó a mi, sentí su aliento cálido en mi oído. —¿No eres cómo? La chica que tiene miedo de divertirse? ¿O no eres como la chica que no ha podido estar con alguien desde el primer año de secundaria porque ninguno te ha hecho sentir como la mujer más sexy de la sala? ¿O no eres como la chica que está por graduarse y nunca se la ha visto en una fiesta? ¿No eres así?
No pude responder, mis ojos se desviaron de su mirada escaneando la gran sala de estar y el comedor. Me pregunté brevemente dónde estaba mi amiga. En el aturdimiento, intenté reconstruir el último comentario de John. ¿Qué estaba insinuando? ¿Que era sexy?. Pensé en irme y dejarle allí solo, igual solo estaba burlándose de mi, pero su mano me tomó del brazo con un poco más de fuerza de la necesaria.
—Déjame decirte algo —susurró, su voz un río de seda oscura—. Te he estado observando toda la noche. Veo la curiosidad en tus ojos, el hambre por soltarte. Quieres vivir experiencias, estar con alguien que no tiene miedo de tomar lo que quiere—.
—John, yo tengo que…— Su dedo se posó en mis labios, silenciándome.
—Shh, no digas nada, solo permíteme decirte lo que yo te haría— dijo tomándome por la cintura y simulando que bailábamos, de esta manera no se vería tan obvia su manera de retenerme. — Y luego te vas… si quieres—.
No supe como reaccionar, por un lado estaba en shock por la manera en que me hablaba, la seguridad que mostraba. Por otro, porque nunca pensé que él se fijaría en una chica como yo. Solo quiere usarme pensé: Una victima más del chico malo.
Se acercó de manera que sus palabras recorrieran un muy corto camino hasta mi. —Primero, te llevaría a un lugar privado. Donde pudiéramos estar solos. Empezaría besándote, lento y profundo, mis manos recorriendo tu cuerpo, sintiendo cada curva, cada centímetro de piel que nadie nunca ha apreciado—.
Temblé, mis pezones comenzaban a endurecerse contra la tela del vestido. Me sentí tan expuesta y el arrepentimiento por haber bebido esos cocteles que me impedían reaccionar como normalmente lo hubiera hecho, y sus palabras me excitaban, creo que me mordí el labio inferior mientras él continuaba.
—Luego —continuó, —deslizaría este vestido de tus hombros, llevándolo a tus pies. Estarías allí, desnuda y hermosa, y me tomaría mi tiempo admirándote. Tus pechos, tan llenos y perfectos, tu cintura, tus caderas, ese trasero que nunca han adorado como se debe—. Mi respiración se entrecortaba, mis mejillas ardiendo de vergüenza y deseo. Imaginaba mis senos, expuestos al aire fresco; su boca en ellos, la lengua danzando en mis pezones, el olor a mi propia excitación mezclándose con el suyo.
—Me arrodillaría —continuó John, su voz áspera por la lujuria—, y besaría todo tu cuerpo. Provocaría tus pezones con mi lengua, chupándolos hasta que estés gimiendo. Luego, trazaría besos por tu estómago, más abajo, hasta estar justo ahí, entre tus piernas—. Su mano se deslizó de mi espalda baja por los contornos de mi cuerpo, deteniéndose en mis caderas y presionándome contra él.
—Te abriría —dijo John, —y enterraría mi cara en tu vagina. Te comería como nunca te han comido, mi lengua rozando tu clítoris, mis dedos deslizándose dentro de ti, follándote hasta que estés gritando mi nombre. Y cuando estés cerca, tan cerca de venirte, me detendría—. Mis ojos abiertos ya no miraban a ningún lado, sentía mi pecho subir y bajar. De mis 3 o 4 noviecitos, ninguno me había hablado así y la picardía de esto me excitaba. —¿Por qué te detendrías? —No podía creer que acababa de preguntar eso.
John sonrió. —Porque querría hacerte rogar por ello. Y luego, cuando estés desesperada, cuando estés suplicando que termine lo que empecé, me pondría de pie, mi polla dura y palpitante, y te empujaría a ponerte de perrito—.
—Agarraría tus caderas —murmuró—, y deslizaría mi gran pene profundamente dentro de ti. Te follaría duro y lento, mi polla estirando tu coño apretado, haciéndote sentir cada centímetro de mí. Mis ojos se pusieron en blanco, mi cuerpo arqueándose como si pudiera sentir los empujes imaginarios.
—Te embestiría sin parar —continuó, su voz cargada de deseo—, hasta que estés gritando, hasta que te vengas tan fuerte que no puedas ni hablar. Y luego, cuando seas un desastre tembloroso, me retiraría y te pondría de espaldas. Me inclinaría sobre ti, mi polla goteando con tus jugos, y te diría que la chupes— Apreté mis manos a su traje.
—Tú me tomarías en tu boca —dijo John, con su voz un gruñido—, chupándome profundo, tus labios envolviendo mi eje, tu lengua girando alrededor de la cabeza. Y follaría tu boca como follé tu coño, hasta que esté listo para correrme. Y luego, cuando esté a punto de explotar, me retiraría y descargaría mi semen sobre tus tetas, viendo cómo mi esperma gotea y se pierde por este canal—. Dijo mientras se retiraba un poco para poner su dedo justo donde se unían mis tetas.
—Y después —dijo tras una pausa—, empezaría de nuevo. —Entonces miré sus ojos castaños. Nunca me había imaginado que esto pasaría. Había oído hablar de John. Su reputación con las mujeres. Incluso en la secundaria, la gente sabía que era un chico salvaje, pero sentir que todo esto era enfocado en mi...
—Entonces —dijo, su voz suave pero autoritaria—, ¿qué dices, Tatiana? ¿Quieres descubrir si eres capaz de aguantar esto?
El alcohol nublaba mi mente, pero el deseo era un incendio. Nunca asentí, pero tampoco me negué, por lo que él me tomó la mano, me sacó de la sala y me llevó por un pasillo oscuro que se alejaba del salón de eventos, el aire más fresco pero cargado de anticipación, el eco de la música desvaneciéndose como un sueño.
Entramos en una habitación apartada —quizá un salón privado con cortinas de terciopelo y un sofá mullido que olía a limpieza hotelera—, no podía ser que John la hubiera encontrado casualmente, de alguna manera él ya sabía que estaba allí, pero de eso me enteraría después. Cerró la puerta. Nadie me veía, pero el pánico de ser descubierta latía fuerte en mi pecho. John comenzó a besarme, hambriento, sus manos tirando de mi vestido. —No pienses. Solo siente —.
La seda cayó, dejándome desnuda, la piel erizada por el aire, y él me admiraba, me generaba pudor, pero con sus manos detuvo las mías cuando intenté cubrirme. —Maldita sea —susurra, y me sentí vista, deseada. Me tumbó en el sofá, llevó sus labios a mi clavícula, me besó con deseo, con hambre, dedicó algunos segundos para luego bajar y comenzar a chupar mis tetas, mis pezones endurecidos bajo su boca, colocó su rodilla entre mis piernas frotándose con mi humedad. Esta montaña rusa de sensaciones me volvía loca.
Luego, se desnudó, su traje cayó sobre el mío, abrí lo ojos para ver su polla, gruesa, con venas marcadas, la cabeza goteando. Para ese entonces no había conocido muchas, por lo que me sentía muy excitada. Inhalé su aroma, masculino y crudo, mientras él se arrodillaba entre mis piernas. Comenzó a besar mi abdomen y mis caderas mientras pasaba sus manos por mis piernas, cada roce me hacía estremecer. Continuó su camino hasta mi vagina, su lengua exploró mi intimidad de manera espectacular, no importaba si sabía lo que hacía, en mi mente era mucho más experto que yo, por lo que todo era perfecto.
En pocos segundos me escuché gimiendo, con pies al cielo, ondas de placer estaban construyéndose como una tormenta. Poco a poco estaba en un trance que me hacía explotar. Y de pronto, John se detuvo. En ese momento recordé su advertencia de no dejarme terminar. Lo odié.
Aún tratando de reponerme del sexo oral, John se levantó y me miró con una sonrisa malvada. —Girate—. Me ordenó y no puse mucha resistencia. Puse mis rodillas en el sofá y me agarré del espaldar. Su pene quedó a la altura perfecta para tomarme de perrito, acomodó su hombría entre mis labios vaginales. —¿lo quieres? —preguntó, y sentí el anhelo, comparándolo con los breves encuentros pasados, delgados y olvidables.
—Fóllame —supliqué, como él lo había querido, y entonces obedeció. Me tenía agarrada de las caderas y comenzó a ejercer presión suavemente, penetrándome lento, estirándome hasta el éxtasis. Cada empuje era un verso de placer, más profundo, más fuerte. Comenzaba nuevamente a sentir los corrientazos en mi interior, John me apretaba las caderas con fuerza y sus embestidas eran cada vez más intensas, más rápidas, descontroladas y, en un giro inesperado, su cuerpo se tenso, y empezó a llenar mi interior de su leche, acompañada de un gruñido sonoro. Fue…… rápido, extrañamente rápido, para lo que me había prometido, dejando el aire cargado de sorpresa y un silencio pesado.
Se retiró, dejando que su esperma empezará a gotear saliendo de mi. Me acosté en el sofá aún sin decir nada, aún zumbando de placer parcial, satisfecha en cierta manera, pero con un vacío de no haber llegado a mi clímax.
—Wow Tatiana— logró decir aún tratando de controlar la respiración, —No imaginé que estuvieras tan apretada y bella— sonó a excusa. —Aún quiero que tengas un orgasmo, tan solo…—, trataba de buscar fuerzas para continuar. —Dame unos momentos—.
—Lo siento John— lo interrumpí mientras recogía mi vestido. Me vestí rápidamente y me dispuse a regresar a la fiesta, las promesas de una noche interminable se desvanecieron como humo, quedé anelando lo que no llegó, la timidez regresando como una sombra en la elegancia rota del prom.
Y mientras caminaba de regreso al salón, sintiendo todavía el eco tibio de su cuerpo y el peso fantasma de sus manos en mis caderas, entendí que aquella noche no había sido sobre John, ni sobre su fama ni sus promesas rotas. Fue sobre mí. Sobre la piel que descubrí como propia, sobre el temblor que no supe nombrar y la certeza inesperada de que, aunque él no cumplió todo lo que dijo, despertó algo que yo no sabía que estaba dormido. Crucé la puerta del prom con el vestido aún torcido y el pulso acelerado, sabiendo que esa noche no me había dado mi primer gran orgasmo… pero sí mi primer deseo real de buscarlo. Esa fue la verdadera graduación.









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