Juliana y Ricardo se conocieron en una feria de arquitectura en Bogotá, hace cinco años. Ella acababa de graduarse, él ya tenía un nombre en el sector inmobiliario. Se enamoraron rápido, se casaron al año siguiente y se mudaron a Cali, a un penthouse en Ciudad Jardín con vista al club y a los cerros. Ricardo le dio a Juliana todo lo que ella había soñado: una casa hermosa, viajes, un estudio propio en el norte donde diseñaba casas de lujo, y la libertad de elegir sus proyectos. Pero con los años, la cama se fue apagando. No hubo una pelea, ni un engaño, ni un motivo. Solo distancia. Ricardo llegaba tarde, cansado de reuniones y números, y Juliana se quedaba despierta mirando el techo, con la sensación de estar sola en su propio matrimonio.
Una noche de octubre, después de cerrar el estudio, Juliana se quedó en la oficina leyendo relatos en su celular. No era algo que hiciera normalmente, pero esa noche no quería llegar a casa. Encontró mis relatos por casualidad, en un foro que alguien había compartido en un grupo de arquitectas. Leyó uno, luego otro, luego cinco. Cuando llegó a casa, Ricardo ya dormía. Ella se metió a la cama y se tocó pensando en lo que sería no tener que decidir nada, no tener que sostener nada, no tener que ser la arquitecta exitosa que todos esperaban. Se sintió culpable y se sintió mejor que en meses.
Tres días después me escribió. Me dijo que tenía 27 años, que era arquitecta, que llevaba cuatro años casada con Ricardo, un inversionista inmobiliario que le daba todo lo material pero poco en la cama. Me dijo que había leído mis relatos durante meses, que se había tocado pensando en lo que sería no tener que decidir nada, y que por fin se había animado a escribirme. Me preguntó si podía verla.
Le respondí que sí, pero que necesitaba hablar con los dos antes. Le pregunté si Ricardo sabía que ella me estaba escribiendo. Me dijo que no, que no sabía cómo decírselo, que tenía miedo de que él lo tomara mal. Le dije que entonces no podíamos vernos. Que si esto iba a pasar, tenía que pasar con los dos de acuerdo, con las reglas claras y con la palabra de seguridad hablada antes. Juliana me dijo que lo iba a hablar con Ricardo esa misma noche.
Me escribió al día siguiente: "Hablé con él. Está de acuerdo. Quiere conocerte. ¿Cuándo puedes venir?".
Quedamos un jueves a las ocho de la noche en su penthouse de Ciudad Jardín.
Llegué quince minutos antes y esperé en el parqueadero de visitantes, viendo las luces de la ciudad desde la colina. Cuando subí, Ricardo me abrió la puerta con una sonrisa tranquila. Era un hombre de contextura media, canoso en las sienes, con barba corta y manos de quien está acostumbrado a firmar cheques. Me hizo pasar a la sala, donde Juliana esperaba de pie junto al ventanal, con la ciudad iluminada a sus pies. Era alta, de metro setenta y dos, con el pelo negro liso cayéndole sobre los hombros y los ojos claros. Vestía un vestido de seda negro que le marcaba la cintura y le dejaba los hombros al descubierto.
Nos sentamos los tres en el sofá. Ricardo me ofreció whisky. Acepté. Hablamos durante media hora antes de tocar el tema.
Me contaron cómo se conocieron, cómo habían construido su vida juntos, cómo habían llegado a ese punto de distancia sin darse cuenta. Ricardo me dijo que él sabía que la había descuidado, que el trabajo lo había absorbido, que ya no sabía cómo recuperarla. Juliana me dijo que no quería separarse, que lo quería, pero que necesitaba algo que él no le estaba dando.
Les pregunté si habían hablado de límites, de palabras de seguridad, de qué querían y qué no. Ricardo me dijo que él quería observar esa primera vez, que quizás después participaría. Juliana me dijo que quería probar la sumisión, que quería no pensar, que quería que alguien le dijera qué hacer. Les dije que estaba bien, pero que las reglas eran claras: si alguien quería parar, decía la palabra, y todo se detenía. Los dos asintieron. Juliana eligió la palabra "casa". Ricardo eligió la misma.
Empezamos en el dormitorio. Ricardo se sentó en una silla junto a la puerta. Juliana y yo nos quedamos de pie.
Le dije que se quitara el vestido. Lo hizo despacio, sin dejar de mirarme. Debajo llevaba un conjunto de encaje negro que apenas contenía sus senos. Le quité el sostén y sus senos aparecieron, medianos, con pezones rosados que se endurecieron apenas los toqué. Le bajé la ropa interior. Su sexo estaba con algo de vello algo así como una linea pero bien cuidada al ras, con los labios delgados y un clítoris que asomaba. La recosté en la cama y la lamí despacio, sin prisa. Juliana gemía bajito, con las manos agarradas a las sábanas. Cuando la penetré, ella soltó un suspiro largo. La embestí con calma primero, agarrándola de las caderas. Se corrió una vez, con un grito corto. Ricardo, desde su silla, aplaudió quedamente.
Al terminar, Juliana se quedó quieta, respirando fuerte.
Ricardo se levantó para darle agua. Le acarició el pelo y le dijo algo al oído que no alcancé a escuchar.
Ella sonrió. Me acompañaron a la puerta. Antes de salir, Ricardo me dio la mano y me dijo: "Gracias. No sabes lo que significa esto para nosotros".




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