La cuarta semana, me escribió Juliana un domingo por la tarde en mi Whatsaap pues decidí darlo.
Me dijo que querían verme una vez más, que esta vez Ricardo Entiendo que quería servir, que quería traerles agua, toallas, lo que hiciera falta, que quería estar presente pero en un papel de servicio. Me dijo que él había sido el que lo había propuesto, después de una conversación larga el sábado por la noche.
Le respondí que sí, pero que necesitaba hablar con los dos antes. Quedamos un miércoles a las siete de la noche.
Cuando llegué, Ricardo me recibió con una botella de vino y dos copas. Juliana estaba en la sala, con un vestido de seda verde que le marcaba cada curva. Nos sentamos los tres y hablamos claro. Ricardo me dijo que quería servir durante el encuentro, pero solo bajo mis órdenes
. Me dijo que había pensado en lo que significaba servir, que no era humillación, que era otra forma de estar presente, de cuidar a Juliana desde otro lugar. Juliana me dijo que quería verlo a él haciendo lo que yo le pidiera. Les dije que estaba bien, pero que las reglas eran claras: si alguien quería parar, decía la palabra, y todo se detenía. Los dos repitieron la palabra "casa".
Empezamos en la sala.
Le dije a Ricardo que se quedara de pie junto a la mesa, con la botella de agua en la mano, y que no se moviera hasta que yo le dijera. Obedeció. Juliana y yo nos quedamos en el sofá. La desnudé sin prisa, besando cada centímetro de su piel. La lamí hasta que se corrió una vez. Luego le dije a Ricardo que se acercara y que le diera agua a su esposa. Ricardo obedeció, arrodillado, con el vaso en la mano, mientras Juliana bebía y yo la acariciaba.
Después la penetré en el sofá, con Ricardo mirando desde el suelo, a centímetros. Juliana se corrió dos veces más. Me quité el condón y me corrí sobre sus senos. Ricardo, sin que yo lo pidiera, se inclinó y lamió lo que escurría. Juliana se rió, lo acarició en la cabeza y le dijo: "Gracias, amor". Ricardo se quedó un rato en el suelo, con la cabeza apoyada en las rodillas de Juliana, mientras ella le acariciaba el pelo. Yo me vestí y los dejé solos unos minutos. Cuando volví, estaban abrazados en el sofá, en silencio. Ricardo me miró y me dijo: "Esto es lo que necesitábamos. No lo sabíamos, pero esto es lo que necesitábamos un hombre que nos guíe en la relación, por primera vez reconozco que soy un poco hombre"
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