La tercera semana, me escribió Ricardo, un jueves por la mañana. Me dijo que Juliana quería que la próxima vez fuera más intensa, que ella me escribiría para darme los detalles, que él estaría en la casa pero no en la misma habitación, que quería que ella decidiera todo. Me dijo también que había pensado mucho esos días, que había entendido que su papel no era solo observar, que había algo en estar fuera de la habitación, escuchando, que lo hacía sentir parte de algo sin invadir. Le respondí que estaba bien, pero que necesitaba que Juliana me lo confirmara directamente. Juliana me escribió esa misma tarde: "Quiero que esta vez me sometas más. Quiero no pensar como en las veces anteriores pero está vez quiero más no tengas reparos.
Quiero que Ricardo escuche desde el otro cuarto y no entre hasta que yo lo llame".
Esa semana pensé en la evolución de los dos. Ricardo, el hombre de negocios que dirigía todo en su vida, estaba aprendiendo a soltar. Juliana, la arquitecta que decidía cada detalle de sus proyectos, estaba aprendiendo a no decidir. Y yo, en el medio, sosteniendo el espacio para que eso pasara sin que nadie se lastimara.
Quedamos un viernes a las ocho de la noche. Cuando llegué, Ricardo me abrió, me dio la mano y me dijo: "Estoy en la habitación de huéspedes. Si necesitan algo, golpeen la pared". Se fue.
Juliana estaba en el dormitorio principal, con un conjunto de encaje rojo que apenas contenía sus senos. La besé sin decir nada.
Le dije que se arrodillara. Obedeció. Le dije que me desabrochara el pantalón. Lo hizo. Le dije que me lo chupara. Lo hizo, despacio, con la lengua, mirándome a los ojos. La dejé así varios minutos, con la boca llena, hasta que la levanté del pelo y la llevé a la cama.
Le dije que se pusiera boca abajo. Obedeció. Le dije que abriera las piernas. Obedeció.
La penetré despacio, luego más fuerte, tirándole del pelo, dándole nalgadas que resonaban en toda la casa. Juliana gritaba, pedía más, se retorcía. Se corrió tres veces antes de que yo terminara. Me quité el condón y me corrí sobre su espalda. Juliana, jadeando, llamó a Ricardo. Él entró, la cubrió con una sábana y le dio un beso en la frente. "Gracias", me dijo. "Gracias por cuidarla".
Después, los tres nos quedamos en la sala, tomando agua. Ricardo me preguntó si podía hacerle una pregunta. Le dije que sí.
Me preguntó si yo había visto antes parejas como ellos, si esto era algo que yo hacía seguido.
Le dije la verdad: que había estado con parejas primerizas y con parejas con experiencia, y que lo que hacía la diferencia no era la experiencia, sino la comunicación. Ricardo asintió. Juliana le tomó la mano. Nos despedimos con un abrazo, los tres.
Esa noche sentí que algo había cambiado entre ellos.
Ahora si quieres vivir esto y eres un cornudo estás en cali deja el mensaje,tu esposa es mía.




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