La semana siguiente, Juliana me escribió directamente.
Me dijo que Ricardo había estado distinto después de esa noche, más atento, más presente, que habían hablado mucho, que habían dormido abrazados por primera vez en meses.
Me dijo que quería verme otra vez, que esta vez Ricardo se quedaría hasta el final, que quería estar más cerca.
Le respondí que estaba bien, pero que esta vez quería más tiempo. Quedamos un sábado a las cuatro de la tarde.
Esa semana, mientras esperaba el sábado, pensé en ellos más de lo habitual. No era solo el sexo. Era la forma en que Ricardo me había mirado al despedirse, como si me estuviera confiando algo que no sabía cómo sostener.
Y la forma en que Juliana se había entregado, sin miedo, con una confianza que no se improvisa.
Llegué a las cuatro en punto. Ricardo me recibió con una sonrisa más relajada que la primera vez. Me dijo que esa tarde tenía una llamada de negocios con un cliente en Bogotá y que se iría a las cinco, pero que había instalado una cámara en el dormitorio para poder ver todo desde el celular. Me pareció curioso, pero respeté su decisión.
Le pregunté si Juliana estaba de acuerdo con la cámara. Me dijo que sí, que lo habían hablado esa mañana. Juliana estaba en la sala, con un vestido de verano que le dejaba los hombros al descubierto. Olía a jazmín y a un perfume suave. Me dio un beso en la boca y me ofreció agua.
Ricardo nos dejó solos a las cinco.
Cerró la puerta con llave y se fue. Juliana y yo nos quedamos en la sala. La besé de pie, contra el ventanal, mientras el sol de la tarde entraba en diagonal. Le bajé el vestido y sus senos aparecieron, con los pezones ya duros. La llevé al sofá y la puse en cuatro, con las manos agarradas al respaldo. La penetré desde atrás, agarrándola de las caderas y mordiendo su oreja, tirándole del pelo. Juliana gemía fuerte, sin pudor, con la espalda arqueada. Se vino dos veces antes de que yo terminara.
Me quité el condón y me vine sobre sus nalgas. Juliana se quedó quieta, respirando fuerte. Le pasé una toalla.
Después, nos quedamos en el sofá un rato largo, hablando. Me contó que Ricardo había sido distinto esa semana, que le había preguntado cómo se sentía, que habían ido a cenar a un restaurante del Peñón y habían hablado de ellos, no de trabajo ni de proyectos.
Me dijo que por primera vez en mucho tiempo sentía que su matrimonio tenía futuro.
Le pregunté si eso la hacía sentir culpable. Me dijo que no, que era lo contrario: sentía que esto los había despertado.
Esa noche, Ricardo me escribió: "Vi todo desde la cámara. Gracias. Juliana durmió como no la veía dormir en meses porque ya encontró el macho que la llena de placer que yo no puedo darle"
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