Ser deseada es hermoso.
Lo sé porque su mirada me desnuda antes de que sus manos lo hagan. Pero lo que realmente me derrite es cuando se detiene, me observa con esa curiosidad casi sagrada y susurra: “Quiero el mundo detrás de tus ojos”.
Estoy sentada cabalgando sobre él, desnuda, la piel todavía húmeda de la ducha. Su verga gruesa y caliente late entre mis labios abiertos, rozándome apenas. No se mueve. Solo me mira.
—Háblame —pide, con voz gruesa—. De lo que no puedo ver.
Mis dedos se entierran en su pecho. Empiezo a balancearme despacio, sintiendo cómo la cabeza de su verga se abre paso entre mis pliegues hinchados.
—Tengo miedo de que un día dejes de mirarme así —confieso, la voz temblando mientras bajo un poco más, tragandomelo centímetro a centímetro—. Miedo de que te aburras de mis contradicciones. De mi dualidad. De los recuerdos que dejara este encuentro lujurioso
Él gime bajo, las manos subiendo por mis muslos hasta agarrarme las caderas, pero no me fuerza. Me deja hablar mientras me clavo lentamente sobre él.
—Sigue sigue — ordenandomelo, casi suplicante.
Bajo hasta el fondo. El estiramiento es delicioso, profundo, y un gemido se me escapa. Empiezo a moverme en círculos lentos, frotando mi clítoris contra la base de su verga.
—Sueño contigo dentro de mí incluso cuando no estás. Sueño que me penetras despacio mientras me preguntas por las cosas que quiero hacerte y después me abres las piernas más. Que quieres mis pensamientos sucios tanto como mi cuerpo.
Su respiración se vuelve irregular. Me mira como si yo fuera un misterio que necesita resolver con la lengua y la verga.
—Muéstrame —dice.
Me inclino hacia adelante, apoyándome en sus hombros, y empiezo a cabalgarlo de verdad. Subo y bajo con ritmo profundo, el sonido húmedo de mi vagina tragándolo una y otra vez llenando la habitación. Él me agarra los senos, pellizca mis pezones, pero sus ojos nunca dejan los míos.
—Quiero orbitar tu mente —susurra contra mi boca—. Quiero saber por qué tiemblas cuando te muerdo aquí… —y clava los dientes en mi cuello— …y por qué te vienes más fuerte cuando te hablo de tus mas bajos deseos mientras te penetro.
La confesión me excita mas. Y Acelero. Mis uñas le arañan la espalda. El placer sube como una marea oscura y dulce. Él me sostiene, me ayuda a golpearme más fuerte contra su pelvis, y de pronto estoy gritando, el orgasmo arrancándome desde el centro, mi vagina apretándolo con fuerza, chorreando sobre él.
Pero no se detiene. Me voltea sin sacarlo, me pone de espaldas y me abre las piernas más. Me penetra de nuevo, profundo, lento, casi reverente.
—Cuéntame más —exige, mientras me penetra con esa intensidad curiosa, como si cada embestida fuera una pregunta—. Quiero todas tus contradicciones. Quiero montarte mientras me confiesas lo que nadie más sabe.
Y yo se lo doy.
Entre gemidos, entre orgasmos, entre lagrimas de placer, le entrego mis pensamientos más oscuros, mis deseos más vergonzosos, mis miedos más íntimos… mientras él me llena una y otra vez, fascinado, obsesionado, orbitando no solo mi cuerpo, sino todo el universo secreto que hay detrás de mis ojos.
Ser deseada es hermoso.
Pero ser el motivo de su curiosidad… eso es poéticamente íntimo.
Y ahora mismo, con su verga latiendome dentro y su mirada devorándome el alma, nunca me había sentido tan completamente vista.
«No sé si fue la forma en que me tocaste o la manera en que me miraste, pero hubo un instante en que mi cuerpo guardó silencio y mi imaginación empezó a decirlo todo».
Atenea666







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