Gustavo, el amigo de mi ex
Relato de comunidad Hetero: Generalschedule 23 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

Gustavo, el amigo de mi ex

Ebria lo llamé para que me cogiera salvaje contra la pared y en la cama: su lengua, su verga gruesa, mis gemidos, su leche adentro. Tras una pelea con mi novio su amigo Gustavo llega a llenarme por dentro

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La pelea con Alejandro había llegado a ese punto en el que ya no quedaban palabras que pudieran arreglar nada. Las palabras seguían saliendo, sí, pero habían dejado de servir para explicarnos. Eran otra cosa: golpes lanzados con la voz, frases que uno decía sabiendo exactamente dónde iban a caer porque conocía demasiado bien a la persona que tenía enfrente.

 

Sentía la garganta ardiendo y las manos frías, aunque me temblaban. No recuerdo exactamente cuál fue la última frase que me dijo; recuerdo, en cambio, la sensación que me dejó, esa mezcla de rabia y humillación que me subía desde el estómago hasta el pecho y hacía que respirar pareciera insuficiente. Lo miré durante unos segundos y comprendí que había llegado al límite. Ya no quería ganar la discusión ni tener la última palabra. Solo quería salir de allí.

 

Giré la cabeza hacia la mesa donde había dejado mis cosas. Las llaves del auto de Alejandro estaban ahí. Las tomé.

 

El sonido metálico en mi mano me pareció absurdamente fuerte en medio del silencio que había quedado después de la discusión.

 

—¿Qué vas a hacer?

 

No contesté. Cualquier respuesta habría sido otra discusión. Agarré mis cosas y caminé hacia la puerta mientras sentía el cuerpo entero tenso y cada paso cargado todavía con la rabia de los últimos minutos.

 

—Tatiana. Espera.

 

Seguí caminando. Abrí la puerta y el aire de afuera me golpeó la cara. Bajé los escalones casi sin mirarlos. No quería llorar. Eso era lo que más me molestaba. Sentía los ojos calientes, pero me negaba a darle ese gusto a Alejandro. No quería que pensara que sus palabras habían conseguido romperme, aunque, en realidad, sí me habían roto un poco.

 

Llegué al auto, abrí la puerta y me senté. Cerré detrás de mí y permanecí unos segundos con las manos sobre el volante, respirando demasiado rápido. El interior olía a él, a su perfume, a ese olor familiar que tantas veces había asociado con momentos completamente distintos. Eso me enfureció todavía más.

 

Giré la llave y el motor despertó con un sonido grave. Antes de arrancar miré por el parabrisas. La casa estaba iluminada detrás de mí y, por un instante, imaginé que podía apagar el motor, bajarme y regresar. Podía entrar nuevamente, respirar hondo y decir algo diferente, algo que arreglara la noche.

 

Pero no quería arreglarla. No en ese momento. Quería escapar de ella.

 

Me abroché el cinturón, limpié rápidamente una lágrima que finalmente había conseguido escapar y puse la marcha. Salí a la calle sabiendo que Alejandro estaba en el retrovisor, pero no quise mirarlo. Por primera vez en toda la noche, dejé que la rabia condujera por mí.

 

Las primeras calles las recorrí casi por inercia. Mis manos seguían apretadas alrededor del volante y tenía la mandíbula tan tensa que me dolían los músculos de la cara. Sentía el pulso en las sienes.

 

El semáforo de la esquina cambió a amarillo. Lo vi y, en lugar de frenar, aceleré. No quería detenerme. No quería que nada me obligara a quedarme quieta, ni siquiera un semáforo. Calculé que todavía alcanzaba a pasar. No alcancé. Crucé cuando ya estaba en rojo. Por un segundo pensé que había hecho una estupidez.

 

Pero no me importó.

 

Esa noche no estaba tomando buenas decisiones.

 

Tuve la sensación absurda de que Alejandro seguía dentro del auto. Su voz continuaba repitiéndose en mi cabeza mientras intentaba encontrar el momento exacto en que todo se había ido al carajo, como si localizar una palabra equivocada pudiera devolverme unos minutos atrás. Pero no había sido una sola frase. Habíamos llegado hasta allí después de muchas cosas, y quizás eso era lo que más me dolía.

 

Las luces de la ciudad pasaban a ambos lados del parabrisas. Algunas ventanas estaban encendidas; otras permanecían oscuras. Personas que no sabían nada de mí seguían con sus vidas. Alguien estaría cenando, alguien llegando a casa, alguien abrazando a la persona que quería.

 

Y yo estaba huyendo.

 

—Qué estupidez...

 

No sabía si hablaba de Alejandro, de mí o de toda la situación. Subí la música, pero la primera canción me molestó y la siguiente también, así que terminé apagando el radio. Prefería escuchar el motor antes que mis propios pensamientos.

 

—No voy a llorar.

 

Lo dije en voz alta como si necesitara convencerme, pero las lágrimas aparecieron de todos modos. Una, después otra, hasta que dejé de intentar detenerlas. No quería llorar por él, al menos eso era lo que me repetía. Pero me dolía y estaba llorando.

 

Sin darme cuenta, empecé a pensar en el mirador. Hacía tiempo que no iba. Era uno de esos lugares a los que uno no va para divertirse, sino para pensar cuando hacerlo dentro de cuatro paredes resulta insoportable. Recordé las luces de la ciudad desde arriba, el viento y la sensación de que todo allá abajo parecía pequeño. Quizás eso era lo que necesitaba: que aquella pelea dejara de ocuparlo todo.

 

Vi la entrada más adelante y giré. Era un giro prohibido. Lo sabía desde antes de hacerlo y hasta alcancé a pensar que podía meterme en problemas, pero aquella noche no me importó. Giré igual y seguí subiendo hacia el mirador.

 

A medida que avanzaba, las luces comenzaron a ser menos numerosas y los edificios quedaron atrás. Bajé la velocidad y pensé en cuánto había cambiado mi noche en apenas unos minutos. Había salido pensando que volvería a casa, pero ahora tampoco quería estar allí. No quería enfrentarme a las preguntas de mi familia ni acostarme en mi cama con los ojos hinchados. Quería desaparecer durante unas horas.

 

Finalmente llegué al mirador. No había casi nadie y las pocas luces del estacionamiento parecían demasiado débiles para iluminar realmente nada.

 

Apagué el motor y el silencio después del ruido del auto fue enorme. Podía escuchar mi propia respiración. Miré hacia el frente: allá abajo estaba la ciudad, miles de pequeñas luces extendidas en la oscuridad.

 

Me quité el cinturón, abrí la puerta y, en cuanto mis pies tocaron el suelo, sentí una urgencia casi infantil de correr. Cerré el auto y corrí hasta la baranda, apoyando las dos manos sobre el metal frío. La ciudad estaba debajo de mí, lejana, hermosa, indiferente.

 

Por primera vez aquella noche me quedé completamente quieta. Podían haber sido cinco minutos o media hora. No tenía el teléfono en la mano ni miraba la hora. Por primera vez no me importaba cuánto tiempo estaba pasando.

 

Me limpié las lágrimas con la manga.

 

—Qué noche tan de mierda...

—¿Quieres uno?

 

Me giré buscando la voz.

 

Gustavo estaba a unos metros, con la visera del casco levantada y una mano en el bolsillo de la chaqueta. Con la otra me ofrecía una cajetilla de cigarrillos.

 

Me quedé mirándolo, completamente desconcertada. No lo había escuchado llegar, ni siquiera el estruendoso rugir del motor de su BMW S1000. Llevaba quién sabe cuánto tiempo perdida dentro de mi cabeza; podía haber aterrizado un avión a mi lado y probablemente tampoco lo habría notado.

 

—Sí.

 

Sacó un cigarrillo y caminó hacia mí. Lo tomé y sus dedos rozaron los míos apenas un instante.

 

—¿Fuego?

 

Asentí. Encendió el suyo y después acercó el encendedor al mío. Aspiré profundamente y sentí el humo caliente bajar por mi garganta. Era exactamente lo que necesitaba.

 

Gustavo se apoyó en la baranda a mi lado sin preguntar nada. Y agradecí que no lo hiciera. No necesitaba contar la pelea ni explicar por qué estaba allí. Necesitaba un cigarrillo, necesitaba silencio y, aunque todavía no lo sabía, quizás también necesitaba que alguien se quedara.

 

Pasaron unos minutos antes de que rompiera el silencio.

 

—Conduces como una loca.

—¿Me viste?

—Te vi salir de la casa.

 

Bajé la mirada hacia el cigarrillo.

 

—Entonces sabes que no estoy teniendo una buena noche.

—Lo imaginé.

 

Sonrió apenas. Yo también. Era la primera vez que sonreía desde que había salido de casa de Alejandro.

 

Gustavo miró las luces de la ciudad.

 

—¿Fue Alejandro?

—Sí.

—¿Muy fea?

—Sí.

 

Esperó unos segundos.

 

—¿Quieres hablar de eso?

 

Negué con la cabeza.

 

—Está bien.

 

Otra vez silencio. Aquella facilidad suya para aceptar un no me sorprendió.

 

—¿Cómo supiste que estaba aquí? —pregunté.

—No lo sabía.

 

Fruncí el ceño.

 

—¿Entonces?

—Yo iba llegando a casa de Alejandro. Estaba a unas casas cuando te vi salir.

 

La imagen apareció en mi cabeza: yo saliendo furiosa, subiéndome al auto sin mirar atrás.

 

—¿Me viste?

—Te vi salir corriendo. Alejandro salió detrás de ti. Después te vi arrancar.

—¿Y me seguiste?

—Sí.

 

Lo dijo con tanta naturalidad que sonreí un poco.

 

—¿Por qué?

—No sé. Te vi así y pensé que no era buena idea dejarte ir sola.

—¿Alejandro te llamó?

—Unos segundos después de que arrancaste.

—¿Y no contestaste?

—Pensé que quería que te siguiera. O que lo llevara por ti.

 

Me quedé callada.

 

—¿Y no quisiste?

—Si acababas de salir así de su casa, lo último que necesitabas era que apareciera detrás de ti.

 

Sentí algo extraño al escucharlo.

 

—¿Y si me hubieras perdido?

 

Se sonrió.

 

—No lo habrías hecho.

—Entonces tienes suerte.

—Y tú también.

—¿Yo?

—Necesitabas un cigarrillo.

 

Solté una pequeña risa.

 

El ambiente había cambiado. Ya no sentía la misma necesidad de hablar de Alejandro. Había algo extraño en estar allí con Gustavo, lejos de todo lo que acababa de pasar.

 

—¿Sabes qué es raro? —Pregunté

—¿Qué?

—Que tú estés aquí.

—¿Por qué?

—Porque siempre te he visto como... el amigo de Alejandro.

—Eso soy.

—Sí. Pero ahora estás aquí conmigo.

 

Me miró durante unos segundos.

 

—También soy Gustavo.

 

Sonreí.

 

—Ya sé.

—No estoy seguro de que realmente me hayas conocido alguna vez. No como yo te conozco.

 

No entendí del todo.

 

—No me conoces tanto. — Refute.

—Más de lo que crees. Sé que cuando estás molesta conduces rápido, que cuando estás muy triste no quieres que nadie te pregunte si estás triste y que cuando dices que estás bien, casi nunca estás bien.

 

Lo miré.

 

—¿Desde cuándo te fijas tanto en mí?

 

Gustavo bajó la mirada hacia el cigarrillo.

 

—Desde hace bastante.

 

La respuesta me tomó desprevenida.

 

—¿Por qué?

—No sé.

—Sí sabes.

 

Sonrió.

 

—Tal vez. —Dijo al fin.

—Siempre haces eso. Responder sin responder.

—Funciona a veces.

—No conmigo.

 

Me miró.

 

—Eso también lo sé.

 

Sentí algo extraño, una sensación de estar entrando en un terreno que no conocía. Apagué el cigarrillo contra la baranda y dejé caer la ceniza.

 

Yo miraba la ciudad, pero sabía que Gustavo me estaba mirando. Levanté la cabeza y nuestras miradas se encontraron. No sé cuánto tiempo estuvimos así. Gustavo estaba más cerca; no recordaba haberlo visto acercarse.

 

—¿Qué? —pregunté casi en un susurro.

—Nada.

—Me estás mirando.

—Sí. Te estoy mirando.

—¿Por qué?

 

Esta vez no respondió inmediatamente.

 

—Porque me gustas.

—Nunca me había dado cuenta. —Me tomo unos instantes encontrar que decir

—Ya sé.

 

Sonreí.

 

—¿Desde cuándo?

—Desde hace bastante.

—¿Y nunca dijiste nada?

—¿Qué querías que dijera? Eras la novia de mi mejor amigo.

 

La frase quedó suspendida entre nosotros.

 

—Pero ahora no lo soy.

 

Gustavo no respondió. Solo me miró. Sentí que algo cambiaba entre los dos; era esa clase de silencio en la que ambos entienden lo mismo sin decirlo. Estábamos demasiado cerca, al punto de poder sentir la respiración del otro. Él inclinó ligeramente la cabeza, yo no retrocedí y cerré los ojos apenas un segundo.

 

Entonces escuchamos una voz.

 

—¿Disculpen, me pueden ayudar con algo?

 

Abrí los ojos. Una sombra se acercaba desde el estacionamiento: una persona pidiendo dinero. Gustavo cambió inmediatamente: se puso recto, miró hacia la persona y se ubicó delante de mí con un gesto protector.

 

—Vámonos.

 

No discutí. La sensación que había quedado entre nosotros se rompió de golpe.

 

—Deja el auto, mañana lo recogemos.

 

Caminamos hacia la moto. El motor rugió y llenó el espacio vacío del mirador.

 

—¿A dónde? —preguntó.

 

Me quedé callada unos segundos. No quería volver a casa, enfrentarme a las preguntas de mis padres ni acostarme en mi cama con la cabeza llena de aquella pelea. Tampoco quería regresar a la casa de Alejandro. Necesitaba un lugar donde nadie pudiera encontrarme, donde pudiera desaparecer durante unas horas sin dar explicaciones.

 

—A un hotel.

 

Gustavo se quedó quieto durante un instante. No dijo nada; simplemente asintió.

 

—Está bien.

 

La moto arrancó y, casi por instinto, rodeé su cintura con los brazos. Esta vez el gesto se sintió distinto. Antes de aquella noche, abrazarlo habría sido simplemente una forma de sujetarme, algo práctico, pero ahora sabía que le gustaba y eso había cambiado completamente la sensación de tenerlo entre mis brazos. Era el mismo Gustavo que conocía desde hacía tiempo, pero de repente mi manera de tocarlo ya no podía ser inocente.

 

El viento comenzó a golpearme el rostro a través del casco mientras las luces de la ciudad pasaban rápidamente a ambos lados. Intenté concentrarme en la carretera, pero volvía una y otra vez al mirador: a nuestra conversación, a las llamadas de Alejandro que Gustavo había decidido ignorar, a la manera en que había aparecido con un cigarrillo sin hacer demasiadas preguntas y, sobre todo, a aquel instante en que habíamos estado a punto de besarnos.

 

Apoyé la cabeza contra su espalda y cerré los ojos.

 

¿Qué estaba haciendo?

 

Cuando llegamos al hotel, bajé de la moto y me quedé unos segundos junto a él, todavía intentando ordenar mis pensamientos. Gustavo apagó el motor y se quitó el casco.

 

—¿Estás bien?

 

Asentí.

 

—Sí. Creo que sí.

 

No insistió ni insinuó que quisiera subir conmigo. De hecho, fue precisamente esa ausencia de presión la que terminó de tranquilizarme. Después de una noche en la que todo había parecido una lucha, agradecí que Gustavo simplemente respetara el espacio que yo misma había pedido.

 

Entré al hotel y tomé una habitación. Cuando regresé hacia la entrada, él seguía allí.

 

—Avísame cuando estés lista para que venga por ti —me dijo.

—¿Y si no sé cuándo?

—No importa. Cuando estés lista.

 

No parecía estar esperando una invitación ni intentando prolongar la noche. Simplemente me estaba ofreciendo una salida.

 

Antes de irme recordé que todavía tenía las llaves del auto de Alejandro en el bolsillo.

 

—Toma.

 

Gustavo las recibió.

 

—Yo me encargo de esto.

 

Asentí. Aquel pequeño gesto me hizo sentir más ligera. Ya no tenía que pensar en el auto ni en cómo volver por él, al menos durante unas horas.

 

—Gracias, Gustavo.

—Descansa.

 

Lo vi ponerse nuevamente el casco y subir a la moto. Unos segundos después, el sonido del motor comenzó a alejarse hasta desaparecer entre las luces de la ciudad.

 

Me quedé allí un momento, preguntándome en qué momento aquella noche había dejado de ser solamente una pelea con Alejandro. Cuando salí de su casa solo quería escapar de él, de sus palabras y de mi propia rabia. Ahora estaba en un hotel, sola, con las llaves de mi vida anterior fuera de mis manos y con la imagen de Gustavo todavía demasiado presente en mi cabeza.

 

Subí a la habitación y cerré la puerta. El silencio me golpeó de una manera distinta. Ya no había viento, tráfico ni una discusión esperando al otro lado. Solo estaba yo.

 

Me quité los zapatos, me senté unos minutos y miré alrededor de aquella habitación impersonal que, por unas horas, iba a ser mi refugio. No quería llamar a nadie, explicar dónde estaba ni escuchar consejos. Lo único que necesitaba era dejar de pensar.

 

Me metí en la cama y apagué la luz. Durante un rato permanecí mirando la oscuridad, repasando la noche y preguntándome qué iba a pasar cuando despertara. Quizás al día siguiente todo parecería menos importante. Quizás descubriría que solamente había sido una consecuencia de la rabia y el cansancio, y Gustavo volvería a ocupar el lugar que siempre había tenido en mi cabeza.

 

O quizás no.

 

Cerré los ojos y traté de no seguir buscando respuestas. Por primera vez en muchas horas no tenía que decidir nada: ni volver con Alejandro, ni explicar mi comportamiento, ni pensar en el auto ni en lo que iba a suceder con nuestra relación. Ni siquiera tenía que decidir qué significaba Gustavo para mí.

 

Podía dejarlo para mañana.

 

Y con esa idea, todavía sintiendo una mezcla de cansancio, tristeza y una curiosidad que me negaba a reconocer del todo, finalmente me quedé dormida.

 

Desperté poco después de las diez de la mañana con esa sensación extraña que queda después de dormir en un lugar que no es tuyo. Durante unos segundos no recordé dónde estaba y, poco a poco, regresaron las imágenes de la noche anterior. Ya no sentía la misma rabia; quizás simplemente había dormido lo suficiente para que el enojo dejara de ocupar todo el espacio.

 

Un poco después de las once llame a Gustavo.

 

—Hola.

 

Su voz sonaba completamente normal, y esa normalidad me produjo una pequeña incomodidad.

 

—Hola. ¿Puedes venir por mí?

—Sí, claro. Dame un rato.

 

Hubo un pequeño silencio.

 

—¿Estás bien?

—Mejor.

—Bueno. Te aviso cuando esté abajo.

 

Al llegar nos saludamos como si fuera un día cualquiera. No hubo abrazos prolongados, miradas incómodas ni ninguna referencia a lo ocurrido la noche anterior. Subí a la moto y emprendimos el camino hacia mi casa.

 

Fue él quien rompió el silencio.

 

—Después de dejarte anoche, llamé a Alejandro.

 

Lo miré por encima del hombro.

 

—¿Y qué le dijiste?

—Que iba a pasar por su casa para ir por el carro. También le conté que te había visto salir de allí y que te habías ido bastante alterada.

 

Sentí una pequeña tensión en el estómago.

 

—¿Le dijiste que me trajiste aquí?

—No.

—¿Te preguntó?

—Claro. Le dije que habías ido hacia el mirador, pero no le dije dónde estabas después.

—¿Y qué le dijiste?

—Que lo mejor era dejar que se enfriaran las cosas. Que si él estaba molesto y tú también, seguir buscándote solo iba a empeorar todo.

—¿Y te creyó?

 

Gustavo soltó una pequeña risa.

 

—No sé si me creyó. Pero al final dejó de preguntar.

 

Aquello me tranquilizó más de lo que esperaba. No porque quisiera ocultarme de Alejandro, sino porque todavía no estaba preparada para enfrentarlo.

 

Cuando llegamos a mi casa, Gustavo detuvo la moto y nos quedamos unos segundos frente a la entrada sin saber muy bien qué decirnos. Yo pensé en el casi beso, en la manera en que había cambiado mi percepción de él en apenas unas horas y en que quizás debía preguntarle algo, cualquier cosa que me permitiera entender qué había pasado realmente entre nosotros.

 

Pero no lo hice. Y él tampoco.

 

—Gracias —dije finalmente.

—No tienes que agradecerme.

—Nos vemos.

—Nos vemos.

 

Lo vi alejarse y entrar nuevamente en el tráfico.

 

El resto del día pasó lentamente. Comí algo, me duché y pasé buena parte de la tarde tratando de entender qué quería hacer con Alejandro. En algún momento comprendí que ya no estaba pensando en cómo solucionar la pelea sino en cómo terminar la relación.

 

Por la noche, mucho más tranquila, llamé a Alejandro y le propuse que nos viéramos al día siguiente. No quería terminar por teléfono. Después de todo lo que habíamos vivido juntos, me parecía que al menos eso nos lo debíamos.

 

Cuando lo vi, sentí algo que me sorprendió: no tenía ganas de pelear ni de reprocharle nada. Había imaginado muchas veces cómo sería una ruptura entre nosotros y, en mi cabeza, siempre había lágrimas, gritos o acusaciones. Pero aquella vez simplemente estaba cansada.

 

No había un culpable único. Había demasiadas pequeñas cosas acumuladas durante demasiado tiempo: mi sensación de que muchas veces no había verdadero interés por lo que me importaba, sus propias frustraciones, las diferencias en lo que cada uno esperaba de una relación, las discusiones repetidas y la desconfianza que había crecido entre los dos. Nos levantamos y nos despedimos sin reproches, sin promesas de volver a intentarlo y sin dejar una puerta abierta. Fue, dentro de todo, una despedida bastante civilizada.

 

Las dos semanas siguientes pasaron sin que ocurriera nada especialmente importante. Después de terminar con Alejandro, necesitaba distancia de todo y, por primera vez en mucho tiempo, agradecí no tener que estar pendiente de nadie. Salí con algunos amigos de la universidad, bebí más de lo que probablemente debía, me reí, hablé durante horas y también lloré la tusa como cualquier persona recién salida de una relación.

 

No sabía nada de Alejandro. Tampoco de Gustavo.

 

Hasta que una noche, durante una salida con mis amigas, la conversación terminó hablando de hombres, tomando, riéndonos y pasando de un tema a otro. No sé exactamente en qué momento apareció Gustavo en mi cabeza y entonces pensé en algo que hasta ese momento no me había permitido pensar demasiado:

 

Quería volver a verlo.

 

No sabía para qué ni qué esperaba que ocurriera. Ni siquiera estaba segura de querer que ocurriera algo. Pero quería verlo.

 

Había tomado varias copas y sentía esa ligera pérdida de filtro que aparece cuando se ha bebido lo suficiente como para dejar de discutir consigo misma. Busqué mi teléfono sobre la mesa y abrí la lista de contactos. Allí estaba su nombre, guardado desde hacía tiempo, mientras mis amigas seguían hablando y riéndose, completamente ajenas a la pequeña batalla que ocurría dentro de mi cabeza.

 

Una parte de mí pensaba que probablemente era una mala idea. Otra me decía que no tenía por qué serlo. Ya no estaba con Alejandro. Gustavo y yo éramos adultos y, en realidad, no le debía explicaciones a nadie. Quizás solo quería hablar con él, saber cómo estaba o comprobar si aquella conexión del mirador había sido real o simplemente el resultado de una noche demasiado intensa.

 

Seguí mirando su nombre unos segundos más, hasta que dejé de buscar razones para no hacerlo.

 

Apreté el botón de llamada y me llevé el teléfono al oído.

 

Gustavo contestó después de varios tonos.

 

—¿Tatiana?

 

Sonreí al escuchar su voz.

 

—Hola.

 

Hubo un pequeño silencio.

 

—¿Estás bien?

—Sí. Bueno... estoy un poco borracha.

 

Él soltó una risa.

 

—Eso explica la llamada.

—¿Por qué?

—Porque han pasado dos semanas y de repente te acuerdas de mí.

—No me había olvidado de ti.

 

La respuesta salió demasiado rápido y me arrepentí un poco. Al otro lado se hizo otro silencio, esta vez diferente.

 

—¿Dónde estás?

 

Le dije el nombre del bar y le expliqué que estaba con unas amigas. Hablamos unos minutos sobre cosas bastante normales. Quizás los dos estábamos haciendo lo mismo: tanteando el terreno antes de reconocer lo que realmente queríamos.

 

En algún momento le pregunté:

 

—¿Puedes venir por mí?

 

No respondió inmediatamente.

 

—¿Quieres que vaya?

—Sí.

—¿Estás segura?

 

Miré a mis amigas.

 

—Sí, Gustavo. Quiero verte.

 

Esta vez no hubo ninguna duda.

 

—Está bien. Voy por ti.

 

Cuando llegó sonrió al verme y, por un instante, tuve la sensación de que las dos semanas que habían pasado no habían existido.

 

—Hola.

—Hola.

 

Nos quedamos mirándonos unos segundos antes de que sacara un cigarrillo y me lo ofreciera.

 

—¿Uno?

 

Lo tomé y sonreí.

 

—Parece que esta es nuestra tradición.

—Supongo que sí.

 

Encendió mi cigarrillo y después el suyo. Nos quedamos fumando mientras escuchábamos el ruido de la gente que salía del bar y el tráfico de la calle. Yo sabía perfectamente por qué había llamado, aunque todavía no me atrevía a decirlo en voz alta.

 

—Te extrañé —dije finalmente.

 

Gustavo me miró, sorprendido.

 

—Yo también pensé en ti.

 

—¿Mucho?

 

Sonrió.

 

—Lo suficiente.

 

Aquello fue todo lo que necesitaba.

 

Apagué el cigarrillo, me acerqué a él y lo besé.

 

No fue como el casi beso del mirador, lleno de dudas y silencios. Esta vez no hubo tiempo para preguntarnos qué estábamos haciendo. Lo besé y Gustavo me correspondió inmediatamente, rodeándome con sus brazos mientras nos besábamos como si aquellas dos semanas de distancia solo hubieran servido para acumular las ganas.

 

Cuando nos separamos, nos miramos durante unos segundos.

 

—Creo que deberíamos irnos de aquí —dijo.

 

Sonreí.

 

—Sí.

 

Esta vez no necesitaba pedirle un hotel.

 

El resto de la noche terminó en una habitación, lejos de mis amigas, de la música y de todo lo que había quedado atrás.

 

Apenas cerró la puerta me pegó contra él. Nos besamos con la boca abierta, con hambre de verdad. Yo sentía su lengua gruesa metiéndose en mi boca, la mía enredándose con la suya, el sabor a cigarro y a cerveza. Se escuchaba el chasquido de los besos, la respiración agitada. Él me apretaba la nuca, yo le jalaba la camisa.

 

Me fue caminando hacia atrás hasta que mi espalda dio contra la pared fría. El frío me erizó la piel y su cuerpo caliente encima me hizo gemir en su boca. Ahí, contra la pared, empezó a desnudarme mientras me comía con la boca. Me sacó la blusa, me arrancó el brasier y me chupó las tetas sin piedad. Sentí sus labios calientes cerrándose sobre mi pezón, su lengua dura frotándolo, sus dientes rozándolo apenas. A mí se me ponían duros hasta doler. Yo le tenía la mano enterrada en el pelo, agarrándole la cabeza, guiándolo. Lo empujaba hacia abajo, le decía sin palabras dónde quería su boca. Él obedecía jadeando, con la cara caliente.

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Me bajó la falda y los pantis de un tirón. Quedé desnuda contra la pared, con el coño empapado, chorreando por los muslos. Él me miraba desde abajo, con los ojos brillantes.

 

Me dio la vuelta. Me puso las manos contra la pared, el culo parado. Sentí sus manos grandes abriéndome las nalgas, el aire frío dándome en el coño mojado. Luego su cara entera ahí. Me hizo sexo oral desde atrás, me metió la lengua en el coño, lamiéndome los labios, subiendo hasta el clítoris y volviendo a bajar. Metió la nariz entre mis nalgas, la hundió ahí. Yo gemía alto, "ahh... sí... ahí...", con las piernas temblándome. Sentía su lengua caliente y mojada entrando en mí, su nariz dura presionándome el culo, sus dedos clavándoseme en las nalgas para abrirme más.

 

Se puso de pie detrás de mí. Escuché su cinturón, su pantalón cayendo. Me puso la verga en la entrada. La sentí cabezona, gruesa, caliente, babeando. Yo levanté un poco más mi culo, el solo empujó.

 

Para él fue como meterse en fuego apretado. Sintió cómo la punta me abría los labios, cómo el anillo de mi entrada le apretaba la cabeza, cómo mi carne caliente y mojada se estiraba para dejarlo pasar. Cada centímetro que entraba le apretaba más la verga, le sacaba un gruñido ronco desde el pecho. Sentía mis fluidos resbalándole por el tronco mientras desaparecía dentro de mí.

 

Para mí fue llenarme de golpe. Sentí cómo me abría, cómo me estiraba por dentro, un ardor delicioso que me hizo gritar. "Ahhh, que rico...". Le clavé las uñas en el muslo cuando me llegó hasta el fondo. La tenía toda adentro, gruesa, latiendo dentro de mí, llenándome completa.

 

Empezó a bombearme contra la pared. Entraba y salía duro, con el sonido húmedo de mi coño chupándole la verga en cada sacada, el golpe de sus huevos contra mí. Yo gemía sin control, "sí, sí, no pares...", con la frente pegada a la pared fría. Él jadeaba en mi oído, me agarraba las caderas con fuerza, sentía cómo mi coño le ordeñaba la verga, caliente y apretado.

 

Lo paré, lo agarré de la verga empapada y lo llevé a la cama. Lo tumbé y me le monté encima. Le tome el pene con la mano y lo ajuste a mi entrada, me senté hasta el fondo y empecé a cabalgarlo. Él sentía mi peso sobre él, mi coño resbalándole arriba y abajo, apretándolo con cada bajada. Me miraba las tetas saltando en su cara, me agarraba las nalgas para ayudarme a subir y bajar. Yo me movía en círculos, sintiendo su verga rasparme por dentro, y me tocaba el clítoris. Gemía, "ahh, qué rico...".

 

Él no aguantó estar abajo. Me agarró, me giró y me puso boca arriba: Misionero. Me abrió las piernas, se acomodó y me la clavó de nuevo hasta el fondo. Ahí empezó lo último. Me la metía duro, desahogando todo lo que llevaba contenido desde antes que lo supiera, profundo, mirándome a los ojos, con todo su cuerpo sudado pegado al mío. Yo le clavé las uñas en la espalda, se las arrastré, le apreté los hombros. Él gruñía, "qué rica y apretada... tan caliente...".

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Sentí cómo se le empezaba a poner más dura, cómo se le hinchaba dentro de mí. Hice mi parte: contraer mi vagina a su alrededor. A él se le apretaron los huevos, le subió un temblor desde las piernas hasta la verga. El placer le explotó en la punta. Me la dejó adentro, hasta el fondo y se vino. Sentí cada chorro caliente disparándose dentro de mí, su verga palpitando, latiendo, descargando, una, dos, tres veces, llenándome. Él gimió largo, ronco, "ahhh...", con la cara enterrada en mi cuello, temblando encima de mí mientras se vaciaba. Yo sentía su leche caliente corriéndome por dentro, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, mis uñas todavía clavadas en su espalda.

 

Después permanecimos acostados uno junto al otro, todavía intentando entender lo rápido que habían cambiado las cosas desde aquella primera llamada.

 

Fue Gustavo quien habló después de recuperar el aire.

 

—Tatiana, creo que deberíamos esperar un poco.

 

Levanté la cabeza.

 

—¿Esperar qué?

—Antes de empezar algo oficialmente. Tú acabas de terminar con Alejandro. Creo que necesitas cerrar bien ese ciclo.

 

Lo miré durante unos segundos. Sabía que tenía razón, aunque no era precisamente lo que quería escuchar.

 

—¿Y tú quieres esperar?

 

Sonrió ligeramente.

 

—No mucho.

 

No pude evitar reírme.

 

—Yo tampoco.

—Entonces estamos de acuerdo.

 

Nos quedamos en silencio, pero esta vez era un silencio distinto. No había distancia ni incertidumbre. Los dos sabíamos que aquello no había sido un accidente ni una consecuencia pasajera de una noche de copas. Habíamos cruzado una línea que llevaba semanas acercándose cada vez más y, aunque Gustavo quería darle un poco de tiempo antes de convertirlo en una relación, ninguno de los dos parecía tener demasiadas ganas de esperar.

 

— tatiana-bTA

13 de octubre de 2026

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