Giulia y Marco – Pareja italiana en la Feria de Cali 2024
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 9 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

Giulia y Marco – Pareja italiana en la Feria de Cali 2024

El mensaje llegó a mediados de noviembre de 2024 a través de Guía Cereza. Estaba escrito en un italiano claro, elegante y directo: “Ciao. Siamo Marco e Giulia, di Milano. Saremo a Cali durante la Feria de Cali 2024. Abbiamo...

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Giulia y Marco – Pareja italiana en la Feria de Cali 2024

El mensaje llegó a mediados de noviembre de 2024 a través de Guía Cereza. Estaba escrito en un italiano claro, elegante y directo:

“Ciao. Siamo Marco e Giulia, di Milano. Saremo a Cali durante la Feria de Cali 2024. Abbiamo letto diversi dei tuoi racconti. Cerchiamo un vero bull dominante. Abbiamo già i test recenti. Se anche tu li hai, preferiamo senza preservativo. Vogliamo qualcosa di intenso e chiaro. Facci sapere se sei disponibile.”

Menos mal que mi abuela era italiana. Gracias a ella crecí escuchando el idioma en casa, y aunque no lo uso todos los días, lo domino lo suficiente como para que la conversación fluyera desde el primer mensaje. Le respondí en italiano. El chat se volvió inmediato, natural, sin las barreras que a veces impone el inglés. Hablamos varios días. Intercambiamos los exámenes. Todo salió limpio. Acepté. Quedamos para el segundo sábado de la Feria de Cali 2024.

Esa noche Cali olía a aguardiente, a cuerpos sudados, a música salsa a todo volumen y a fiesta descontrolada. Las luces de la feria se reflejaban a lo lejos cuando llegué al hotel boutique del norte donde se hospedaban. Subí al tercer piso. Marco abrió la puerta. Alto, delgado, de pelo castaño claro, mirada serena pero contenida. Detrás de él apareció Giulia.

Giulia es una rubia muy europea. De esas que parecen sacadas de una película italiana de los noventa. Cabello rubio dorado, largo, liso y brillante, que le caía sobre los hombros y la espalda. Piel muy blanca, casi de porcelana, con ese tono que se pone rosado con facilidad. Ojos azules claros, fríos y al mismo tiempo hambrientos. Labios carnosos. Tetas firmes y redondas, de buen tamaño, de un blanco inmaculado, con pezones rosados claros y ya duros bajo la blusa. Cintura estrecha, cadera ancha, culo redondo, pesado, tenso y perfectamente formado. Piernas largas, suaves y blancas. Y entre ellas, una cuca rosada pálida, completamente afeitada, de labios finos pero ya hinchados y brillantes. Llevaba un vestido negro corto que contrastaba violentamente con su piel clara y tacones altos. Olía a un perfume caro, limpio, y a una anticipación que se sentía en el aire.

Entré. La puerta se cerró con un sonido suave pero definitivo. El aire de la habitación se volvió más denso de inmediato. Miré primero a Marco, fijamente, y hablé en italiano, con calma, sin prisa, pero con una seguridad que no admitía ninguna discusión:

“Stasera comando io. Non tocchi tua moglie. Non vieni. Non parli a meno che io non te lo dica. Ti siedi dove ti dico e guardi soltanto. Chiaro?”

Marco trago saliva y contestó en voz baja:

“Chiaro.”

Me giré hacia Giulia. Había una mezcla de nerviosismo contenido y hambre real en esos ojos azules. La tomé del cuello con firmeza, sin ser todavía brusco, y la besé. Primero despacio, sintiendo cómo abría la boca y me entregaba la lengua. Después con más fuerza, chupándosela, mordiéndole el labio inferior. Ella respondió con un gemido grave, profundo, que se le escapó del pecho. Sus manos se apoyaron en mi pecho, no para apartarme, sino para sostenerse. Su piel era increíblemente suave y fría al tacto al principio, pero se calentaba rápido.

Le baje el cierre del vestido con lentitud deliberada. Se lo quité. Quedó en una tanga negra de encaje que contrastaba brutalmente con su piel blanca y los tacones. Le di la vuelta, la pegué contra mi cuerpo y le metí la mano por delante, dentro de la tanga. La cuca estaba caliente, hinchada y completamente empapada. Los labios finos y rosados se abrían solos. Le separé con dos dedos y le metí el del medio hasta el fondo. Se contrajo con fuerza alrededor de mi dedo. Un temblor visible le recorrió las piernas blancas.

“In ginocchio”, le ordené.

Se arrodilló sobre la alfombra. Me abrió el pantalón con las dos manos. Sacó mi verga. Ya estaba semi dura. La miró un segundo, como midiendo el grosor y el color oscuro contra su piel clara, y después se la metió en la boca. Empezó a chupar con ganas, profunda, sin miedo, mirándome de vez en cuando con esos ojos azules. Yo le sujeté el cabello rubio con las dos manos y empecé a guiarla. Primero con ritmo controlado. Después más profundo. Le embestí la garganta con calma, sintiendo cómo se ahogaba un poco, cómo babeaba abundantemente, cómo la saliva le caía por el mentón blanco y le manchaba las tetas rosadas. No la solté. Le saqué la verga gruesa y babosa, se la golpeé varias veces en las mejillas y los labios hinchados, y se la volví a enterrar hasta el fondo. Marco miraba desde la silla que le había indicado, al fondo de la habitación, con las manos apoyadas sobre las rodillas, sin moverse ni una sola vez.

Cuando sentí que estaba completamente dura, gruesa y brillante de saliva, la levanté del suelo con facilidad. La llevé hasta la cama grande y la tiré de espaldas. Su cuerpo blanco se contrastaba con las sábanas oscuras. Le arranqué la tanga. Le abrí las piernas al máximo. La cuca era un rosa pálido, hinchada, los labios finos abiertos y brillantes de humedad. Le escupí encima. Le pasé la cabeza de la verga por los labios, presionando contra el clítoris, y empujé. Se la enterré de un solo golpe hasta el fondo, sin condón. Giulia soltó un grito largo, gutural, que se quebró al final:

“Cazzo… oh cazzo…”

Empecé a cogerla con embestidas profundas y pesadas. Cada una hacía que sus tetas firmes y blancas rebotaran con fuerza y que un gemido distinto se le escapara de la garganta. La diferencia de color entre mi piel y la de ella hacía que todo se viera más crudo. Le sujeté las muñecas contra la cama, por encima de la cabeza, y la obligué a mirarme a los ojos azules.

“Di a tuo marito come ti senti ad avere la fica distrutta da un vero uomo.”

Con la voz ya rota, el acento milanés más marcado por el esfuerzo, gritó:

“È così grosso… mi sta aprendo completamente… è così profondo… mi sta scopando così forte…”

La solté de las muñecas, la volteé de un movimiento brusco y la puse en cuatro. Su culo blanco y redondo quedó perfectamente expuesto. Le empujé el pecho contra el colchón, le agarré el pelo rubio con una mano como rienda y la cadera con la otra. Empecé a meterle la verga con toda la fuerza. El sonido de mis huevos contra su cuca era húmedo, rítmico, obsceno. Cada embestida arrancaba un gemido más alto y más roto. Le di nalgadas pesadas que le dejaron la piel blanca marcada de rojo inmediato. La carne de su culo temblaba con cada golpe.

“Vieni solo quando te lo permetto. Non prima.”

La sentí apretarme con fuerza. Temblaba. Aguantó lo que pudo. Cuando finalmente le di la orden, se vino con todo el cuerpo. La cuca me apretó en convulsiones fuertes y rítmicas, un grito ahogado se le escapó contra la almohada y un chorro de fluidos claros le mojó los muslos blancos y la sábana. Seguí embistiéndola a través del orgasmo, sin soltarle el pelo ni reducir el ritmo. Cuando sentí que llegaba al límite, me enterré hasta el fondo y me vine a chorros dentro de ella. Le llené la cuca de leche espesa y caliente. Se le salía a chorritos blancos mientras yo le daba embestidas cortas y profundas para empujársela todavía más adentro. Giulia temblaba violentamente, respirando entrecortado, con la frente apoyada en la cama y el culo en alto.

La dejé exactamente en esa posición. Culo levantado, cuca abierta, roja e hinchada, goteando leche blanca que le bajaba por los labios rosados y el muslo interior blanco hasta casi la rodilla. El contraste era brutal. Miré a Marco.

“Vieni qui. Lecca ogni goccia. Ingoiala.”

Se levantó de la silla, se arrodilló detrás de su esposa y empezó a chupar y lamer. Se escuchaba el sonido húmedo y obsceno de su lengua recogiendo la leche que le salía a Giulia. Ella lo miraba por encima del hombro, con esos ojos azules completamente vidriosos, todavía jadeando y contrayéndose.

No terminé ahí. La dejé recuperar el aliento solo unos minutos. Le pasé la mano por la espalda sudada y blanca, le toqué el culo marcado de rojo por mis manos y le dije bajito, cerca de la oreja, en italiano:

“Non abbiamo finito.”

La puse de lado, le levanté una pierna blanca y se la metí otra vez, sin condón. La leche anterior facilitaba la entrada. Empecé a cogerla con ritmo constante y profundo, mirándola fijamente a los ojos azules. Le hablaba en italiano, despacio y claro:

“Questa fica è mia stasera. Tuo marito guarda soltanto. Dillo.”

“Questa fica è tua stasera… lui guarda soltanto…”

La cogí así un buen rato, profundo, pesado, hasta que sentí que ella se acercaba otra vez al borde. La hice venirse por segunda vez, apretándome con fuerza, el cuerpo entero en espasmo, las tetas blancas temblando. Cuando llegué al límite me enterré y me vine otra vez dentro de ella. Más leche. Más desbordamiento. Se le corría por el muslo blanco en hilos gruesos hasta la sábana.

La dejé tendida de lado, con las piernas entreabiertas, la cuca sensible, roja, hinchada y derramando. Marco seguía de rodillas, esperando en silencio. Le ordené de nuevo:

“Puliscila di nuovo. Tutta.”

Obedeció. Lamió y chupó todo lo que le salía. Giulia se estremecía con cada pasada de lengua, como si todavía estuviera teniendo pequeños orgasmos residuales.

Me recosté un rato a su lado. Le toqué las tetas blancas, le pellizqué los pezones rosados, le pasé los dedos lentamente por la cuca todavía abierta y sensible. Ella no hablaba casi. Solo respiraba profundo y me miraba con esa mezcla de agotamiento, sumisión y deseo que solo dejan las entregas reales. Después de un tiempo me incorporé otra vez. Me puse entre sus piernas, le levanté ambas y se la metí por tercera vez. Esta vez más lento, más profundo, casi punitivo. La miraba a los ojos azules mientras le recordaba, en voz baja y en italiano, quién estaba mandando esa noche. Me vine dentro de ella por tercera vez. La leche se le salía con más facilidad. La cuca ya no cerraba del todo.

Cuando finalmente me retiré, Giulia estaba hecha un desastre hermoso: sudada, el cabello rubio pegado a la cara y al cuello, las piernas blancas temblando sin control, la cuca roja, hinchada, abierta y derramando leche blanca sobre la piel clara. Marco permanecía en silencio, de rodillas, con la mirada baja, esperando cualquier otra orden.

Me vestí sin prisa. Antes de salir me acerqué a Giulia, le tomé la cara con una mano y le dije en italiano, muy cerca de su boca:

“Brava ragazza.”

Ella solo asintió, todavía sin aliento, con los ojos azules entrecerrados.

A Marco le dije únicamente:

“Hai fatto bene. Resta in silenzio.”

Salí del hotel. Afuera, la Feria de Cali seguía ruidosa, brillante y caótica. Yo caminé hacia el parqueadero con la misma calma con la que había entrado horas antes. La noche había sido larga, intensa y absolutamente clara. Ellos habían buscado un bull dominante que hablara su idioma y entendiera exactamente lo que querían. Lo tuvieron. Completo.

Consejo de un verdadero bull:

Cuando una pareja viene de otro continente y además habla tu segundo idioma, la conexión se vuelve más peligrosa y más profunda. No hay que suavizar nada. Se ponen las reglas en su lengua, se toma el control total y se entrega la experiencia sin filtros. La distancia no cambia el orden natural: tú mandas, ella se entrega, él obedece.

Si tú y tu pareja buscan un macho de verdad, ya saben cómo encontrarme.

Solo por placer.

— Alejandro-12

19 de octubre de 2026

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Alejandro-12

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