La administradora de la finca en Armenia
El contacto empezó por Guía Cereza. Mateo me escribió de forma directa:
“Hola. Somos Laura y Mateo, de Armenia. Mi esposa ha leído casi todos tus relatos y está obsesionada. Ya tenemos exámenes recientes de ETS. ¿Tú también te los harías? Queremos sin condón desde el primer momento. Ella quiere sentir leche de macho de verdad adentro.”
Hablamos varios días. Les pedí los exámenes, les envié los míos, todo salió limpio y acepté. Quedamos en que me quedaría el fin de semana completo: viernes, sábado y domingo.
Me recogieron el viernes en la noche en el aeropuerto de Armenia. Iban en un Audi Q7 negro, impecable. Cuando Laura bajó del carro y me vio, caminó rápido hacia mí, me abrazó con fuerza y me dijo al oído, casi temblando:
“Por fin conozco a mi macho.”
Llevaba una falda negra por la rodilla y una blusa blanca básica, sencilla, que le marcaba los pezones. Tiene un cuerpo grueso, femenino y muy sexual: tetas grandes y pesadas que se mueven cuando camina, cintura marcada, caderas anchas, culo redondo y pesado, muslos gruesos y una cuca carnosa que se le notaba abultada hasta con la falda.
Subimos al Audi. Mateo manejaba en silencio, mirando de reojo por el retrovisor. A los pocos minutos del trayecto Laura no aguantó. Se pasó al asiento de atrás conmigo, se subió a horcajadas sobre mis piernas y empezamos a besarnos profundo, con lengua y saliva. Le metí la mano por debajo de la falda, le aparté la tanga y le toqué la cuca. Estaba empapada, caliente y ya abierta. Le metí dos dedos mientras la besaba y ella se movía sobre mi mano. Mateo conducía, sabiendo perfectamente lo que estaba pasando atrás y lo que le esperaba en la finca.
Llegamos. La casa era amplia, de dos pisos, con olor a madera y café. Entré, dejé la maleta y de inmediato puse las reglas frente a los dos:
“Estos tres días mando yo. Tú no tocas a tu esposa hasta que yo lo permita. No te vienes sin mi permiso. No hablas de más. Traes lo que se necesite, miras y obedeces. ¿Quedó claro?”
Mateo bajó un poco la mirada y contestó:
“Quedó claro.”
Esa misma noche, después de una cena rápida, miré a Laura y le dije:
“Ven.”
Se acercó. La levanté en peso, una mano en el culo y la otra en la espalda, y me la llevé cargada hasta la habitación principal del segundo piso. La tiré en la cama, le levanté la falda, le arranqué la tanga y le abrí las piernas. Me baje el pantalón, saqué la verga ya dura y se la pasé por los labios de la cuca. Estaba chorreando. Se la enterré de un solo golpe hasta el fondo, sin condón. Laura gritó y se agarró de las sábanas.
La cogí duro desde el primer momento. Embestidas profundas y pesadas que hacían que esas tetas grandes rebotaran. Le hablaba al oído mientras se la metía entera:
“Por fin tienes un macho de verdad… siente cómo te llena.”
La volteé en cuatro, le agarré el pelo con una mano y la cadera con la otra y se la empecé a meter con fuerza. El ruido de mis huevos contra su culo era constante. Se vino apretándome la verga y yo me enterré hasta el límite y me vine dentro de ella a chorros. Le llené la cuca de leche. Cuando saqué la verga, un hilo grueso y blanco le bajó por el muslo. La dejé así, en cuatro, goteando, mientras Mateo miraba desde la puerta como le había ordenado.
El sábado en la mañana Mateo entró a la habitación con una bandeja: café recién colado, frutas, pan y huevos. Dejó todo en la mesa y se retiró en silencio. Desayunamos desnudos. Después de comer, todavía con el sabor del café, me la cogí despacio, de lado, levantándole una pierna. Le metía la verga completo y se la sacaba lento, mirándola a los ojos. Otra vez me vine dentro de ella y la dejé llena.
Más tarde Mateo fue a un restaurante bueno del sector y nos trajo el almuerzo. Mientras comíamos él nos servía la bebida, recogía y atendía sin hablar de más. En la tarde la cogí en la sala, sobre el sofá grande. La puse a caballo y la hice subir y bajar sobre mi verga mientras le agarraba las tetas pesadas y le decía que se mirara en el espejo. Después la puse en cuatro otra vez y se la reventé hasta que se vino gritando. Yo me vine profundo y le ordené a Mateo que se acercara a ver cómo le salía la leche por la cuca.
El domingo en la mañana se repitió la rutina. Mateo entró con el desayuno, nos dejó todo listo y se retiró. Me la cogí todavía con la pereza de la mañana, lento pero profundo, hasta venirme otra vez dentro de ella. Después él fue por el almuerzo a un restaurante y nos atendió mientras comíamos en la terraza.
En la tarde, antes de llevarme al aeropuerto, la cogí una última vez en la ducha y después en la cama. La puse de frente a mí, con las piernas abiertas, y se la metí mirándola a los ojos mientras le decía que ya no se iba a olvidar de cómo se sentía un macho de verdad. Me vine otra vez dentro, llenándole la cuca por última vez ese fin de semana.
En el aeropuerto Laura me abrazó fuerte y me dijo quedo:
“Ya sé lo que es tener un verdadero bull.”
Mateo me dio la mano en silencio. Los tres días fueron intensos, claros y sin interrupciones. Yo mandé. Ellos obedecieron.
Consejo de un verdadero bull:
Cuando una pareja te pide los exámenes y quiere leche adentro desde el primer día, la experiencia se vuelve más cruda y más real. Pero el control sigue siendo tuyo. El cornudo sirve, mira y obedece. Tú decides los horarios, las posiciones y cuántas veces la llenas.
Si tú y tu pareja son personas cultas, profesionales y buscan un macho de verdad, ya saben cómo encontrarme.
Solo por placer.








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