El cornudo del CrossFit
Salía del box un sábado por la mañana, con la camiseta pegada al cuerpo y la toalla al hombro, cuando alguien me tocó el brazo. Era un compañero de clase, uno de esos que uno saluda de vista pero con los que nunca ha hablado más allá de un "¿ya terminaste las rondas?". Se llamaba Diego. Cuarenta y dos años, contextura media, barba corta, siempre en la misma esquina del box, con la misma rutina de fuerza. Me dijo que si le regalaba un momento. Le dije que sí. Nos sentamos en las bancas de afuera, con el sol de la mañana pegándonos en la cara y el ruido de la Avenida Cañasgordas de fondo.
Me dijo que su esposa también venía al mismo box, aunque en otro horario. Me dijo que hacía semanas ella le venía hablando de mí. Que me había visto entrenar, que le llamaba la atención mi forma de moverme, mi seguridad, la manera en que dirigía el grupo cuando hacíamos equipo. Que se lo había confesado una noche, medio en broma, medio en serio, y que él, en vez de molestarse, se había quedado pensando. Me dijo que llevaban meses hablando de la idea, que ella había sido la primera en sacar el tema, pero que él había sido el que se había animado a acercarse. Me preguntó si me interesaría conocerlos. Le dije que sí, pero que necesitaba hablar con los dos antes, con reglas claras y con la palabra de seguridad hablada antes de cualquier cosa. Me dijo que estaba de acuerdo, que eso mismo le había dicho él a ella. Quedamos en vernos esa misma tarde, a las cuatro, en su apartamento.
Llegué a las cuatro en punto. El conjunto quedaba en una torre de la colina, en el sector de Pance, con vista al sur de Cali y a los cerros. Diego me abrió la puerta. Me hizo pasar a la sala, donde el aire acondicionado estaba encendido y había una jarra de agua con limón sobre la mesa. Y ahí la vi.
Paula estaba de pie junto al ventanal. Tenía treinta y siete años, y el cuerpo no le pedía nada a nadie. Era de estatura media, con el pelo castaño oscuro recogido en una cola alta y los ojos verdes, de esos que evalúan antes de hablar. Su piel era canela clara, con pecas finas en los hombros. Llevaba un vestido de lino blanco que le marcaba cada curva. Sus senos eran operados, grandes, generosos, de esos que se sostienen solos y que se adivinan bajo la tela sin necesidad de escote. Su cintura era estrecha, increíblemente estrecha para una mujer que entrenaba CrossFit, y sus caderas anchas, firmes, de las que se consiguen con sentadillas y peso muerto. Sus piernas eran fuertes, torneadas, con pantorrillas marcadas. Olía a jazmín y a un perfume suave.
Diego nos sirvió agua y nos sentamos los tres.
Hablamos durante casi una hora antes de tocar el tema. Me contaron que llevaban diez años casados, que se habían conocido en una oficina del centro, que él era ingeniero y ella administradora, que tenían dos hijos ya grandes que vivían fuera de Cali. Me contaron también cómo habían llegado a esto: primero las charlas en la cama, después la idea de buscar a alguien, después la decisión de hablar conmigo. Paula me dijo, sin rodeos, que yo le llamaba la atención desde hacía semanas, que no sabía cómo explicarlo, que había algo en mi forma de estar en el box que la hacía sentir cosas que no sentía desde hace años.
Me lo dijo mirándome a los ojos, sin vergüenza.
Diego la escuchó en silencio, con una sonrisa tranquila.
Les pregunté si habían hablado de límites, de palabras de seguridad, de qué querían y qué no. Diego me dijo que él quería observar esa primera vez.
Paula me dijo que quería probar la sumisión, que quería no pensar, que quería que alguien le dijera qué hacer.
Les dije que las reglas eran claras: si alguien quería parar, decía la palabra, y todo se detenía. Los dos eligieron la palabra "casa".
Empezamos en el dormitorio. Diego se sentó en una silla junto a la puerta. Paula y yo nos quedamos de pie.
Le dije que se quitara el vestido. Lo hizo despacio, sin dejar de mirarme.
Debajo llevaba un conjunto de encaje negro que apenas contenía sus senos operados.
Le quité el sostén y sus senos aparecieron, grandes, pesados, con pezones rosados que se endurecieron apenas los toqué. Le bajé la ropa interior. Su sexo estaba hermoso húmedo , con los labios gruesos y un clítoris que asomaba saliendo a flor de piel su deseo.
La recosté en la cama y me arrodillé frente a ella.
La lamí despacio, con la lengua plana, subiendo y bajando.
Le besé los muslos, la parte interna de las piernas, el vientre. Paula gemía bajito, con las manos agarradas a las sábanas, con las caderas levantándose para buscarme.
Le separé los labios con la lengua y encontré su clítoris. Lo lamí en círculos, subiendo y bajando.
Ella empezó a temblar. Me agarró del cabello y me empujó más adentro. La lamí hasta que se corrió por primera vez, con un grito corto que la sorprendió.
Me incorporé. Me desvestí frente a ella, sin prisa, dejándola mirar. Paula me miró de arriba abajo, con los ojos muy abiertos. Le pregunté si estaba segura. Me dijo que sí, que por favor no parara. Me puse un condón y la penetré despacio, sintiendo sus paredes apretarme, sintiendo su calor. Ella soltó un suspiro largo.
La embestí con calma primero, y luego más fuerte, agarrándola de las caderas. Sus piernas fuertes se enroscaron en mi cintura, y yo la levanté, la puse contra el ventanal, con los cerros de Cali a sus espaldas.
Paula gritó. Un grito que no parecía de ella. Siguió gritando mientras yo la embestía, y sus uñas se clavaron en mis hombros. La bajé y la puse en cuatro sobre la cama. La tomé desde atrás, dándole nalgadas que resonaban en la habitación. Su trasero de gimnasio aguantaba cada golpe sin quejarse. Al contrario: pedía más.
Le dije que se mirara en el espejo del armario. Lo hizo.
Se vio a sí misma siendo tomada, con el pelo revuelto, con la boca abierta, con las nalgas rojas. Se corrió otra vez.
La volteé, boca arriba, con sus piernas sobre mis hombros. La penetré profundo, mirándola a los ojos. Paula se corrió dos veces más. La segunda fue con un grito que se convirtió en llanto. Le sequé las lágrimas con el pulgar mientras seguía embistiéndola, más despacio, hasta que sentí que estaba a punto. Me quité el condón y me corrí sobre sus senos, sobre su vientre, sobre su piel. Paula se quedó quieta, respirando fuerte, con los ojos cerrados. Le pasé una toalla. Se limpió despacio.
Diego, desde su silla, seguía mirando, con las manos agarradas a los reposabrazos. Paula se incorporó, se acercó a él y le dio un beso en la frente. "Gracias", le dijo. Diego sonrió, con los ojos húmedos. Me acompañaron a la puerta. Antes de salir, Diego me dio la mano y me dijo: "Gracias. No sabes lo que significa esto para nosotros".
Esa noche, mientras cenaba solo en mi apartamento del barrio San Fernando, me llegó un mensaje de Paula: "No sabes lo que despertaste. Hablamos mañana".







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