La llamada de Paula
Al día siguiente, domingo, me desperté con un mensaje de Paula en el celular. Lo había enviado a las seis de la mañana, cuando yo todavía dormía: "Diego sale de viaje mañana. ¿Puedes venir en la tarde? Quiero verte sola, pero con su permiso. Él ya sabe". Le respondí que sí, pero que necesitaba que Diego me lo confirmara. A los diez minutos me llegó un mensaje de él: "Paula te quiere ver. Yo estoy de acuerdo. Esta vez quiero que sea distinto: quiero que ella decida todo y yo solo escuche desde la habitación de huéspedes. Si algo pasa, ella sabe la palabra". Le respondí que estaba bien. Quedamos para el lunes a las cinco de la tarde.
Esa tarde, mientras esperaba la hora, pensé en lo que había pasado el sábado. En la forma en que Paula se había entregado, en la forma en que Diego había mirado desde la silla, en la forma en que se habían despedido. No era solo sexo. Había algo en la manera en que se hablaban, en la manera en que se tocaban después, que me decía que esto no era una aventura pasajera para ellos. Era algo más.
Llegué al conjunto de Pance a las cinco en punto. Subí en el ascensor. Toqué el timbre. La puerta se abrió y ahí estaba Paula, con un vestido de seda gris que le llegaba hasta la rodilla y el pelo suelto. Me hizo pasar sin decir nada. Cerró la puerta con llave. Me llevó a la sala, donde había una botella de vino abierta y dos copas servidas. Diego no estaba. Me dijo que había salido a una reunión y que no volvería hasta las ocho, pero que había dejado la puerta de la habitación de huéspedes entreabierta para escuchar.
Me senté en el sofá. Paula me sirvió vino. Nos quedamos en silencio un momento, mirándonos. Luego se puso de pie, se acercó a mí, y sin decir una palabra se arrodilló en el suelo, entre mis piernas. Me miró a los ojos mientras me desabrochaba el pantalón. Me lo bajó hasta los muslos. Me sacó el pene y lo miró un momento, con una sonrisa lenta. Luego se lo llevó a la boca.
Fue de un momento a otro. No hubo preámbulo, no hubo aviso. Paula me lo chupó despacio al principio, con la lengua, subiendo y bajando por el tronco, y luego con más ganas, con la boca abierta, con la saliva escurriéndole por la barbilla. Me agarró de la base con una mano y me acarició los testículos con la otra. Me lo chupó largo, hasta el fondo, aguantando las arcadas, y luego volvió a subir, despacio, mirándome a los ojos. Yo le puse la mano en la cabeza y le marqué el ritmo. Ella obedeció. No dijo nada. Solo chupó.
Se detuvo un momento, me lamió los testículos uno por uno, con la lengua plana, y luego volvió a subir. Me lo chupó durante varios minutos, con la boca llena, con los ojos húmedos, sin dejar de mirarme. Yo sentía cómo me subía la sangre. Le dije que se detuviera. Se detuvo. Le dije que se levantara. Se levantó. Le dije que se quitara el vestido. Se lo quitó por la cabeza, y quedó de pie frente a mí, con un conjunto de encaje negro que apenas contenía sus senos operados.
Me levanté del sofá. La tomé de la cintura y la llevé al dormitorio. La recosté en la cama y le quité el sostén. Sus senos aparecieron, grandes, pesados, con pezones rosados que se endurecieron apenas los toqué. Le bajé la ropa interior. Su sexo estaba depilado al ras, con los labios gruesos y un clítoris que asomaba. Me arrodillé frente a ella y la lamí despacio, con la lengua plana, subiendo y bajando. Le besé los muslos, la parte interna de las piernas, el vientre. Paula gemía bajito, con las manos agarradas a las sábanas, con las caderas levantándose para buscarme. Le separé los labios con la lengua y encontré su clítoris. Lo lamí en círculos, subiendo y bajando. Ella empezó a temblar. Me agarró del cabello y me empujó más adentro. La lamí hasta que se corrió por primera vez, con un grito corto que la sorprendió.
Me incorporé. Me quité la camisa y el pantalón. Me puse un condón. La penetré despacio, sintiendo sus paredes apretarme, sintiendo su calor. Ella soltó un suspiro largo. La embestí con calma primero, y luego más fuerte, agarrándola de las caderas. Sus piernas fuertes se enroscaron en mi cintura, y yo la levanté, la puse contra el ventanal, con los cerros de Cali a sus espaldas.
Paula gritó. Un grito que no parecía de ella. Siguió gritando mientras yo la embestía, y sus uñas se clavaron en mis hombros. La bajé y la puse en cuatro sobre la cama. La tomé desde atrás, dándole nalgadas que resonaban en la habitación. Su trasero de gimnasio aguantaba cada golpe sin quejarse. Al contrario: pedía más. Le dije que se mirara en el espejo del armario. Lo hizo. Se vio a sí misma siendo tomada, con el pelo revuelto, con la boca abierta, con las nalgas rojas. Se corrió otra vez.
La volteé, boca arriba, con sus piernas sobre mis hombros. La penetré profundo, mirándola a los ojos. Paula se corrió dos veces más. La segunda fue con un grito que se convirtió en llanto. Le sequé las lágrimas con el pulgar mientras seguía embistiéndola, más despacio, hasta que sentí que estaba a punto. Me quité el condón y me corrí sobre sus senos, sobre su vientre, sobre su piel. Paula se quedó quieta, respirando fuerte, con los ojos cerrados. Le pasé una toalla. Se limpió despacio.
Después, nos quedamos en la cama un rato largo, sin hablar. Paula me contó que Diego había estado distinto desde el sábado, más atento, más presente. Me dijo que habían hablado hasta la madrugada, que habían dormido abrazados, que por primera vez en mucho tiempo sentía que su matrimonio tenía futuro. Le pregunté si eso la hacía sentir culpable. Me dijo que no, que era lo contrario: sentía que esto los había despertado.
Me vestí y me fui a las siete y media. Cuando salí del dormitorio, la puerta de la habitación de huéspedes estaba cerrada. Diego había escuchado todo. Esa noche me escribió: "Gracias. No sabes lo que significa esto para nosotros".







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