El hombre que servía la mesa
El martes por la mañana me llegó un mensaje de Diego. Era largo, de esos que se escriben con calma. Me decía que había estado pensando mucho desde el domingo, que había escuchado todo desde la habitación de huéspedes, que se había dado cuenta de que su papel no era solo mirar desde lejos.
Me decía que quería estar más cerca, pero no para competir conmigo ni para imitarme, sino para servir.
Me decía que había hablado con Paula y que ella estaba de acuerdo, pero que quería que yo decidiera cómo y cuándo. Me preguntaba si podíamos vernos el miércoles a las siete de la noche.
Le respondí que sí, pero que necesitaba hablar con los dos antes. Le dije que el miércoles a las siete llegaría, y que quería que los dos estuvieran en la sala cuando yo entrara. Me respondió que así sería.
Llegué al conjunto de Pance el miércoles a las siete en punto. Subí en el ascensor. Toqué el timbre. Diego me abrió la puerta. Me hizo pasar a la sala, donde Paula esperaba de pie junto al ventanal, con un vestido de seda verde que le marcaba cada curva. Nos sentamos los tres en el sofá. Diego me sirvió whisky. Acepté. Hablamos durante casi media hora antes de tocar el tema.
Diego me dijo que había pensado mucho en lo que había visto y escuchado el domingo. Me dijo que no había sentido celos, sino algo distinto: una mezcla de admiración y de alivio. Me dijo que había entendido que su papel no era competir conmigo, ni imitarme, ni desaparecer. Su papel era sostener el espacio para que Paula pudiera explorar algo que él no le podía dar, y estar ahí para recogerla después. Me dijo que quería servir durante el encuentro: traer agua, toallas, lo que hiciera falta. Que quería estar presente, pero en un papel de servicio. Paula me dijo que quería verlo a él haciendo lo que yo le pidiera. Les dije que estaba bien, pero que las reglas eran claras: si alguien quería parar, decía la palabra, y todo se detenía. Los dos repitieron la palabra "casa".
Empezamos en la sala. Le dije a Diego que se quedara de pie junto a la mesa, con la botella de agua en la mano, y que no se moviera hasta que yo le dijera. Obedeció. Paula y yo nos quedamos en el sofá. La desnudé sin prisa, besando cada centímetro de su piel. Le quité el vestido, el sostén, la ropa interior. Sus senos operados aparecieron, grandes, pesados, con pezones rosados que se endurecieron apenas los toqué. Le besé los muslos, la parte interna de las piernas, el vientre. Paula gemía bajito, con las manos agarradas a los cojines del sofá, con las caderas levantándose para buscarme. La lamí hasta que se corrió una vez, con un grito corto.
Luego le dije a Diego que se acercara. Le dije que le diera agua a su esposa. Diego obedeció, arrodillado, con el vaso en la mano, mientras Paula bebía y yo la acariciaba. Le dije que se quedara ahí, arrodillado, mirando. Obedeció. Paula me miró, con una sonrisa lenta, y me dijo en voz baja: "Me gusta verlo así". Le respondí que a mí también.
La llevé al dormitorio. Diego nos siguió, con la botella de agua en la mano, y se quedó de pie junto a la puerta. Le dije que se sentara en el suelo, contra la pared, y que no se moviera. Obedeció. Paula y yo nos quedamos en la cama. La puse en cuatro y la penetré desde atrás, agarrándola de las caderas, tirándole del pelo. Paula gemía fuerte, sin pudor, con la espalda arqueada. Se corrió dos veces antes de que yo terminara. Me quité el condón y me corrí sobre sus nalgas. Paula se quedó quieta, respirando fuerte.
Le dije a Diego que se acercara y que limpiara lo que escurría. Diego obedeció, gateando hasta la cama, con la lengua afuera. Paula se rió, lo acarició en la cabeza y le dijo: "Gracias, amor". Diego se quedó un rato en el suelo, con la cabeza apoyada en las rodillas de Paula, mientras ella le acariciaba el pelo. Yo me vestí y los dejé solos unos minutos. Cuando volví, estaban abrazados en la cama, en silencio. Diego me miró y me dijo: "Esto es lo que necesitábamos. No lo sabíamos, pero esto es lo que necesitábamos".
Nos despedimos los tres. Esa noche, mientras manejaba de vuelta a mi apartamento en San Fernando, pensé en lo que había pasado. No era solo sexo. Era la forma en que Diego se había arrodillado, en la forma en que Paula lo había acariciado, en la forma en que los tres habíamos sostenido el espacio para que eso pasara sin que nadie se lastimara.







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