Me cogieron 4x4
Relato de comunidad Orgíasschedule 6 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

Me cogieron 4x4

Y obedecí, claro que obedecí. Quedé con las rodillas sobre el cemento frío del bulto, el culo en alto, ofrecida como una perra feliz. El callado me la metió de atrás con una embestida que me dejó sin aire, y empezó a darme du...

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Habíamos viajado a Manizales para revisar la construcción de nuestra casa de descanso. Mientras mi esposo discutía los últimos detalles con el arquitecto, me quedé recorriendo la obra. Los cuatro obreros estaban allí, sudados, con las camisas pegadas al cuerpo y el lenguaje áspero de quienes llevaban horas trabajando.

Entre bromas y miradas cada vez más atrevidas, la situación tomó un giro inesperado.

Ese día entendí que el cemento tiene olor a pecado. Llegamos a Manizales a media mañana, con el sol pegado a la piel como una mano caliente. Mi esposo bajó del carro con los planos bajo el brazo, ya hablando por teléfono con el arquitecto, y yo me quedé mirando la obra:media casa levantada sobre la ladera, ladrillo crudo, varilla brillando, y esos bultos de cemento apilados junto a la mezcladora como sacos dormidos de algo pesado y vivo.

—Cuadro unos detalles con el arquitecto —me dijo sin voltear—. Espérate en la sombra, no te alejes.

No me alejé. Me acerqué. Estaban los cuatro. Los obreros. Cuatro hombres de esas manos que levantan países: camisetas remojadas, pantalones llenos de polvo, antebrazos venosos de cargar bultos todo el santo día. Uno me alcanzó agua fresca.

—Tome, señora, con este calor.

—Gracias, papi —se me escapó, y vi cómo los cuatro se miraron entre ellos.

Yo llevaba meses sin que nadie me tocara. Mi esposo vive en los planos, en los viajes, en el teléfono. Yo estaba seca por dentro, ardiendo por fuera, y el calor de Manizales no ayudaba: me había puesto una blusa liviana y el sudor me marcaba todo. El más joven, el de la sonrisa torcida, me miró las piernas sin disimulo. Y yo, en lugar de molestarle, abrí un poco más las piernas. Esa fue la señal. La trampa la tendí yo.

—Y ustedes siempre trabajan tan bien parados? —pregunté, mordiendo el hielo del vaso.

—Depende de lo que haya que levantar —contestó el mayor, el de bigote gris, con la voz baja.

Dios mío. Se me inundó el coño solo de escucharlo. Fui yo la que dio el primer paso. Dejé el vaso, me paré junto a la pila de bultos de cemento y me senté encima de uno, cruzando las piernas lentísimas, sabiendo exactamente lo que hacía.

—Hace mucho calor aquí —dije—. Alguien debería refrescarme.

El joven llegó primero. Puso su mano gruesa y callosa en mi rodilla, buscó mis ojos pidiendo permiso una última vez, y yo se lo di empujándole la nuca contra mi boca. El beso fue sucio de entrada, con lengua, con hambre de meses acumulados. Sus manos subieron por mi blusa, la subieron hasta el pecho, y cuando me chupó un pezón yo gemití tan fuerte que los otros tres dejaron la palana y vinieron como imanes.

Me bajaron del bulto solo para tumbarme de espaldas sobre dos sacos de cemento, la tela áspera contra la espalda, el polvo subiendo a cada embate. El de bigote se arrodilló frente a mí, me apartó la ropa interior de un tirón —casi la rompe, y me gustó— y me lamió el coño como un animal sediento: lengüetazos largos de abajo hacia arriba, luego concentrado en mi clítoris, chupándomelo, metiéndome dos dedos horribles mientras yo me arqueaba encima de los bultos, agarrada a un saco para no volar. En menos de cinco minutos tuve el primer orgasmo, fuerte, con las piernas temblándole en los hombros.

—Así, así, no pares, cógeme con esa lengua —gritaba yo, sin importarme quién pudiera pasar por la obra.

Entonces el joven me levantó las caderas y me hundió la verga de un solo golpe. Gruesa, dura, entera. Grité. Empezó a cogerme con fuerza, agarrándome del pelo, y yo empujaba desde abajo para sentirlo todo, hasta la última punta. El otro, el flaco de los tatuajes, se paró junto a mi cabeza y me ofreció la suya. La agarré con las dos manos y me la metí a la boca, chupándola despacio primero, lamiéndola de los testículos a la punta, babeándola toda, mientras el joven me destrozaba el coño y el de bigote seguía jugando con mis pechos, apretándolos, chupándome los pezones con fuerza de obra.

—Qué rica está la señora —decían—. Mírela, pura dinamita.

El cuarto, el callado, el musculoso, me volteó la cara hacia él y me dio la primera cachetada en la nalga. Un sonido seco, un ardor rico.

—Ponte en cuatro —ordenó.

Y obedecí, claro que obedecí. Quedé con las rodillas sobre el cemento frío del bulto, el culo en alto, ofrecida como una perra feliz. El callado me la metió de atrás con una embestida que me dejó sin aire, y empezó a darme duro, de verdad, cachetada tras cachetada en las nalgas hasta que debí tener las mejillas rojas como ladrillos de la obra. Yo gritaba, insultaba de gusto, pedía más.

—Eso, más fuerte, rompeme, no seas mansito.

El de bigote se acostó debajo de mí, me atrajo y me montó cabalgándolo yo, empalada hasta el fondo, mientras el callado seguía por detrás. Ahí entendí lo que era estar completo: una verga en el coño, otra en el culo, abierta, llena, cogida por ambos lados al ritmo de dos hombres que sabían lo que hacían. El doble fue la gloria y la tortura juntas; me temblaban las piernas, me corría en oleadas, uno, dos, tres orgasmos encadenados, mordiendo el hombro del bigote para no despertar medio barrio.

—Voy a acabar —avisó el callado, y lo hizo adentro, profundo, derramándose dentro de mí en descargas calientes que yo sentí rellenarme entera. Apenas se salió, el joven tomó su turno por atrás, me cogió a carrera corta y veloz hasta derramar también, esta vez sobre mis nalgas, chorreando por la espalda mientras yo seguía montado en el viejo.

Terminé de rodillas frente a los cuatro, la cara sudada, el pelo pegado, la boca abierta como una buena puta de obra, y ellos, en círculo, se acabaron sobre mí: uno en la lengua, otro en las tetas, el último sobre mi vientre, su semen caliente escurriéndome por la barriga y mezclándose con el polvo gris de Manizales. Lamí lo que pude, limpié el resto con los dedos, y los cuatro aplaudieron bajito, respetuosos, como cierran una jornada bien trabajada.

Me compuse entre risas. Me eché agua del garrafón, me acomodé la blusa, me revisé las marcas de dedos en las caderas con cariño. Cuando mi esposo apareció por el costado de la casa, con el arquitecto todavía discutiendo metros cuadrados, yo estaba sentada otra vez sobre los bultos de cemento, fresca, radiante, con las piernas todavía temblorosas bajo la falda.

—Y tú ¿qué hiciste todo este tiempo? —pregunté.

—Supervisé la mano de obra —dije.

Cuando finalmente regresé junto a mi esposo, llevaba el cabello revuelto y una sonrisa que difícilmente podía disimular.

Él me miró, levantó una ceja y preguntó en voz baja:

—¿Todo salió como esperabas?

Le apreté la mano y sonreí con picardía.

—Mejor de lo que imaginábamos.

Él soltó una carcajada discreta y me besó la frente. No necesitábamos decir más: aquella aventura era un secreto compartido, una travesura planeada entre los dos. Nos marchamos de la obra cómplices, intercambiando miradas y guardando para nosotros una historia que jamás contaríamos delante del arquitecto.

— gatoscuriososam

18 de octubre de 2026

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